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SANTA NERDA
APUNTES DE CAMPAÑA DE UN MILITANTE ERÓTICO
ESCRITO POR
Carlos Fino
Escritor, teórico del arte, patinador, nadador, crítico literario, editor, docente, investigador, martiano, lezamiano, epicureísta, sensualista, dionisiaco y cínico.

APUNTES DE CAMPAÑA DE UN MILITANTE ERÓTICO

La censurada historiografía del arte amatorio
Entre la palabra escrita y la imagen, el arte erótico ha encontrado innumerables espacios de realización que lo distancian de la pornografía. Por los senderos de la historia, escritores, artistas, filósofos e industrias culturales se han valido del cuerpo, el género y la sexualidad para hacer del placer erótico una militancia estética y política.

Historiar la agonía erótica, la batalla de los amantes que trae en sus fauces la vida, es una de las empresas más complicadas que historiador un oficial pueda entablar. No existe una franca lid: es condición del amante posesionarse de la piel del otro. Dicha implicación increpa al historiador erótico a convertirse en contendiente. En el amor, la filosofía de lo objetivo y subjetivo, la famosa filosofía de la distinción, debe trocarse en una filosofía de lo indistinto. Los siguientes apuntes constituyen un discurso agónico que busca en primer y último término abogar por lo creativo, o esa síntesis que comparten el amor y el arte.

El arte erótico es la apología máxima de la energía vital; además del despliegue plutónico sobre los espectadores, les indaga sobre los dispositivos no solo del amor, sino también del deseo. Un proyecto erótico en la era de la pornografía en los teléfonos inteligentes debe tener abiertos los corredores de la historia para que su impulso no se quede en lo actual y se petrifique como un vacío insondable. Si el objetivo máximo del militante erótico es arribar a la autodeterminación estética, la capacidad de decidir las vías y los caminos por los cuales escogemos amar y ser amados, el camino desea allanar la historiografía de un discurso que ha sido sistemáticamente censurado.

Por fortuna, el arte erótico constituye un documento invaluable en el proyecto de empoderamiento amatorio y la imago artística tiene la capacidad de abrir las brechas de la historia a través de la emancipación de lo sensible. Se hace urgente desempantanar las imágenes amatorias de la censura eminentemente estoica.

Es debido aclarar que el erotismo no es un discurso contemporáneo ni posmoderno: solo que la era de la información y la revolución telemática le han permitido mayor visión, divulgación y alcance. Pero el riesgo en nuestra actualidad informativa es que el arte erótico se confunda con la pornografía, a causa del eclecticismo de la red y la facilidad con que se comparten las imágenes sin siquiera sus respectivos pies de foto. La solución a este problema es más antigua que novedosa: los textos que explican la imago artística permiten una inteligencia de la misma. Un conocimiento erótico que señale las diferentes raíces del eros y la pornografía es, sin duda, un lineamiento a seguir. Las siguientes líneas solo tienen la intención de mencionar algunos artistas para la referencia y el estudio de los devotos a Santa Nerda y San Sebastián —el saeteado—.

Nodos de anclaje en el canon erótico occidental

Resulta difícil sostener un origen de la imago erótica y del arte erótico, no solo por su ubicación espacio–temporal sino porque ‘arte’ y ‘erótico’ son dos conceptos que cambian su definición a lo largo de la historia. En occidente, en las cuevas de Altamira y Lascaux, en donde, se supone hasta la fecha, se encuentran las primeras “obras de arte” en el canon europeo, varias de sus pinturas rituales presentan el eros en la fiesta de la caza: muestra la escena de un bisonte destripado, lanceado y sonriente; un hombre con cabeza de ave en estado de éxtasis y una inmensa erección. En esta primitiva imago se entrevé el matrimonio entre el eros, la muerte y la comida, como discursos que se trenzan a lo largo de la historia de la humanidad, tanto de manera práctica cómo metafórica.

