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MÚSICA Y RESISTENCIA EN COLOMBIA

Hay un grupo grande de personas en Colombia que se han volcado a investigar, vivir  y recrear las músicas llamadas “tradicionales” de las regiones más apartadas del centro del país. En esas músicas y en el trabajo por preservarlas y hacerlas circular, hay un contenido político innegable vinculado con la resistencia frente a la violencia, la guerra y el despojo.

Para profundizar en este tema, quisimos dialogar con Lucía Ibañez y Urián Sarmiento de Sonidos Enraizados un proyecto que parte de una mirada crítica sobre la realidad y sobre lo que está ocurriendo con la música en el país, para meterse al fondo con la memoria que debemos valorar y mantener viva.

Queremos comenzar preguntándoles qué es Sonidos Enraizados y cuál es su apuesta con este proyecto.

Lucía: Sonidos Enraizados es una plataforma que construimos para abarcar varios ámbitos de trabajo que tenemos. Realizamos un trabajo de investigación con las músicas tradicionales colombianas y en algunos casos también con música del exterior porque acá no hay institutos de investigación en esta área específica.

Otro plano de trabajo es la divulgación y circulación de los artistas que hacen esas músicas. Hemos ido generando una dinámica de amistad y una relación duradera con artistas que generalmente son líderes, madres, rezanderos, parteros, cocineros, agricultores, pescadores, mineros (trabajadores del campo). Esto nos ha llevado a sentir la responsabilidad de darle continuidad al trabajo con ellos porque sabemos que tenemos unas herramientas que no tienen. Desde ahí le hemos dado un lugar fundamental a la circulación. Hemos estado con algunos grupos y artistas como Paito, La Chirimía del río Napi, Emilsen Pacheco y Perlas del Pacífico. Ahora estamos trabajando también con Carmelo Torres y Don Víctor Espinel.

La otra preocupación por la que trabajamos es la documentación. Nosotros vamos y hacemos investigación y generalmente de ahí sale un producto. Lo que tratamos de hacer es complementar ese trabajo, porque es necesario y porque tenemos las herramientas. Se han publicado cuatro discos, está por publicarse uno  este año que es de Carmelo Torres y próximamente otros dos que son Perlas del Pacífico y el disco nuevo de Paito. Urián también trabajó en la realización de dos documentales con Pablo Burgos: Son de Gaita y uno de bullerengue que se llama Bulla y Silencio. En este momento estamos cocinando un guión de un tercer documental sobre la marimba en las fronteras con Ecuador.

 

 

Hay otra perspectiva de trabajo y es la que engloba todo lo demás: para nosotros es muy importante que la gente esté informada sobre lo que pasa con la música que es de acá, porque es muy importante proteger, cuidar y proveer esta música de unas condiciones propicias para continuar. Pero estas condiciones, que las enmarcamos en la noción de salvaguarda, no queremos que sean estáticas. Se trata de proveer de herramientas a los cultores regionales para que ellos puedan continuar haciendo lo que quieren hacer. Esto además es muy importante porque la mayoría de ellos está ubicada en zonas muy particulares del país. Emilsen Pacheco está en San Juan de Urabá, Doña Pastora está en el barrio más marginal de Tumaco que se llama Viento Libre, y ella es líder de ese barrio que casi fue exterminado en los años 90 por un proyecto portuario. Ella fue una de las que lideró que eso no pasara y que continuara el barrio ahí. Nuestra idea es apoyar a estos cultores y promover la distribución del conocimiento que tienen con el fin de fortalecer a los grupos y comunidades de las que hacen parte. ¿Qué pasa cuándo una comunidad tiene más firme su tema cultural? ¿Qué pasa cuando no están escuchando carrilera desde las 5 de la mañana? ¿Qué podemos hacer para facilitar que esto continúe y entre en esta lucha también?

Fortalecer a la gente para poder decir,  “yo estoy parado aquí y no necesito andar con las putas patas no sé qué”, como dice la canción. Para esto creamos Sonidos Enraizados. Y no es que estemos en la lógica de “vamos a ayudar a los señores del Cauca”. Estamos muy distantes de esa idea. En realidad exigimos mucho de los músicos con los que trabajamos porque  lo hacemos con las uñas. No les ofrecemos el cielo ni ninguna cosa rara, sino camellar.

Urián: Hay una inquietud que va más allá de lo netamente musical. No es que vayamos por todos lados buscando dónde están los más viejitos que saben las cosas más viejas sino que tenemos un interés por revalorar y dignificar  el espacio que esta teniendo la música hoy en Colombia. Prácticamente el 90% de las propuestas musicales están echándole mano a las músicas regionales del país, pero casi ninguna mantiene una relación con los músicos. Es una cosa súper utilitaria. Por eso nos parece muy importante replantear el espacio que se merecen esos señores que no tienen las condiciones que demanda el medio y que están totalmente desprotegidos.

