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El pintor de la vida moderna

LA LITERATURA Y EL CIGARRILLO

            Ceci n'est pas une pipe | René Magritte 

Para los ávidos lectores de cuentos, novelas, relatos  y demás manifestaciones de la literatura creativa, para los consumidores de cine o de videos musicales en todas sus variaciones, en fin, para quienes se rodean de las cosas de la vida moderna, no resulta un descubrimiento notar la omnipresente figura del tabaco como recurso estético o como vicio de la inspiración. En la web se encuentran bastantes blogs, noticias y reflexiones en torno a la estrecha relación que existe entre el tabaco y la creación artística o mediática, por lo que queda claro que lo que acá está escrito no es ninguna novedad. Difícilmente algo lo sea. Más bien es un apunte que retoma un clásico: el pre-texto de fumar.  

El cigarrillo encarna tanto el estilo de vida burgués como la más radical actitud bohemia o de reflexión anticapitalista. El humo del tabaco puede representar la más alta sofisticación, aquella de divanes de terciopelo, de sillas de cuero, de elegantes cafés en los que departen mujeres con vestidos de muselina y hombres con trajes de corte perfecto.  Pero también escenifica las más radicales o reflexivas tendencias “contraculturales”. Ensalza los viajes meditabundos por las calles de cualquier gran ciudad, el errar nocturno de personajes despojados de la tierra, participa de las profundas reflexiones de quienes solo tiene un par de monedas en sus bolsillos; el intermitente enrojecimiento del cigarrillo y su humo diáfano pueden resultar las más gratas y reflexivas compañías.  

A su vez, es también el vicio de los propios creadores: un cigarrillo es la musa más apetecida de los escritores consagrados o de los maestros de las palabras, y también opera como el as bajo la manga de cualquiera que le quiera imprimir un halo bohemio, intelectual, interesante o creativo a sus narraciones o a su propia persona. Desde en las letras de Pavese o Bukowski hasta en la carta de un adolescente que regala peluches perfumados, el cigarrillo sorprende por su omnipresencia.  

Entonces son de esperarse sus cientos de usos desafortunados, como puede suceder con cualquier recurso que se presenta sencillo y ciertamente seguro. Todo el que quiera posar de bohemio, de raro, de profundo pensador o de diva inalcanzable se pone uno de estos en la boca. Freud dijo que el acto de fumar tiene que ver con una pulsión fálica, sobre todo en el caso de las mujeres. La forma sexuada del cigarrillo es simbiosis de pulsión o latencia fálica (Freud es muy erótico y además parece que su teoría sexual es adaptable a toda conducta humana del mismo modo que la baba de caracol cura cualquier mal. Así que mejor dejar la baba de caracol en otra mesa). En fin, todo escritor novato, de letras aburridas o casi cualquier aficionado de boina puede valerse del cigarrillo para excusar las peores frases y pensamientos, al punto de lograr que el lector no diferencie un ‘poema’ de una canción de Arjona.  

El cigarrillo es ejemplo perfecto del revestimiento aurático de los objetos, de la materia como poseedora de sacralidad estética, como lo señala Walter Benjamin. Este no-falo funciona como una suerte de obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, pues  parece el objeto perfecto para excusar el carácter de algún personaje novelesco o mitificar la genialidad de los escritores. El cigarrillo es reproductible como mito heroico o como tragedia para los sentidos: citado en cualquier forma narrativa, el cigarrillo puede permitir que el lector comprenda el ambiente de marginalidad y desigualdad social del Harlmen neoyorquino de los años cincuenta, o le puede permitir sentirse desgraciadamente el cenicero en el que se apaga la colilla.

 

 

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Blog sin identidad. Compilado de opiniones, fragmentos y pinceladas de superficies y profundidades (que a veces son lo mismo) para entretener y persuadir la mirada.
Eduard Fernando Salazar Sociólogo A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.
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