I.LETRADA.CO | El Souvenir | A ORILLAS DEL RÍO YALU
El Souvenir
ESCRITO E IMÁGENES POR
Ali Flinchum
Viajera.

A ORILLAS DEL RÍO YALU

Mi mano apretó la fría barra de hierro mientras me acercaba al borde del puente con cautela. Mi mente se aceleraba, pensando en las cosas que podrían salir mal, cosas que posiblemente terminarían con mi vida si llegara a cometer un error, pero me atreví y me acerqué más al helado Río Yalu. Con los nervios de punta y el corazón a mil, observé con atención el terreno desolado de uno de los países más hostiles de nuestro tiempo: Corea del Norte.     
 
 

Viajé a la ciudad de Dandong para saciar mi curiosidad sobre este enigmático país. La ciudad está situada a orillas del Río Yalu, frontera natural entre China y Corea del Norte. A diferencia del Paralelo 38, repleto de minas y de patrullas militares, la frontera china es abierta, separada solo por el río pero conectada por un inmenso puente de hierro. Los camiones viajan libremente hacia y desde ambos países y no parecen bajar la velocidad cuando se acercan a la línea fronteriza. Las relaciones entre los dos gigantes pareceren prosperar, pero a medida que recorría Dandong y hablaba con la gente, descubrí que los chinos estaban tan agotados como yo de la más nórdica de las dos Coreas.

 Cuando estalló la guerra en la Península Coreana en los cincuenta, China decidió aliarse con su vecino asiático. Ambos, chinos y norcoreanos, compartieron las penas del conflicto que todavía permanecen en las mentes de los habitantes más viejos de Dandong. En teoría, parece haber un lazo inquebrantable entre los dos países: tiendas coreanas llenan las calles y restaurantes coreanos ofrecen hermosas mujeres en trajes tradicionales como anfitrionas a la clientela china. Dandong es un codiciado patio de juegos para los representantes del gobierno de Corea del Norte, que simplemente se deslizan al otro lado de la frontera para participar de algunos de los placeres terrenales de la modernidad, como los bares de karaoke y la electricidad. Construida para el turismo coreano, la ciudad atrae hordas de turistas chinos que no pueden evitar sacar los binoculares y mirar con curiosidad al otro lado del río.   

 Aunque le den un vistazo al otro lado de la frontera, los chinos son muy precavidos cuando se trata de los norcoreanos. Le pregunté a un hombre si él se había adentrado a Corea del Norte y respondió formando una pistola con sus dedos, apuntándola a su sien y diciendo “no. Si los coreanos están de mal humor me matarían sin pensarlo dos veces”. Esta tensión desgasta a los chinos y lo único que logra es enfatizar los problemas legítimos entre los dos países. Problemas como las metanfetaminas. Una frontera abierta quiere decir pocas políticas y pocos guardias. Los chinos son hombres de negocios sin escrúpulos, y por años han estado supliendo a los norcoreanos con los ingredientes necesarios para la producción de la metanfetamina. El negocio de las drogas está en auge y no es solo un despreciable hábito para los norcoreanos, sino además su moneda no oficial.      

 Los chinos quieren el dinero de su lado del río, no las drogas. Por eso mantienen a los norcoreanos a cierta distancia. Pregunté a los locales si los norcoreanos eran sus amigos. Exasperados, respondieron que no, ciertamente los norcoreanos no son amigos, no importa qué historia hayan compartido. Ese sentimiento de superioridad no solamente amarra sus palabras; también envuelve sus calles a lo largo del Río Yalu. Los chinos no han escatimado en gastos a la hora de desarrollar y decorar sus propiedades, que son, cuando menos, extravagantes. Lámparas chinas inmensas y fachadas de neón embellecen altos y modernos edificios. Parece más un inmenso rave asiático y no la típica calle donde se abren tiendas y se construyen casas. Las luces inundan la noche, alcanzando la orilla norcoreana, esforzándose por penetrar la oscuridad que envuelve la Península Coreana una vez se esconde el sol. Dos mundos diferentes se sientan mirándose día tras día, desde el amanecer hasta la puesta de sol.

Caminé dos días a lo largo del río, arrastrándome hasta el final de los puentes, trepando montañas y manejando botes solo para acercarme tanto como me fuera posible al reservado país coreano. Miraba sus casas sombrías y sentí alivio cuando ocasionalmente vi humo saliendo de una chimenea. Vi fábricas y grúas usadas para cargar materias primas desde las minas hasta depositarlas en barcos. Nunca vi los barcos moverse. Miré un rato el ferry que los coreanos construyeron sobre su lado del Yalu. Estaba ahí, quieto, olvidado y oxidado. Me preguntaba si habría sido usado o si solo fue puesto allí por el gobierno norcoreano para mostrar a sus homólogos chinos que ellos no son los únicos que saben divertirse. Entre más tiempo miraba, más lejos podía ver tierra adentro y más crecía una profunda preocupación por la gente de Corea del Norte. ¿Qué estarán haciendo allá? ¿Son felices? ¿Tendrán frío? Yo tenía frío. ¿Tendrán abrigos? ¿Sus hijos tendrán abrigos? ¿Irán al colegio? ¿Qué aprenderán? Pude ver 15 kilómetros adentro hasta otra ciudad. ¿Les estará permitido a los coreanos viajar a otras ciudades? ¿Tendrán vías para llegar allá?       

 ¿Podría cruzar el río? Es demasiado angosto, no más de 200 metros en algunos puntos. ¿Podría cruzar de vuelta a China sin ser atrapada? Nadie parecía estar mirando.

 Decidí que hay cosas que es mejor no intentar, y entre más miraba al otro lado, más comenzaba a enredarme la cabeza. La sensación de ser observada comenzó a crecer dentro de mí. Había escrito en mi perfil de Facebook que estaba viajando sobre la frontera norcoreana. Nada más ese comentario debió haber enviado alertas a numerosas agencias de seguridad en varios países. Entonces mi conexión a internet comenzó a desacelerarse considerablemente. Mi correo de Gmail cargaba con una lentitud sospechosa. La gota que derramó la copa fue cuando iba caminando de regreso al hotel y fui abordada por una pareja bastante peculiar que buscaba conversar conmigo en la oscuridad del borde del río. Dedujeron que yo era estadounidense y que era profesora, pero lo que querían saber era cuándo me iba de la ciudad. Pudo no haber sido gran cosa, pero algo en mis entrañas me sugirió no relacionarme con ellos; algo no estaba bien. Me retiré a mi habitación de hotel cerrando las puertas con llave, pero en cuanto di la vuelta, allí estaba, mirándome. Corea del Norte, con todo su negro y premonitorio abismo. Pesadillas en las que yo era secuestrada y enviada a Pyongyang plagaron mi sueño. Aunque el país se veía estático desde el lado chino del Yalu, pude sentir que era todo menos eso. Rápidamente empaqué mi maleta y me puse en marcha, sin ilusión alguna de mirar atrás.        

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