I.LETRADA.CO | Enjambre | UNA REVOLUCIÓN JOVEN
Enjambre
ESCRITO POR
Samuel Jiménez
Buscador incansable de nuevos mundos y nuevos rumbos. Politólogo y pseudo-historiador. Entusiasta, curioso, inconforme pero feliz.

UNA REVOLUCIÓN JOVEN

¿En qué va la revolución de Túnez 3 años después?

He llegado a un nuevo país hace ya algunas semanas que se convierten rápidamente en meses. Meses en los que vine a encontrarme con un pueblo valiente nacido en un pequeño país del norte de África. Hijo del mestizaje social, étnico y cultural que la historia le impuso, este pueblo captó la atención del mundo entero tres años atrás cuando un día, finalmente, decidió despertar de un gran letargo, hastiado del autoritarismo de un régimen que 23 años atrás había reemplazado a otro de la misma índole, relativamente. Y es que éste pequeño país ha sido colonizado desde los orígenes de la historia por todo tipo de civilizaciones que han disfrutado del placer de construir en sus increíbles tierras grandes puertos comerciales e imponentes ciudades, como el gran Cartago. Desde los fenicios y los romanos, hasta los franceses, que, finalmente, acordaron al 'protectorado' de Túnez su independencia en 1956, una infinidad de culturas y sociedades han atravesado el territorio en el que los bereberes parecen haberse instalado 2.000 años antes de nuestra era.

Aquella independencia tardía, tan anhelada por el pueblo tunecino, no fue acompañada de grandes victorias para la libertad de sus hijos. Todo lo contrario. Rápidamente un régimen autoritario de partido único invadió todas las instituciones e impuso a los habitantes de este nuevo país el ritmo de su marcha. Desde entonces, y hasta 2011, Túnez vivió bajo la autoridad de dos líderes políticos; dos dictadores, para llamarlos por su nombre. El primero de ellos, Habib Burguiba, carismático y progresista, es aún hoy recordado incluso con nostalgia; fue el hombre que, para muchos, hizo posible la independencia y el desarrollo del país magrebí. El segundo, Ben Ali, escondido actualmente en Arabia Saudita y detestado ampliamente por gran parte de la población, es recordado por el terror que generaba su aparato de represión y corrupción. A principios de 2011 los tunecinos decidieron inundar las calles con sus cuerpos para gritarle al unísono y repetidas veces a Ben Ali: Dégage; una bonita palabra francesa que podríamos traducir por “largo de aquí”. Y ante la sorpresa de muchos, Ben Ali reunió a su familia, una gran suma de dinero, y escapó del país que lo vio nacer.

Lleno de curiosidad, he venido a ver qué ha sido de este pueblo tres años después de haber hecho una revolución que originó un gran movimiento popular en todo el mundo árabe.

Antes de venir a Túnez me dijeron que la revolución había empezado un día en el cual un joven vendedor ambulante decidió prenderse fuego delante de la gobernación de Sidi Bouzid. A finales de 2010, ante los abusos de la policía y los odios sordos de la administración, Mohamed Bouazizi prefirió incendiar su cuerpo antes que resistir la humillación. Ese fuego se convirtió en esa gota que derrama la copa. Parece que los ánimos se encendieron. Me habían dicho que la revolución de Túnez, o “la revolución de la dignidad”, como sus progenitores prefieren llamarla, era una revolución joven. Una revolución que se tuvo que comunicar a través de Facebook y Twitter, pues eran los únicos medios que permitían a los jóvenes saber lo que estaba sucediendo en su país sin pasar por el control y la censura que ejercía el gobierno sobre los medios de comunicación. Una verdadera movilización popular sin líderes, ni partidos políticos, ni discursos partisanos. El pueblo se daba cita en las calles todos los días, y reclamaba el fin del régimen, bajo su única consigna: “Dignidad, trabajo y libertad”. Y a este pueblo no le bastó con que Ben Ali huyera del país. Las movilizaciones siguieron su curso contra todo el partido y la maquinaria del antiguo régimen. Los ánimos se calmaron únicamente cuando se hizo pública la decisión de llamar a elecciones para elegir una Asamblea Nacional Constituyente (ANC), encargada de escribir una nueva constitución política para garantizar la transición a la democracia y el cumplimiento de los objetivos de la revolución.

No podría estar más emocionado de venir y ver con mis propios ojos que había pasado con ese pueblo que se convirtió de repente en un joven insumiso.