Teniendo en cuenta las culturas no–europeas, estatuas como las de San Agustín contienen cientos de referencias a prácticas sexuales enmarcadas en la rama de rituales que conformaron su esfera cultural. Los persas del Imperio Aqueménida (550 hasta el 331 a.C.) recopilaron miles de historias amatorias en «El libro de las mil leyendas», que posteriormente conformarían el cuerpo de las «Mil y una noches» e hicieron parte del gran corpus que recopilaría Ferdousí en el «Libro de los Reyes» hacia el año 1000 d.C. Estas pequeñas referencias sirven de base para abrir un espectro cultural, y sostener que para los mismos fenómenos, es decir, la sexualidad y las representaciones sobre la misma, se crearon múltiples y diversas interpretaciones que van desde la concepción del placer sexual como la vía espiritual hacia la trascendencia —«Kama Sutra» de Vatsiaiana, perteneciente a la literatura sánscrita del periodo Gupta—, hasta las prohibiciones más brutales arraigadas en la Contrarreforma española. Esta gama da cuenta de una fuerza —nada indiferente—, el eros que constituye uno de los poderes más grandes del ser humano: controlar esta fuerza ha sido la misión de cientos de sistemas éticos que la permiten, moderan o prohíben. El ser humano ha construido distintas imágenes del eros que son controladas con variados dispositivos por sus respectivas culturas.



En la era actual —intercultural e hiper–conectada— un conocimiento erótico es un conocimiento siempre revolucionario, no porque combata necesariamente la inherente censura, sino porque pone en movimiento los caudales de la vida hacia un término creativo: o lo que define José Lezama Lima como el eros cognoscente.

En el contexto del canon occidental es preciso apreciar un erotismo de variada gama que se presentó en la cuenca mediterránea, de increíble mestizaje y diálogo cultural, en el período que conocemos como Clásico. Desde las «Odas» de Safo, la poeta de Lesbos, hasta las aventuras eróticas de los filósofos socráticos con sus discípulos —Sócrates y Alcibíades—. El homoerotismo en las Guerras Médicas (499–449 a.C.), así como la invasión de Troya que es bien documentada por la cerámica clásica: la pieza más icónica de este momento es la Copa ilustrada por Socias que escenifica a Patroclo, amante de Aquiles, curando sus heridas.

En la etapa romana, son cientos las referencias que se pueden citar, pero ocupa un lugar central la poesía de Catulo y Ovidio. Gaius Valerius Catullus (87 a.C.–57 a.C.) escribe su obra lírica y homoerótica en la segunda mitad del siglo primero a. C.: su corpus lo componen 116 composiciones de las cuales se destaca su «Oda a Lesbia», que corresponde al poema número V. En tanto, Publius Ovidius Naso (43 a.C.–17 d.C.) se erige como el máximo autor latino al publicar «Metamorfosis» (8 d.C), en donde continuamente canta las diversas transformaciones de los dioses, en especial de Zeus que trasmuta en águila para raptar y violar al joven Ganimedes, o las distintas metamorfosis que Hera provoca en las futuras amantes de Zeus a causa de sus insanos, mas justificados, celos. Pero no fue la única obra que Ovidio legó al erotismo: «Ars amatoria» o «El arte de amar» (2 a.C. – 2 d.C.), es el tratado erotológico de la antigüedad más referenciado y respetado en la tradición occidental.

En la era cristiana las cosas tuvieron otro precio. La Iglesia se alió con la filosofía de corte estoico que contraponía los placeres del alma con los del cuerpo: esta división conducía a su ética a eliminar las pasiones humanas, que según este dogma, intentaba opacar y difuminar la parte supuestamente animal del ser humano. Dicha doctrina, aliada con el cristianismo pos–agustiniano, configuró una censura hacia las prácticas sexuales, imponiendo el monacato y permitiendo la sexualidad únicamente en el contexto del matrimonio y para fines prácticos —reproductivos—.