La gente del campo está marginada de la lógica empresarial de la industria musical. Se espera que la gente ofrezca sus productos con ciertos estándares que por supuesto no tienen. Esos señores que se dedican a echar machete, ¿cómo esperas que tengan una página web y un historial de conciertos y una hoja de vida que revisar? Eso es imposible. Lo que estamos haciendo con Sonidos Enraizados es crear eso con los músicos con los que hemos desarrollado un proceso para que en un futuro se logre algún tipo de garantía para ellos, porque muchos llegarán a un punto en el que no van a poder tocar porque la salud no les va a dar para venirse un fin de semana a pasarse la noche tocando en Bogotá. Sobre todo hoy en día que todo está tan mediatizado y todo tira tanto a la internacionalización de las músicas. Todo tiende a parecerse a unos estándares, a tener ciertas duraciones. Todo está muy enmarcado en la cultura del pop, así sea con marimbas o con gaitas. Es raro escuchar cosas más raizales y sucias; rústicas. La lucha que estamos dando nosotros es por eso, porque ese espacio no sea el único que se visibilice. El país debería tener un espacio para este tipo de propuestas.

Con toda esa experiencia en investigación, ¿cuáles creen que han sido las afectaciones que han producido la violencia y el conflicto armado sobre esta producción cultural? ¿Cuál es la huella de la guerra en este campo?

Urián: En varias de las zonas en las que hemos estado han tenido que convivir con el conflicto; en Tumaco, el río Napi, el Cauca. Y a mí me impresiona mucho cómo ellos, a pesar de que viven inmersos en el problema, con la música no hacen ningún ejercicio de participación en el tema, no hay letras referidas a eso en particular.

Lucía: Pero Emilsen sí lo hace, lo que pasa es que no pueden hacerlo tan frentero  porque viven ahí. Y claro, a veces la gente espera que la gente de la música componga canciones como “yo quiero que el frente 39 se vaya, que se vaya, que se vaya” (risas) y a veces no es por ahí, porque ellos están inmersos en la situación, y para nosotros es muy cómodo hablar desde acá sobre cómo pueden ellos reivindicar su posición política desde la música, pero hay unos espacios de libertad que ellos tienen también para eso. Emilsen Pacheco es un hombre que sabe cómo poner en las letras esas cosas pero también es cierto que están tan inmersos en el conflicto que tampoco pueden verlo de una forma tan global y tan externa como podemos verla nosotros aquí. Uno no puede condenar a una Eloísa cuando en una canción dice “les voy a echar a los paracos, les voy a echar a los paracos” y el coro dice “mi burro mocho se perdió, mi burro mocho se perdió”. Y la historia es sobre un robo de un burrito y en un momento dice que se lo robaron los cachacos, entonces “les voy a echar a los paracos”. ¿Uno cómo condena eso cuándo esa es su situación, si ella lo está viendo desde ahí? Otras son las cosas que podemos decir y analizar desde Bogotá, pero ella está allá, en Necoclí. Y lo está diciendo desde ahí.

La música tiene una relación diferente con la política de la que tiene el propio discurso político, no se requiere el mismo grado de explicitud; en el simple hecho de seguir reproduciendo las mismas canciones que vienen tocando siempre hay una forma de resistencia y de memoria sobre cómo ha sido la comunidad más allá de la existencia del conflicto armado.

Urián: Sí, en muchos de estos contextos el conflicto armado ha estado de la mano de la cocaína, y esa cultura del narcotráfico trae consigo su música: los narco-corridos, el vallenato… toda esta música la encuentra uno en los lugares más remotos en los que hay tremenda música de marimba que no suena, sino que lo que suena es esto que parece un lavado de cerebro, sobretodo con las generaciones más pequeñas. Parece como si los estuvieran formando y preparando para los ejércitos que necesitan: estas letras de “soy el chacho y me las como a todas y me doy bala con el que sea y me emborracho y me gasto la plata”… esto rompe tejido y eso es lo más notorio.

