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El pintor de la vida moderna

MORENOS EN LA SÉPTIMA, EL ESPÍRITU NEGRO DE LA CIUDAD

Aun cuando los sociólogos quieran ignorarlo, el porro, como rasgo protuberante de la migración mulata hacia la capital, tiene una gran significación. Ha contribuido al enriquecimiento de nuestro folclor, amasando y dándole un contenido más unitario, nacional. También juega un gran papel en la afluencia de músicos, turistas ya en la movilización de no pocos capitales que aprovechan el esnobismo para transformar la melancolía indígena de esta señora de las Brumas. Bogotá ha despertado al oír el tamborileo de los bongoes, el aullido de las maracas y el verso picar, desnudo de rubores,  de la <> y el <> costeños. El caribe deja escuchar sus cantares impregnados de algarabía africana en los picachos andinos. No pocos son los rasgos que acentúan en el capitalino, como productos del mestizaje de los glóbilos mulatos disociándose cual pincelada alegre en la acuarela gris del viejo santafereño.

Manuel Zapata Olivella

Diario de la Costa, Cartagena, domingo 1º de marzo de 1942, p.12

 

Con esta reflexión, de lo que habla en el fondo Manuel Zapata Olivella es sobre tres asuntos transversales al reconocimiento de las raíces culturales en Colombia y a las diferencias entre los grupos y las personas: que éste es un país de regiones, que Bogotá es una ciudad de clases y que lo afro es leído como inferior por quienes se perciben superiores. En los ensayos, columnas, opiniones y textos académicos que el escritor afrocolombiano publicó en diferentes medios impresos durante casi todo el siglo XX, su tarea principal fue rescatar y validar la herencia afro en distintas manifestaciones culturales colombianas, especialmente en el caso de la música.

Refiriéndose a Bogotá, llama la atención sobre el poco reconocimiento que sus ciudadanos tienen sobre las aportaciones afro a la cultura y a las costumbres musicales nacionales, sobre cómo la ciudad se ha construido en oposición cultural al resto de regiones, especialmente cuando de las costas se trata, y cómo los ‘valores superiores’ de una ciudad que regodea de capital desdeñaron de la algarabía africana.  

Manuel Zapata señala que es en el altiplano donde menos se reconoce la herencia afro, es decir la aportación negra a los matices culturales de la región, en parte porque la tradición indígena fue mucho más fuerte y en parte porque la pretendida superioridad bogotana y su despectiva actitud frente a la costa alejaron todo lo que perturbara algunos aburridos oídos. Entonces esta puede ser la genealogía de la idea que indica que los ‘rolos’ son tiesos, incapaces de combinar los pies al ritmo de la salsa caleña, negados para sincronizar las caderas al ritmo veloz de los cueros de los tambores, y que bailan el vallenato sin gracia y con pereza. Uno a va ver… y sí.   Además, la idea de las clases sociales hace más turbio el panorama. Antes, los cachacos y los demás, ahora ‘gente bien’ y ‘gente ordinaria’; hay personas del 1 al 6. Si bien es cierto que el porro, la cumbia y otros sonidos negros invadieron los oídos de la capital cambiando el panorama socio-cultural y modificando el repertorio de los bailes, no puede decirse que el recibimiento del cambio sea o haya sido ciertamente homogéneo y sentido de la misma manera. Si bien Manuel Zapata resaltó que hasta que las señoritas de sociedad escucharon y bailaron la música afro que se colaba por sus cocinas, continuó en su camino por la reivindicación porque el recibimiento era (y es) parcial, porque lo afro y lo subalterno han sido visto con desdeño o acaso con cínica simpatía. De ahí la particularidad mirada sobre las fiestas populares: donde suene el merengue, la salsa, la champeta cartagenera y todo lo que sea reconocible como tropical, entonces la idea mental es la de un salón comunal, de una discoteca de la Primera de Mayo, de las calles de un barrio popular, en fin, la de una gente bulliciosa que no entiende de los buenos modales de la gente con buen gusto.  

Así que más allá del espíritu de lo afro, se trata del espíritu de lo popular; los afrocolombianos han caminado históricamente por el espinado sendero de la pobreza, la marginalidad social y la exotización racializada. Todo esto ha exacerbado la idea del desparpajo afro, de sensualidad materializada en determinadas maneras de allanar el espacio del cuerpo del otro con la cercanía de las caderas, las manos y los pies, pero que en todo caso sigue hablando del sentir de la danza desde sus orígenes africanos. Si se piensa en términos de raíces culturales, se trata de otra manera de entender el cuerpo y sus movimientos, otra manera de entender la música y sus acordes. En términos contemporáneos puede pensarse en el reggaetón. Beat de sintetizadores, estribillos que suenan a hip hop y a rap, movimientos que recuerdan al reggae y la champeta, este ritmo también tiene sus orígenes en los cuerpos y en las palabras de los hombres y las mujeres afro en Panamá y Puerto Rico. El reggaetón ha invadido con aprobaciones abanderadas por la diversión o rechazos en nombre de “la moral y el buen gusto”, las pistas de baile y las reuniones sociales, ha cambiado las formas de moverse, las reglas de la proxemia y las emociones de la sexualidad. Las raíces afro transitan, bailan y cantan en la ciudad; “morenos en la séptima, como si Harlem se hubiera volcado en Manhattan”, apuntó Zapata Olivella. Bogotá también tiene alma negra.  

La reticencia regional y estratificada, con todo y el cambio que es evidente en las calles, persiste de distintas maneras. Muchos adultos y jóvenes continúan con las estereotipias de la música en las que no cabe el vallenato o el merengue porque esa es la música de la mala educación. Así que los racistas, los que reniegan de la música ‘tropical’, los que se aburren con la bulla de las calles y los gatos voladores de la champeta, esa sub-clase de seres humanos deberían tener prohibido vestirse de negro, salir a fiestas y mover la cintura.  

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Eduard Fernando Salazar Sociólogo A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.
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