De allí en adelante el erotismo surgió como una respuesta tenue y sutil a la prohibición de la sexualidad extramatrimonial y prematrimonial, creándose una serie de géneros menores, tanto artísticos como literarios, que hacían las veces de contradiscurso clerical. Se trata, por ejemplo, de obras como «Decameron» (1353), de Giovanni Boccaccio (1313–1375), que narra la historia de tres hombres y siete mujeres que se resguardan en una villa a las afueras de Florencia con el fin de evitar la peste negra. Con la intención de no morir de tedio o angustia, cada protagonista narra diversas historias hasta completar las diez jornadas —de allí su nombre “Deca”—; o el popular género literario francés conocido como los Fabliaux que se escriben entre el siglo XII y el XIV y se caracterizan por su brevedad y erotismo humorístico. Las narraciones medievales no estarían bien referenciadas sin los «Lais» de María de Francia (Siglo XII), que constituyen un conjunto de cantos pertenecientes al corpus de la literatura artúrica; y, el libro «De amore» de Andreas Capellanus (Siglo XII), que se valora como el tratado de erotología medieval más influyente.

El Renacimiento, tanto literario como plástico, trajo consigo una apertura discursiva y visual. François de Rabelais (1483–1553), magnífico médico y autor de la fantástica y monstruoso–erótica obra «Pantagruel» (1532) y «Gargantúa» (1534), se destacó tanto en su arista escritural como en el grabado de escenas monstruosas que correspondían a erotizaciones del bestiario mágico medieval.

El Renacimiento italiano se distinguió por su revaloración del humanismo, al tomar como bandera la filosofía neoplatónica y un discurso visual en donde la figura masculina resplandecía y se desnudaba en plazas públicas. La obra magna de la erótica renacentista, es a su vez la máxima expresión de su escultura. Se trata del David (1504) de Michelangelo Buonarroti (1475–1564): un desnudo masculino de gran formato, esculpido en única pieza de mármol que ilustra la escena previa de David, horda en hombro, previo al combate con Goliat. Las escenas bíblicas se constituyeron en uno de los temas más pintados por el erotismo renacentista, el cual se destaca por incorporar un sistema de perspectiva, el estudio de las proporciones anatómicas de «El hombre de Vitruvio» (1490) implementadas por Leonardo di ser Piero da Vinci (1452–1519), y el desnudo de dioses y santos al interior de las capillas.

El Barroco trajo consigo una continuidad de temas, pero una revolución en las formas que ganaron tanto misticismo como voluptuosidad: el ejemplo mayor en escultura, es  «El éxtasis de Santa Teresa» (1647–1651) de Gian Lorenzo Bernini (1598–1680) ubicado en la Iglesia de Santa María de la Victoria (Roma), que ilustra el trance místico–orgásmico descrito por Santa Teresa de Jesús (1515–1582) en su obra «El Castillo Interior» (1577), cuando narra su última morada, lo inefable o el encuentro con lo divino.

En el Neoclasicismo, la figura más relevante es Antonio Canova (1757–1822), pintor y escultor italiano quien realiza el mármol de Paulina Bonaparte, titulado «Venus victoriosa» (1804), por orden del mismísimo Napoleón. Se destaca la obra miniaturista del vienés Peter Fendi (1796–1842), pionero en la litografía a color. Sus escenas eróticas combinan el desarrollo del dibujo académico con la tradición folclórica–carnavalesca centroeuropea. Fendi es uno de los pocos artistas eróticos que recibió el cobijo de las Cortes después de la Contrarreforma. Ocupó varios cargos en la corte y perteneció a la Galería Imperial de Monedas y Antigüedades.

El siglo XIX constituye una de las primeras explosiones del discurso visual erótico: la pintura se encuentra en un momento de pos–academicismo, con «La Grande Odalisque» (1814) de Dominique Ingres (1780–1867) a la cabeza; aparecen obras icónicas como «El origen del mundo» (1866), del padre del realismo Gustave Courbet (1819–1877): esta obra muestra la vulva en un primerísimo primer plano que llena la plenitud del cuadro y a su vez oculta la cara de la modelo. Se trata de una imagen —un intertexto artístico— reelaborada continuamente en la historia del arte, teniendo como interlocución «Étant donnés» (1946–1966) de Marcel Duchamp (1887–1968), y «El origen de la guerra» (1989) de Orlan (1947), que muestra en plano similar su contrapuesto masculino, convirtiendo la apología al sexo femenino en crítica feminista de la guerra.