Pero a mi llegada, la sorpresa me abruma rápidamente. Desde que subo al primer taxi para ir del aeropuerto a mi nuevo hogar temporal, el conductor me explica cómo todo era mejor antes de la revolución, que las cosas funcionaban mucho mejor con Ben Ali. Decido no prestarle mucha atención. Pero empiezo a escuchar este discurso en varios lugares, y no puedo evitar preguntarme acerca de las razones por las cuales alguien podría preferir la vida bajo la dictadura. Y empiezo a encontrar algunas respuestas sencillas: los tomates que se compraban en 2010 por 0,3 dinares hoy en día se venden a 1,7 dinares o incluso 2 en el Souk, el mercado popular. La inseguridad, el desempleo, la inestabilidad económica y la violencia parecen ser las hijas de la revolución ante los ojos de un pueblo que, lejos de estar interesado por lo que pasa en esas instituciones del Estado, tan lejanas, ve cómo su calidad de vida se degrada poco a poco. La libertad de prensa es una maravilla, y la democracia es un gran sueño. ¿Pero de qué nos sirve todo esto si vivimos en peores condiciones que antes de obtener la democracia? Los problemas que tocan realmente a la población en general parecen ser otros.

Empiezo a preguntarme, ¿qué pasó con la revolución?; ¿no lucharon sus mártires por una mayor dignidad y mejores oportunidades de trabajo? El pueblo tunecino nunca pidió que le dieran las cosas hechas. Ellos no pedían asistencia social, alimentación gratuita, viviendas de interés social. Ellos querían ser libres, y tener oportunidades de trabajo para ganarse su propia vida. Acabando de bajar de un avión proveniente de Francia esto no parece mucho pedir. Pero al parecer no es lo que han conseguido. Y pregunto en voz alta: si no se han logrado los objetivos de la revolución, ¿dónde están aquellos jóvenes revolucionarios que salían a las calles día a día? Escucho un comentario de una joven que entre humor y tristeza me dice que están “cansados de hacer la revolución”.

Entonces empiezo a investigar quiénes son esos personajes que están en el poder hoy en día. Resulta que esta asamblea que debía tener lista la constitución un año después de la revolución para así dar paso a una nueva generación de gobernantes, parece haberse convertido en una adicta al poder. Tres años después, sigue consumiendo el crack de su mandato día a día, y no parece estar muy convencida de irse. Ante las inmensas presiones de la sociedad, promulgaron la nueva constitución política a principios de 2014 en la cual se inscribieron grandes progresos sociales en términos de derechos políticos, económicos y sociales. Pero pareciera que estos avances no provenían de los partidos políticos y sus diputados, sino de la sociedad civil y de las interminables manifestaciones frente al palacio de Bardó (sede de la constituyente). Entonces, encuentro un interesante artículo en el diario Al Huffington Post Maghreb con fotos de 30 diputados titulado “Los calvos de la ANC”. Por supuesto, estos 30 diputados no son calvos porque se afeiten muy a menudo su cabeza, sino porque todos tienen más de 60, 70, 80 y hasta 90 años. Y no sólo estos 30 diputados: toda la clase política tunecina que gobierna hoy en día este país es una clase política vieja. Y vuelvo a preguntarme, ¿dónde están los jóvenes que hicieron la revolución?; ¿es verdad que están cansados?

El panorama político en Túnez es alarmante. Alarmante porque los jóvenes derrocaron al régimen de la dictadura, pero nadie les dijo que la caída del 'ancien régime' no es el final de la revolución, sino el comienzo. La fuga de Ben Alí no fue la victoria de la revolución, sino el evento de inauguración. Una revolución que se hizo sin líderes, sin organización, logró derribar la dictadura, pero no se propuso construir la alternativa que la reemplazaría. Y dejó las puertas del Estado abiertas de par en par para que los islamistas, con una organización envidiable y apoyados financieramente por los países del golfo y los Hermanos Musulmanes, se tomaran tranquilamente el poder.

