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El Souvenir

POR LOS CAMINOS DE PEDRO ALONSO

He aquí mi orgullo, tengo un origen

F. Nietzsche.

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Cuando le conté a Karen que me iba para Labateca, buscó en internet y dijo que se veía lindo Labateca. Yo no sé en dónde miró, ni tampoco le pregunté porque la verdad Labateca no es tan linda; es un pueblo a dos horas de camino desde Pamplona, Norte de Santander. El camino se abre entre montañas y carreteras angostas que siguen el curso del río; la carretera es de trocha y para llegar hasta allá se debe coger una flota blanca de la empresa ‘Los Motilones’ o ‘la Providencia’ que pasa más seguido y es roja.

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Este viaje lo cuadramos con mi mamá, mi hermano y mi abuela hace un mes. La noche en que viajábamos yo todavía no era consciente de lo que hacíamos, sin que eso significara que estuviéramos cometiendo un crimen o una travesía agotadora y larga. No. Pero es que la mayoría de viajes con mi madre se hacen con poco tiempo de anticipación, no sé bien por qué pero creo que ya nos hemos acostumbrado y nos gusta. Mi mamá dice que ella no es buena planeando cosas a largo plazo y creo que por imitación o herencia, yo tiendo a ser igual.

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Quizás sea esto también lo que me ha llevado a despertar un cariño por estas tierras, por esa tierra, por Labateca, Norte de Santander. Hace poco me preguntaba cómo una despertaba afectos por tierras a las que nunca había ido. Aunque decir que no he ido al Santander del norte sería faltar a la verdad: hace 19 años fui por última vez con mis abuelos, mi mamá y mi hermano a visitar a la familia de mi abuela. La primera fue cuando tenía dos años y de aquella visita me quedan los recuerdos de otros porque yo no tengo ninguno. Así, siempre escucho cada vez que alguno vuelve a recordar el día que me encontraron jugando con las gallinas en la tierra. Hace poco encontré la foto que me alcanzaron a tomar esa tarde, entonces supe que no era una historia inventada.

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En el 94 mi hermano y yo éramos pequeños y tenemos recuerdos distintos del mismo viaje. A veces me pregunto si de verdad mi hermano y yo vivimos nuestra niñez juntos porque de la mayoría de cosas que yo recuerdo él no se acuerda y pienso que es una lástima que no lo haga porque se pierde la magia de revivir una y otra vez los recuerdos gastados de sucesos que quizás no sucedieron tal cual. A veces, en cambio, me pregunto si no seré yo la que se inventa los detalles, la que se acuerda del color del saco de fulanito o de la calle al frente de la casa de no-sé-quién. Por eso, no sé si soy yo o es él quien tiene o no tiene claro que nosotros le ayudamos a unos primos en segundo grado a preparar las menudencias para el sancocho aquella vez. Eso fue en la casa de la nona, de la bisabuela Elena, la matriarca de la familia.

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En este viaje ya no íbamos a saludar a la abuelita Elena porque hace 12 años murió, pero íbamos a visitar a las hermanas de mi abuela que todavía están vivas. De los 10 hermanos, solo quedan 5 y mi abuela -Adelina- es la segunda de las que viven. Antes viene la tía Matilde, y le siguen la tía Anita, la tía Chava y la tía Sara, la menor de todas las mujeres. Todos nacieron en la vereda Pedro Alonso, a media hora de Labateca y de las cinco, tres viven todavía allí; Sara se radicó en Cúcuta y mi abuela se vino para Bogotá hace 60 años.

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Los dos motivos principales de ir hasta allá, además de saldar la deuda con mi abuela del viaje prometido, eran visitar a la tía Matilde que en diciembre estuvo muy enferma y fue operada del corazón, y visitar a los familiares damnificados de las lluvias de octubre pasado en la vereda Pedro Alonso. Pero antes de hospedarnos en Labateca, decidimos quedarnos dos noches en Pamplona, famosa por sus procesiones de Semana Santa y por el frío también.

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El lunes festivo nos encontramos con la tía Sara que es menor pero tiene más canas que mi abuela. Mientras la esperábamos en la plaza principal, mi hermano le preguntó a mi abuela si la reconocería. Ella respondió que claro, imagínese si no. Como si el hecho de estar lejos le fuera borrando a uno los recuerdos de los rostros conocidos.

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El martes nos fuimos para Labateca y nos encontramos con las otras dos tías, Chava y Matilde. La tía Matilde es mayor que mi abuela por tres años (o dos, no saben bien) y se parece mucho a la abuelita Elena, no solo en su contextura y en su físico sino en su forma de escuchar antes de hablar. La abuelita Elena fue una mujer llena de bondad y sabiduría, la que se aprende en el campo, a la cabeza de una familia numerosa que perdió la guía del padre por una enfermedad que lo privó de cordura. Pero ella se sobrepuso y fue paciente y aguantó tanto los dolores físicos como los del alma y ya, cuando casi llegando al centenar no pudo más, se fue. Una gran pérdida para todos porque ella era el eje, la columna vertebral de la familia Sánchez Carvajal y sus descendientes.

