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El Souvenir

TEJIENDO TRADICIÓN

El arte de hacer balones en Monguí-Boyacá

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por Alexandra Isaacs

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Monguí me contagió su tranquilidad. Era viernes y sus habitantes, con ruanas de lana y sombreros de tapia pisada, conversaban en la plaza central. Bajamos del bus y observé las construcciones coloniales y las calles empedradas que hacen de este municipio boyacense una reliquia de Colombia, cuadro campesino que contrastaba con los balones de fútbol, de diferentes tamaños y colores, que adornaban las paredes blancas de las casas.

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Un hotel en la cumbre de una montaña llamó mi atención. Escalamos ochenta peldaños. A medida que ascendíamos el aire se volvía más frío y escaso, hasta llegar a una vereda curiosamente llamada La Otra Vida. Mientras recuperaba el aliento contemplé las tonalidades verdes y azules de la cordillera oriental, la imponentes cúpulas de la iglesia y las casitas de paredes blancas y techos de teja de barro cosido. -Monguí parece un pesebre-, pensé.

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Tocamos la puerta de madera labrada y una mujer respondió. Su nombre era Gladys. Ya en la sala nos ofreció un tinto humeante endulzado con panela y prendió la chimenea. De una pared colgaban balones y una mesa exhibía para la venta ruanas y bufandas tejidas por mujeres del municipio, en lana de oveja.

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Le contamos que veníamos de Bogotá y mencionó que allí había hecho su pasantía en hotelería y turismo: “Yo no estaba acostumbrada, se levantaba uno a las 5:30, a las 6:30 salía, en esa época vivía en Suba, y eso ahí en el Bulevar se hacían unos trancones tenaces, llegaba a las 9:00 apenas a trabajar… ¡No, no, no! No me aguanté sino cuatro meses y me devolví”. Solo el cantar de los pájaros y el repicar de las campanas de la iglesia acompañaban su voz.

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-Soy antropóloga y mi compañero artista y hemos venido a investigar la producción de balones en Monguí- expresé, y doña Gladys mostró su interés en colaborar: “mejor dicho, díganme dónde o qué les hago”, y tras listar a sus “comadres y vecinos baloneros”,  concertó nuestra primera cita mediante una llamada telefónica.

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Nos dirigimos a la fábrica Arcueros, ubicada en un costado de la plaza central. Allí, entre rollos de plástico y olor a caucho, Pilar Neita nos relató la historia de su negocio familiar. Su padre le enseñó las tareas más sencillas del oficio, como “pegar bomba”, es decir, cubrir con pegante el neumático interno que da forma al balón. Hoy diseña y estampa diversos logotipos en los paneles que, uno a uno, se adhieren a la bomba como piezas de rompecabezas.

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A sus 29 años, Pilar ha presenciado importantes cambios en la industria balonera de Monguí. Recuerda cómo un molde de metal, que une las partes del balón por presión, reemplazó el arduo proceso de costura: “Una persona que le rinda hacer un balón cocido, se hace cinco diarios no más, mientras que una persona en balón vulcanizado, hay personas que se arman hasta 90 balones diarios”.

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“La producción a gran escala desplazó el trabajo de mi padre”, dice con nostalgia. Sin embargo, reconoce que este avance responde a las necesidades actuales de producción, que alcanzan hasta los siete mil balones en las temporadas altas, como en los mundiales de la FIFA.

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Los monguiseños afirman que ellos son los más aficionados a estos campeonatos, pues disparan las ventas en el municipio: “somos los que más hacemos fuerza para que Colombia llegue al Mundial, por lo que nos representa a nosotros, desde el momento que clasifique” dice Jorge Ladino. No obstante, a la hora de practicar deportes prefieren el tejo y el billar. Don Custodio, cuñado de Pilar, afirma: “en casa de herrero, azadón de palo” y todos reímos de esta paradoja.