En una coalición que controla la mayoría absoluta de la constituyente, el partido confesional islámico de Ennahda se siente como en su casa. Hace, básicamente, lo que quiere. Este partido, históricamente reprimido por los dos grandes dictadores tunecinos que quisieron desde hace medio siglo construir un estado laico, domina hoy en día la esfera pública de Túnez. Y como desde hace mucho tiempo sabemos gracias a las encuestas, no les va a ir muy bien en las próximas elecciones. Pasarán de tener cerca del 40% del electorado en 2011 a un 20%. Y la nueva fuerza política de la oposición, un partido formado de alianzas con todo tipo de organizaciones llamado Nidaa Tounès (Nidaa = 'llamado', y 'Tounès' = Túnez) será la primera fuerza política del país en el Congreso e incluso, quizá, gane la Presidencia. Es natural entonces que los islamistas no quieran soltar el poder y se hayan amañado durante tres años en una asamblea que hoy en día no cuenta con ninguna legitimidad democrática pero que seguirá instalada en el poder durante lo que queda de 2014.

En el marco de un proyecto con una ONG tunecina en el que trabajo actualmente, me entrevisto con Slahedinne Jourchi, uno de los cofundadores del partido Ennahda (aquel gran partido islamista) del cual actualmente permanece enormemente distanciado, y por lo cual es hoy visto por todos como un independiente. Y le planteo la pregunta: ¿qué pasó con esos jóvenes que lucharon por la dignidad, la libertad y el empleo?; ¿cuál es el papel de estos jóvenes hoy en día? Y él me responde claramente (aquí me permito traducir sus palabras intentando conservar sus ideas):

Yo pienso que en Túnez, desde hace por lo menos tres años, hay una crisis de confianza entre los jóvenes y la clase política. Los jóvenes jugaron un papel muy importante en la revolución, pero los resultados fueron muy negativos para ellos. Y por eso los partidos políticos no representan una gran esperanza para esos jóvenes. Cada día hay menos jóvenes que participan en los partidos, y estos a su vez no confían en los jóvenes. Los partidos no defienden sus derechos ni en el plano laboral, ni sus derechos económicos y políticos, ni su participación política en general (…) Los partidos políticos son dominados por... yo no diría viejos, no me gusta esa palabra... pero por personalidades que tienen entre 70 y 95 años.

La respuesta se vuelve aún más clara cuando me dice que 

esta clase dirigente cree que los jóvenes saben decir ‘¡NO!’, pero que no son elementos constructivos. Falta de experiencia, falta de confianza en sí mismos, falta de cultura, etc. ... Y los jóvenes no han entendido que, bueno, está muy bien ser revolucionarios, pero que la política no se trata de criticar y criticar hasta el final. Hay que construir, hay que presentar soluciones, hay que entender que la política se basa en el pragmatismo y la resolución de problemas (…) Hemos visto que los jóvenes no saben qué es lo que quieren, e incluso si tienen un objetivo, carecen de una lógica y una estrategia para lograr ese objetivo. Los jóvenes no están muy organizados en movimientos sociales o grupos de reflexión. Así que pienso que hasta el día de hoy, los jóvenes han dicho ‘¡NO!’, no confiamos en las élites tunecinas, pero no dan otro paso más allá (…) Decir ‘no’ no cambia mucho las cosas.

A mi modo de ver, aún es demasiado pronto para juzgar los efectos de una revolución tan reciente. Pero, tristemente, S. Jourchi parece tener toda la razón. Derrocar a un régimen autoritario no garantiza absolutamente nada. La revolución no se hace en un día o dos, es un proceso histórico que necesita un compromiso permanente. El futuro de esta revolución espera sentado a que estos jóvenes vuelvan a despertar. Porque, si no lo hacen, estaremos viendo pronto cómo la Sharia (ley musulmana escrita a partir de la interpretación del Corán) se convierte en la máxima ley tunecina, y pronto las mujeres tendrán que ocultar su rostro para salir a la calle. Y no creo que eso fuera lo que pedían los jóvenes cuando salían a la calle a gritarle a Ben Ali “Dégage”, cuando fueron a luchar por su dignidad, su libertad y su trabajo.

COMENTARIOS
Cargando comentarios...
Enjambre
Un espacio para pensar, repensar, deshacer y recrear la política, las iniciativas, los movimientos, las acciones y los paradigmas. Para revalorar concepciones, propiciar articulaciones, construir puentes entre orillas con la mente consciente de la brecha generacional. Hacer del texto acción y de la acción enjambre.
i.letrada La revista pseudoacadémica más cultural de Bogotá.
PRóXIMOS EVENTOS
Upss! No hay eventos que mostrar
¿TIENES UN EVENTO?
APOYAN :