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La tía Matilde ya está mejor, pero muchos coinciden en que gran parte de su decaimiento se debió al barranco de noviembre pasado, cuando, en medio de la noche, la tierra rugió y empezó a moverse. De la casa de la tía no se salvó ni el trapiche, ahora quedan los pisos y algunas columnas donde se ha arreglado un techo para guarecerse y donde Bernardo, un hijo, cuida lo que queda, recoge fruta y sobre todo, vigila el guarapo y se lo bebe. Tal vez es el trabajo de la tierra bajo el sol del mediodía, la caña que cultivan y la sed la que convierte a los campesinos de esta zona en buenos bebedores de guarapo, trago de su sudor.

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Supuestamente la Alcaldía les va a ayudar; a Labateca también llegaron las casas que el presidente Santos está regalando. Algunos han decidido aceptar su ayuda, otros no porque lo que les ofrecen nunca será igual que lo que tuvieron alguna vez. Es que ellos entienden por hogar la tierra que les da el café, la caña, las mandarinas, la yuca, las criollas; la misma que alimenta a las gallinas que les dan los huevos. Y es esa la tierra que ruge y se mueve, se acomoda y se sacude. La que los asusta por la noche y que esperan que no llueva para que no vuelva a venirse abajo.

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Venir a Pedro Alonso, a Labateca, a Norte de Santander no solo me llevó a un pasado lejano, al reencuentro con las historias de mi abuela y con unas costumbres que la ciudad no ha podido desterrar por completo. Me llevó también a un pasado más cercano, al pasado de Marujita -mi mamá- cuando era niña y estudiaba en la escuelita de Labateca; cuando volvía de visita con mi abuela, se perdía entre montañas y se ponía a leer; cuando su abuelito, el papá de mi abuela, la prefería a ella; cuando iba de visita a las casas de las tías y se encontraba con los primos. Verla reencontrarse con tantos primos fue entenderla a ella joven, con infancia, con juventud, sin hijos, con las montañas en sus ojos y en sus pies.

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Esas mismas montañas que recorrimos someramente para volver a la casa de la abuela Elena, a lo que queda de ella porque ahora solo hay ruinas que seguramente terminarán por caerse también; ni la pared más gruesa puede imponerse durante tanto tiempo al paso del tiempo. Allá arriba intentamos recordar algo que hubiéramos hecho en nuestra última visita en aquella casa, pero por más fuerza que hice, como si tratara de cerrar los ojos y apretarlos con fuerza, solo recordé la gallina que arreglamos y el camino de subida. Y aunque el poeta afirma que “todo es triste al volver”, estas ruinas son nostalgia y dicha al mismo tiempo, porque esas paredes de adobe podrían contar todas las historias que a las abuelas ya se les empiezan a olvidar. Porque todos los recuerdos finalmente van a volver al mismo suelo donde nacieron.

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Pamplona es un pueblo faldudo, sus calles son inclinadas y fatigosas, por eso hay que aprender a cogerles el ritmo, el paso. El cementerio queda en la última calle arriba y no es muy grande. Los muertos más antiguos están a mano derecha de la entrada, los recientes hacia arriba, a mano izquierda. La tía Chava nos había explicado dónde buscar la tumba de la nona y la encontramos rápido junto con la de otros familiares. En la pared se leía Elena Emperatriz Carvajal de Sánchez. Mi abuela enmudeció, la espera había valido la pena.

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La semana se fue yendo entre visitas y reencuentros, entre historias repetidas y nombres olvidados. Mi abuela se pudo reunir con sus cuatro hermanas. A la última -Anita- la fuimos a visitar al ancianato donde la llevaron junto con su esposo después del barranco. Allá están bien porque los cuidan y les brindan la atención que sus hijos no les dan. Y así llegó el sábado, día del regreso, de volver a tomar ‘La Providencia’ entre precipicios y caminos estrechos para volver a conectarse con un mundo más abierto pero más hostil.

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De Labateca salieron­­ una caja cargada de mandarinas y unos tarros con papas criollas, café y huevos que, con mi empeño, sobrevivieron hasta Bogotá. En Labateca se quedaron personas que trabajan su tierra, que toman agua de panela para la sed y desayunan caldo de huevo. Se queda una gente que no solo vive de su tierra, sino que es la tierra misma, los cultivos de café y de maíz, la caña de azúcar, los mandarinos, la yuca, las limas; las manos callosas, la piel curtida, los pasos seguros y las ganas de seguir adelante aunque el barranco haya arrasado con sus casas.

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Dejamos ese lugar perdido entre montañas y abismos, atravesado por un río serpenteante y con vista verde que te quiero verde. Y entre cada curva nos íbamos alejando de la tierra de mi abuela, la que ella dejó entre ojos encharcados, buenos deseos y bendiciones, por la que siento algún afecto y quisiera tener grabada siempre, porque está llena de gente buena y bondadosa, porque de allí provienen las dos mujeres que más quiero y porque de alguna forma me siento viniendo de algún sitio, de un pedazo de montaña, de un puñadito de lugar.

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Abril 2013

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Textos y fotos

Alejandra Cáceres

Generosa de risa, corta de vista

y adicta a los colores.

Escribo historias sin final

y leo un sinfín de historias.

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El Souvenir
Souvenir: objeto que sirve como recuerdo de la visita a un lugar, que atesora las memorias relacionadas a este. ElSouvenir: espacio para almacenar recuerdos y compartirlos con seres no queridos, no conocidos.
i.letrada La revista pseudoacadémica más cultural de Bogotá.
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