Pero en el siglo XIX, además de los pintores de prerrafaelistas que mostraron la prostitución y la decadencia, los académicos que hacían su mayor oda al desnudo, y los impresionistas a la sensualidad de la luz, tal vez el género que más impactó, a finales de siglo, fue la fotografía. La fotografía aparece como un material intermedio entre el modelo y el pintor; hacía menos tortuosa las sesiones de pose y garantizaba un mejor estudio de sombras y proporciones. La fotografía erótica abre una gran brecha con el Barón Wilhelm von Gloeden (1856–1931), perteneciente a la dinastía germana, quien, enfermo de una afección respiratoria, decide viajar al sur y encuentra en Taormina (Italia), un clima justo para su salud. Allí se dedica fotografiar jóvenes desnudos. Enfatiza en las poses refinadas de la escultura clásica, entendiendo su trabajo como una recreación de la Edad de oro. Es tal vez la primera obra de fotografía homoerótica que se puede considerar autónomamente artística.

El siglo XX estará plagado de fotógrafos eróticos. Sin embargo, la fotografía artístico–erótica tiene cumbres conocidas y reconocidas: se trata de la obra de Brassaï —Gyula Halász— (1899–1984), Robert Doisneau (1912–1994), Jan Saudek (1935), Helmut Newton (1920–2004), Robert Mapplethorpe (1946–1989), Man Ray —Emmanuel Radnitzky— (1890–1976), André Kertész (1894–1985), Orlan — Mireille Suzanne Francette Porte— (1947), Nobuyoshi Araki (1940), Herbert List (1903–1975), Nan Goldin (1953), Cindy Sherman (1954), Irina Ionesco (1937) entre otros.

En el siglo XIX como en el XX la industria gráfica se popularizó y son numerosos los dibujantes que hicieron parte de esta: desde las estampas japonesas que se vendían como pornografía en el París del siglo XIX con grandes exponentes como Katsushika Hokusia (1760–1849), autor de la famosa xilografía «El sueño de la esposa del pescador» (1820)— o Kitagawa Utamaro (1753–1806) que pintó durante un largo periodo distintos Shunga, hasta la industria del cómic italiano con Milo Manara (1945), el historietismo francés de Alex Varenne (1939) —aún vivos— siendo sus grandes exponentes europeos, pasando por los poderosos representantes del Ero–guro japonés —género que combina el sexo y la violencia—como Toshio Saeki (1945), Namio Harukawa  (1947) y Suehiro Maruo (1956). La divulgación de los maestros produjo múltiples respuestas en el resto del orbe, siendo el comic del siglo XX uno de los géneros que popularizó el erotismo visual de tradición casi exclusivamente artística.

Pero es una revelación que en la pintura del siglo XX, los grandes exponentes eróticos sean a su vez los mismos nombres que obtuvieron un lugar relevante en la historia del arte. Al evaluar este fenómeno se prevé un gran impulso por censurar, higienizar y despolitizar la obra de los grandes pintores y para ello, poco a poco, ocultar sus manifestaciones eróticas: desde Paul Klee (1897–1940), pasando por Egon Schiele (1890–1918), Pablo Picasso (1881–1973), hasta Lucian Freud (1922–2011). En fotografía el fenómeno se replica: los grandes del erotismo fueron a su vez grandes fotógrafos; cada uno aportó desarrollos técnicos y estilísticos a la fotografía. La historia del arte está incompleta sin la historia del arte erótico, o ¿qué sería de Picasso sin «Las señoritas de Avignon» (1907), Andy Warhol (1928–1987) sin los querubines en «In the botton of my garden» (1956), o la fotografía sin «The X portfolio» (1989) de Mapplethorpe o «Los retratos de Kiki» (1920) de Man Ray?