Lucía: Los narco-corridos cambian los valores por los que propenden las músicas tradicionales, no tanto en las letras pero sí en las dinámicas. Antes se reunían y cantaban todos juntos y ahora no pueden pasar de un barrio a otro porque en un barrio controlan unos y en el otro otros,  entonces ya no pueden darse ciertas fiestas y ciertos espacios de comunión y encuentro que se daban antes. Donde hay debilitamiento cultural, además, llegan todas estas nuevas religiones y terminan de desbaratar todo. Por ejemplo hay un lugar que se llama Magüí Payán que era un lugar de peregrinación de mucha gente de diferentes partes del mundo. Había fiestas muy bonitas tradicionales con mucha música, mucho arrullo (que es la música que se toca para el nacimiento del niño Dios y en general para el nacimiento de los niños) y eso se rompió completamente porque ya casi todos son adventistas o evangélicos o de otra religión. Y no hay nada contra estas religiones pero sí se rompe un tejido, porque generan rivalidades, les prohíben practicar la música por fuera de su rito y hay muchas cosas prohibidas: dividen a todo el mundo. Y después de la división llega la minería y la única forma que tienen de conservar los lazos entre ellos es con los rituales que tienen hace muchos años.

Entre todas las experiencias que han conocido, ¿cuál podrían destacar como una experiencia de resistencia desde la música?

Urián: Yo siento que todas lo son de alguna manera. El seguir haciendo la música que hacen, de la manera que la hacen, es ya una posición de resistencia muy brava. Hay un altísimo nivel musical y su conservación ha sido realmente compleja. Sin embargo es una corriente musical impresionante que se nota que tuvo un momento de una altísima calidad musical que aún se mantiene, no sé cómo, porque varios de ellos dicen que tocaron fue cuando sus papás murieron porque ya no había quién tocara la flauta y decidieron retomar eso y ser los abanderados de que no desapareciera. Entonces, por ejemplo, Don Esteban, el flautista del Napi, dice que el papá le enseña en los sueños. Dice: “cuando él se murió yo sí me interesé y yo tengo sueños en los que él está sentado en frente mío, yo con mi flauta y él con la suya, y él explicándome…”

Esa historia es muy bonita porque ellos podrían estar haciendo otra música. De hecho, les está pasando en varios lugares. Por ejemplo con el Petronio, que está impulsando que toda la gente haga un tipo de música y no está favoreciendo la libertad y la diversidad que hay. Por ejemplo los del Napi ahora están metiendo cantantes, haciendo paraditas, intentando hacer cosas que levanten al público, para alcanzar el aplausómetro. En el Napi nunca habían tenido la figura de un cantante, cantaban ellos mismos, no hacía parte del formato. Ahora llevan tres cantantes que ni son del Napi sino que consiguen en Guapi. Ese es el tipo de transformaciones que tienen que hacer los grupos para poder estar en escenarios como el Petronio. El tema de la tarima es muy fuerte porque si la gente no brinca y no salta el grupo es malo, cuando hay otras lógicas ahí muy diferentes.

Lucía: Hay grupos como Perlas del Pacífico a los que les pasa lo mismo; ésta es música de marimba muy tradicional y están acostumbrados a tocar muy largo y en círculo y eso pelea con la lógica de la tarima. Y si uno los pone en media luna ya les cambia la lógica, y te puedes quedar toda la mañana y no tocan. Ella tiene que estar al lado de la parte alta de la marimba y al lado del bonguero, y la otra señora al lado del bajón y al lado de los cununos y si no están así esa vaina no funciona. Se hacen en círculo para mirarse entre ellos. Y en la tarima tienes a los tres cununeros dándole la espalda al público, la cantadora de medio lado. Y ellos no pueden tocar de otra manera porque así se toca lo que ellos tocan. Y esa es otra forma de resistencia.

¿Cómo puede la gente de los centros urbanos apropiarse más y defender estas músicas?

Urián: Es importante que la gente que esté interesada desde la ciudad empiece a construir una relación directa con la zonas, con los músicos que le interesan. Que no se conforme con lo que encuentra en internet o en la página de Sonidos Enraizados, sino que establezca una relación más cercana. Eso permite descubrir, no sólo la música, sino lo que gira entorno a ella; que aprendamos a reconocer el espacio que tiene cada música. A nosotros en nuestro espacio musical nos inculcaron principalmente otra música, en otro idioma. Yo recuerdo desde muy pequeño oír en mi casa a los Beatles y es muy chévere pero es lógico que después de eso me resultara extraño oír la música de gaita. Súmele a eso las estrategias de los canales de comunicación tradicionales, todo está enfocado en unos modelos muy planos. Por eso es tan difícil que a la gente le guste lo que se produce acá. Hay una sensibilidad que necesita abrirse.

Sucede mucho en estos países como Colombia, Perú, Bolivia que nos identificamos más con lo que hay en otros lugares. Se ha inculcado mucho en las urbes esta mirada. Pero lo realmente importante y he ahí la apuesta de Sonidos Enraizados es que en el universo de la música la gente puede borrar unas fronteras para intercambiar conocimientos y aproximar esos territorios, y gentes, y vivencias e historias. Es la oportunidad de hacer.

 

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