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DEJAR HUIR LA FELICIDAD, DISFRUTAR LA CACERÍA

 

- “Sigo los pasos de otra persona”. Linda Kuehl, esa otra persona, quería escribir la biografía definitiva de Billie Holiday. Para ello entrevistó a más de 150 personas que conocieron a la cantante; a todo aquel que tuviera una historia que contar sobre su vida. Con todo el material disponible[1], intentaba darle forma a un libro que empezaba una y otra vez pero que se estancaba en los primeros capítulos. Tercamente, se empeñó en armar las piezas —los muchos rostros— de una vida difícil de contar. Ante el continuo rechazo de su editora, se percató de que la magnitud de la tarea la desbordaba. En 1979, al salir de un concierto de Count Basie en Washington, regresó al hotel, “escribió una nota y saltó por la ventana de su habitación del tercer piso”. - Julia Blackburn, escritora británica, tomó la batuta. A partir del trabajo hecho por Kuehl, con un listado interminable de entrevistas entre manos, buscó construir la biografía de Holiday. Sin embargo, solo conseguía que cada una de las voces se disolviera en la siguiente. Cada entrevistado parecía estar hablando de una mujer distinta, lo que hacía difícil pretender una historia lineal; una biografía convencional. Entonces, Blackburn tomó una decisión, de la que nació «Con Billie Holiday. Una biografía coral»: dejó que quienes tuvieran algo que contar sobre Billie lo hicieran, sin importar si sus relatos casaban o no. Este libro es, por tanto, la crónica de una conversación entre Kuehl y un coro de voces que vivieron una historia junto a Billie[2]. Y allí reside, precisamente, su valor: en este libro Billie siempre se nos escapa, pues quienes hablan, desmienten, contradicen, confirman, censuran, exaltan y reviven su historia junto a la primera dama del jazz, evaden con sus voces ese lugar común —trágico, autodestructivo, adictivo y triste— en el que se ha instalado su vida. - De nombre Eleanor Fagan, suele atribuirse a Billie Holiday (1915-1959) una infancia trágica: compareció desde los nueve años a tribunales de menores, de los que sería residente ocasional durante su infancia; fue violada una navidad por un vecino a los once; su madre, quien «se pasaba el día trabajando o con hombres», la abandonaba constantemente a su suerte; vivía en prostíbulos y, desde los trece, ejerció ocasionalmente la prostitución para ganarse unos dólares.

- Pero su vida no fue una larga noche y su voz, de una cadencia melancólica, no era irremediablemente el espejo de emociones trágicas. Su voz parecía cargada de dolor, pero también se sentía como un alivio. Billie, esa “extraña mezcla de ingenuidad y experiencia”, cantaba y se divertía; reía como si su vida no hubiera sido lo que fue. Perdía la cabeza por echarse un trago, para mantenerse al margen del mundo y se drogaba. Es cierto, su vida solo era alegre cuando había tomado una copa, pero así eran las noches de los clubes en ese entonces: el alcohol entonaba como la música y la marihuana alegraba sus horas. - Así, duros y festivos, eran los días de la Norteamérica en su furor segregacionista: los linchamientos ocupaban el lugar del tiovivo; Billie era vetada de hoteles y restaurantes por su raza; blandía el cuello de una botella picada contra cualquiera que la llamara “puta negra”, estrellaba discos en la cabeza del que arruinara sus noches. Alzaba su voz, y cantaba canciones como «Strange Fruit» —la primera gran protesta hecha con música y palabras, el primer grito auténtico contra el racismo—, porque odiaba los linchamientos, odiaba las injusticias. Entonces la persiguieron; el FBI, la DEA y el Estado de Nueva York condenaron su gusto por las drogas, la satanizaron hasta hacer su vida imposible, porque era negra, famosa y su cacería representaba una buena publicidad en la guerra contra los drogadictos. Y mientras tanto su vida seguía, al tiempo que disfrutaba con las drogas, la bebida y los hombres. - Su relación con los hombres fue compleja, forjada a golpes. Uno tras otro, los rufianes se valieron de su nombre para usarla, para tenderle trampas, pues sentían la necesidad de reafirmarse a su lado. Todos los testimonios dan fe de los ojos morados, las costillas machacadas, los golpes en la cabeza, los desmayos, el dolor. Otros, unos pocos, la amaban en silencio, lloraban al oírla cantar, cuando, con una gardenia asomada en su pelo, el codo derecho meciéndose rítmicamente y el pie izquierdo deslizándose como si pisara un cigarrillo, cantaba: He isn´t true/ He beats me too./ What can I do?

http://www.youtube.com/watch?v=-_R8xxeMFEU Entonces, al cerrar el libro, entendemos la intención de una biografía coral: tal vez sea momento de no seguir diciendo, con aires de estigma y escándalo, tan propios de la época en que vivió, que Billie fue una drogadicta desesperada; como si su vida hubiese sido un descenso continuo, una perpetua degradación moral que acabó con su carrera artística. «Con Billie Holiday» nos dice que no debemos decantarnos por una historia: cuantas más versiones hay de su vida, más cerca y más lejos estamos de contarla.

[1] El material incluía «recortes de periódicos, documentos legales, historiales médicos, archivos policiales, actas de juicios, liquidaciones de regalías y todas las fotos y cartas que estaban dispuestas a ceder las personas con las que había hablado».
[2] Entre los entrevistados, quienes de alguna u otra manera cruzaron sus caminos con los de Billie, se incluyen novios y rufianes, amantes de Sadie y Clarence —sus padres—, compañeras de reformatorio y de burdeles, familiares, músicos, críticos musicales, productores, actores de vodevil, bailarines, asistentes, farmacéuticos, abogados y agentes de estupefacientes.   Texto: Felipe Jaramillo   Soy abogado de profesión, pero nunca ejercí. Tengo una Maestría en Literatura. Ahora soy corrector de estilo y editor de contenidos digitales para textos de primaria de lenguajes y sociales. Billie Holiday es mi cantante favorita.
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Ana María Trujillo (S)ocióloga Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.
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