La literatura del siglo XVIII tiene un escritor imposible para una exitosa operación profiláctica: se trata de Donatien Alphonse Françoise de Sade (1740–1814), a quien se debe el término de sadismo, así como una voluminosa obra literaria y filosófica: esta problematiza los modelos de la virtud que tanto la Iglesia cristiana como la moral ilustrada querían imponer sobre las prácticas sexuales centroeuropeas. Quienes realizaron una mayor apología a la obra del Marqués de Sade, censurado durante el siglo XIX a lo largo y ancho de Europa, fueron los artistas surrealistas, especialmente André Bretón (1896–1966) que consideraba al erotismo como el material más incendiario y poético. Guillame Apollinaire en 1909 recuperó y editó sus «Obras completas» y lo consideró como “el espíritu más libre de todos los tiempos”. No solo fueron los del grupo Surrealista quienes lo amaron, siguieron y reivindicaron sino que su recepción atravesó el Atlántico y resplandeció en la magnífica obra de Henry Miller (1891–1980): los dos trópicos —Cáncer y Capricornio (1939)—. En literatura vale la pena subrayar la novela de David Herbert Lawrence (1885–1930), «El amante de Lady Chatterley» (1928), «Lolita» (1959) de Vladimir Nabokov (1899–1977), así como la poesía de Constantino Petrou Cavafis y Raúl Gómez Jattin (1945–1997).

El panorama el siglo XX quedaría incompleto sin su mayor género artístico: el cine. La cinematografía y el erotismo se entendieron siempre a la perfección desde sus manifestaciones primarias en los clásicos como Robert Wiene (1873–1938), Werner Herzog (1942), Joseph Frank ‘Buster’ Keaton (1895–1966), Charles Spencer Chaplin (1889–1977), Georges Méliès (1861–1938), Serguéi Mijáilovich Eizenshtéin (1898–1948); los cine–experimentalistas como Luis Buñuel Portolés (1900–1983) y Maya Deren (1917–1961); el cine italiano produjo directores del tamaño de Tinto Brass (1933–2006), quien se profesionalizó en el género. Federico Fellini (1920–1993) y Bernardo Bertolucci (1941) dirigieron grandes piezas clásicas. El mayor del grupo era el intelectual Pier Paolo Pasolini (1922–1975) que sacó a la luz «Saló o las 120 jornadas de Sodoma» (1975) convirtiéndola en un clásico: en ella apologiza a Sade y a Boccaccio y critica de manera fuerte al fascismo. Durante la década de los 90 los directores son innumerables: vale la pena destacar los trabajos de Julio Medem Lafont (1958), quien filma una de las piezas de culto del cine erótico: «Los amantes de círculo polar» (1998). Este film, además de contar una historia de amor entre Otto el piloto y Ana, reelabora el tópico del eterno retorno y la temporalidad mágica del amor; en esta línea filma «Lucía y el sexo» (2001), interpretada de manera magnífica por Paz Vega.

El psicoanálisis, con las obras primero de Sigmund Freud (1859–1939), Carl Gustav Jung (1875–1961) y más tarde de Jacques–Marie Émile Lacan (1901–1981), abrió las brechas del erotismo al humanismo. La erotología de allí en adelante se consolidó dentro del discurso crítico, teniendo cumbres en escritos como «El erotismo» (1957) de Georges Bataille (1897–1962), «El arte de amar» (1956) de Erich Fromm (1900–1980), «Historia de la sexualidad» (1976) de Michel Foucault (1926–1984), o el reciente «Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos» (2005) de Zygmunt Bauman (1925).

Como caudal contiguo, la teoría feminista y posteriormente la teoría queer, aportó uno de los ejes de fundamentación del erotismo, como es el problema de la identificación del género, su construcción social y cultural, abriendo brechas, posibilidades y perspectivas teóricas como son los escritos de Julia Kristeva (1941), Gayatri Chakravorty Spivak (1942), y la ahora inaplazable Beatriz Preciado (1970) con «Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría» (2011),  —ya un clásico—.

La confluencia de los discursos críticos sobre el erotismo, los discursos de género y la teoría queer, generan un espacio dialógico en el campo de las artes que, impulsada por los nuevos medios (video arte principalmente), los medios mixtos (instalación) y las artes vivas (performancia sobre todo), han modelado el panorama del erotismo en las dos últimas décadas. Trabajos como en de Santiago Sierra (1966) o movimientos como el Pos–porno y el Pornoterrorismo son ejemplos de este fenómeno artístico en donde emergen las aristas más bio–políticas de la sexualidad. Sus obras se caracterizan por la combinación entre performancia y política, invitando al espectador a la militancia artística.