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Gracias a la gestión de doña Gladys, en nuestra siguiente visita conocimos el negocio familiar Gegol, donde Germán Peña relató: “uno acá desde pequeñito trabaja. Ahorita no mucho, pero en ese tiempo sí, entonces junto a la mamá, ella le decía ayúdeme y uno empezaba por hacer costuras pequeñitas, por hacer algo pequeño, para terminar haciéndolo completo”.

Los primeros balones estaban hechos de cuero grueso que debía remojarse y después darle planazos para que se hiciera maleable, cuenta Rosa Hurtado, esposa de don Germán. “De esos cosió mi mami cuando era joven, mi mami ahora tiene 74 años”.

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Cuentan los monguiseños que Froilán Ladino inició la tradición con un balón extranjero: “rompió y miró los casquitos cómo eran, de qué estaban hechos y cómo los cosían”. Los primeros intentos eran tan pesados que maltrataban los pies de los jugadores. Sin embargo, los artesanos perfeccionaron la técnica con el correr de los años y hoy su trabajo es reconocido a nivel mundial por su terminado y calidad.

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Gegol es una de las fábricas más prósperas del pueblo. Sus productos se venden en diferentes ciudades de Colombia y países vecinos. No obstante, los esposos enfrentan numerosas dificultades como el libre comercio a ultranza y su avalancha de productos chinos. “Siempre tenemos que luchar con préstamos”, expresa doña Rosa, quien no quiere que sus hijas se dediquen a este negocio de futuro incierto.

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Al terminar la conversación, don Germán nos enseñó unas fotografías en las cuales aparece una pelota que dobla la altura de las personas paradas a su alrededor: “el más grande del mundo”, expresa con brillo en sus ojos. Una de las tantas iniciativas ingeniadas por la Asociación de Baloneros de Monguí para dar a conocer su oficio y mantener viva su tradición.

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El dicho popular “en Monguí las mujeres trabajan en pelotas” tiene una razón cultural e histórica: tejer es una labor femenina que se practica en el hogar, explica don Germán: “por lo general las mujeres se quedan en la casa y los hombres salen a las labores del campo, ¿entonces qué pasaba? los hombres al campo y las mujeres a complementar el trabajo de la casa con el balón”.

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Ellas constituyen el 80% de los empleados en las fábricas, mientras cada vez más hombres se dedican a la minería que detonó en los últimos años por el incentivo del gobierno nacional. El sacerdote Luis Acevedo teme que, como les ocurrió a sus vecinos de Tasco,  Mongua, Socha y Socotá, las multinacionales se apoderen de Monguí: “son como monstruos que vienen así tan grandes que la gente no es capaz de luchar contra ellos”.

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La locomotora minera está arrasando el departamento a punta de dudosas promesas de bienestar y progreso. Al respecto, doña Gladys y su padre, Miguel Téllez, mencionaron que peligran los páramos, incluyendo Ocetá. Este ecosistema ubicado en Monguí, relataron con orgullo, es considerado uno de los más hermosos del mundo por sus cóndores, venados y conejos, por sus jardines naturales de frailejones, angelitos, morones y encemillos, por sus formaciones rocosas que parecen ciudades esculpidas, y por sus incontables lagunas, ríos y quebradas.

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Nos despedimos de doña Gladys con esta preocupación en mente. “háganme el favor y me cierran la puerta” fueron sus últimas palabras antes del adiós. Subimos al bus y dejamos atrás los cultivos de papa, maíz y habas, las ovejas pastando en la cancha de fútbol, el viento frío y puro que baja del páramo y las casas campesinas de paredes blancas adornadas con balones de fútbol.

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Alexandra Isaacs

Antropóloga. Está realizando una

maestría en antropología

en la Universidad Autónoma de Barcelona

 

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Felipe Guzmán

Artista plástico. Está realizando una

maestría en artes visuales

en la Universidad de Sao Paulo.

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Souvenir: objeto que sirve como recuerdo de la visita a un lugar, que atesora las memorias relacionadas a este. ElSouvenir: espacio para almacenar recuerdos y compartirlos con seres no queridos, no conocidos.
i.letrada La revista pseudoacadémica más cultural de Bogotá.
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