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LA REALIDAD ES TAMBIÉN UNA ILUSIÓN

“Un país sin cine documental

es como una familia sin álbum de fotografías”

Patricio Guzmán

 

 

Por: Erika Antequera

Un personaje, un viaje o una acción pueden ser el punto de partida para contar una historia. Son ‘átomos dramáticos’, como los llama el documentalista chileno Patricio Guzmán, quien dice que la vida está llena de pequeñas partículas tan cargadas de emoción, que en cada una de ellas hay una historia si sabemos cómo contarla.

De átomos e historias habló este veterano cineasta en el seminario sobre cine documental organizado en exclusiva para él por DOCMA el pasado mes de octubre.

Durante cinco días se dedicó a enseñarnos auténticas joyas documentales, todas ellas en pequeños fragmentos que ejemplificaban perfectamente lo que él quería decir cuando se refería a la importancia de la voz en off, la música, la elección de los personajes, el arte de la entrevista y demás recursos narrativos necesarios para hacer esas películas raras, en su mayoría tristes y que suelen proyectarse en salas pequeñas con sillas incómodas.

El último día por fin me concedió diez minutos para hablar y aquí resumo lo que me contó sobre cómo empezó su camino en un género antes poco reconocido, pero que hoy en día es tan amplio en parte gracias a directores como él. Sentados en la cafetería del hotel donde se alojaba en el centro de Madrid, acompañados de una copa de vino y un gran trozo de torta de chocolate que comía con la emoción de un niño pequeño, me contó que su motivación para encontrar esas historias mínimas y anónimas viene desde hace muchos años cuando empezó a hacer cine directo en las calles de Santiago, armado con una cámara y un magnetofón con los que registraba las movilizaciones masivas a favor y en contra del gobierno de Salvador Allende.

“A mi me tocó participar en el gobierno de Allende como ciudadano, nunca ocupé ningún cargo ni fui militante pero era un ferviente admirador de su programa y de transformar el país, sacarlo de la pobreza y modernizar el Estado. Por eso, pase lo que pase, voy a seguir haciendo películas sobre la memoria hasta el fin de mis días”.

Y es que lo que pasó aquel 11 de septiembre de 1973, cuando Augusto Pinochet derrocó al gobierno de Allende de manera salvaje y arbitraria, lo marcó de tal forma que la indignación y la impotencia se convirtieron en el motor principal para hacer sus películas. De esas historias que encontró en los hogares rotos y en las madres desconsoladas que nunca encontraron a sus hijos, nacieron «La Batalla de Chile», «la Memoria Obstinada», «El Caso Pinochet» o su último documental, «Nostalgia de la Luz». Todas ellas hacen referencia a la obra macabra que ocurrió tras bambalinas durante los 17 años de la dictadura militar y hoy en día son un referente del cine social, político y comprometido.

Para quienes queremos saber cómo tomar distancia a la hora de hablar de estos horrores y convertir nuestra historia personal en un documental, Guzmán aconseja “no estar tan cerca, no estar tan lejos, para no perder la proporción”. Se dice rápido. Pero ¿cómo no convertir nuestro pequeño átomo personal en un panfleto audiovisual? Apelando a la subjetividad, defendiendo el punto de vista y la convicción de que lo que queremos contar merece la pena ser visto.

“Lo más importante para mantener un cine social vivo es la imaginación, la variedad, la poesía, la emoción. Con eso se puede hacer un cine sobre el pasado y la gente siempre va a responder. Por el contrario si haces un cine estereotipado donde solamente muestras a un sector de la población y no a los adversarios, vamos a caer siempre en un monólogo cerrado, en un cine autorreferente que no atrae a nadie”.

Patricio Guzmán sostiene que su militancia se reduce a hacer películas. Las únicas armas con las que cuenta son su equipo de grabación y su experiencia para contar esas historias de héroes sin fama, las que no registran en los noticieros pero que son las que tejen los hilos invisibles pero inseparables de una sociedad.

Hace mucho tiempo que encontró en la memoria histórica el dispositivo para hacer cine documental y sus películas lo han llevado a representar a Chile en muchos rincones del mundo, aunque no de manera oficial, no como lo haría un embajador bien pagado. Lejos de las fronteras de la dictadura su trabajo ha sido reconocido con múltiples premios, becas y menciones. No así en su propio país donde no encuentra el apoyo que necesita para enseñar sus documentales.

“En Chile los canales de televisión no compran las películas sobre la memoria histórica. Ninguna universidad tiene poder de compra para estos documentales, la Biblioteca Nacional tampoco y el Museo de la Memoria chileno tiene serios problemas, porque nos exige donar las películas. Y yo me pregunto, si hacer películas sobre la memoria, como cineasta independiente, cuesta tanto dinero y no tenemos ese apoyo, ¿por qué no nos pagan aunque sea una cantidad modesta por nuestro trabajo?”

Quizás se trate de hacer oídos sordos a una realidad tan cierta como incómoda, algo que no sólo ocurre en Chile. Cuando en Colombia se habla de las miles de atrocidades cometidas por todos los grupos armados a lo largo de tantos años, se dice que el país no está preparado para escuchar la verdad, cosa que avergüenza a muchos y enorgullece a otros. “América Latina es una tierra de impunidad. Y mientras haya impunidad nadie va a creer en las instituciones… cuando Pinochet pierde el referéndum en 1988 y deja el poder, sigue siendo el jefe de las fuerzas armadas y solamente cae cuando es detenido en Londres. A partir de ahí la gente dejó de tenerle miedo y empezaron a aparecer las reclamaciones jurídicas contra él, pero de momento ha sido juzgado el 40 por ciento de las violaciones contra los derechos humanos, falta el 60 por ciento. Hay un montón  de gente que sigue sin saber donde están los restos de sus desaparecidos”.

En este marco de impunidad, que ha sido el hilo conductor de la tradición política y social de América Latina, Patricio Guzmán define el cine documental como una herramienta fundamental de contra información. “Es la ventana donde se ventilan secretos, se hacen confesiones nunca antes escuchadas, y se muestran los defectos, no solo de los personajes sino de toda una sociedad”.

En Chile se acabó la dictadura pero Pinochet murió sin rendir cuentas, en Guatemala Ríos Montt está a punto de ser amnistiado a pesar de sus horrores y en Colombia hablamos de posconflicto cuando todavía estamos enterrando muertos. Puede que como ciudadanos, como simples partículas cargadas de emoción, no tengamos en nuestras manos las herramientas para hacer frente a tanta injusticia, pero sí tenemos en nuestra historia personal los recursos narrativos para contar nuestra verdad y así ser parte de la construcción de una verdadera memoria histórica.

 

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