Aunque aún no exista una historia oficial del arte erótico, es de resaltar el proyecto de edición de libros de arte que ha colaborado con el entendimiento y comprensión, así como la apertura de archivo —gracias a ellos hoy consideramos a varios artistas como eróticos—. Se trata de la editorial alemana Taschen —fundada por Benedikt Taschen (1961)— que produce libros monográficos de gran formato compilando obras de artistas de forma sistemática. Es encomiable que el libro más grande del siglo XX esté dedicado a la obra erótica del magnánimo Helmut Newton. June Newton es la responsable de coeditar el gran libro de Helmut, «SUMO», proyecto sin precedentes en la historia moderna del libro, siendo el más caro del siglo XX, con un peso de 35,4 kg., incluidos caja y envoltorio.

Bajo cientos de salvedades es clave anotar que sin la aparición de revista de moda como Vogue, Vanity Fair, Cosmopolitan, entre otras, y de alguna revistas erótico pornográficas, así como el cine B, la divulgación del erotismo no hubiese llegado ni al 10% de su público, antes de la aparición de internet, y no se hubiese desarrollado obras de ilustradores, fotógrafos, cineastas y dibujantes que trabajaban de planta en dichas publicaciones.

Si bien los medios actuales de comunicación y divulgación de la información pecan de eclécticos y desinformados, su acceso ha permitido que cientos de artistas eróticos muestren de manera más libre sus obras; se pueden contactar con mayor facilidad con editores y galeristas. Ahora se vive un boom mundial del arte erótico, y vale anotar que es uno de los contenidos más vistos y apreciados por los internautas, a quienes se les presenta como una opción clara para pensar y practicar la sexualidad.

Referencias

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Bradu, Fabien. Robert Doisneau: la belleza de lo cotidiano. México: Instituto Nacional de Bellas Artes, 2014.

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Ellenzweig, Allen. The homoerotic photograph. New York: Columbia U., 1992.

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Robert Mapplethorpe: escultor de la luz. Militancia Erótica. Año 1, febrero 5 de 2014. http://militanciaeroti.ca/robert-mapplethorpe-escultor-de-la-luz/

Julio Medem: Los amantes del círculo polar. Militancia Erótica. Año 1, abril 7 de 2014. http://militanciaeroti.ca/julio-medem-los-amantes-del-circulo-polar/

Robert Doisneau: el elixir de la espera. Militancia Erótica. Año 1, junio 26 de 2014. http://militanciaeroti.ca/robert-doisneau-el-elixir-de-la-espera/

Foucault, Michel. Historia de la sexualidad. Madrid: Siglo XXI, 2005.

Fritcher, Jack. Robert Mapplethorpe: el fotógrafo del escándalo. Madrid: Alcor, 1995.

Gouvion de, Agnés. Robert Doisneau: diálogos con la vida. Barcelona: La Caixa.

Jáuregui, Carlos. Tierra, muerte y locura: lectura crítica de la obra de Raúl Gómez Jattin. West Virginia: Morgantown, 1997.

Mapplethorpe, Robert. Black Book. New York: St Martiris Press, 1986.

Nére, Gilles. Erotica universalis. Mul: Taschen, 2013.

Newton, Helmut. SUMO. London: Taschen, 1999.

Vulgaridad, Suntuosa. Alex Varenne. Militancia Erótica. Año 1, febrero 26 de 2014. http://militanciaeroti.ca/alex-varenne/

Milo Manara: El maestro del cómic erótico. Militancia Erótica. Año 1, enero 5 de 2014. http://militanciaeroti.ca/milo-manara/

Peter Fendi: Escenas traviesas de Viena. Militancia Erótica. Año 1, diciembre 8 de 2013. http://militanciaeroti.ca/peter-fendi/

Bernardo Bertolucci. Militancia Erótica. Año 1, noviembre 23 de 2013  http://militanciaeroti.ca/bernardo-bertolucci/

Jan Saudek: Un deseo más fuerte que la guerra. Militancia Erótica. Año 1, noviembre 15 de 2013. http://militanciaeroti.ca/jan-saudek/

Namio Harukawa: Los placeres del face-sitting. Militancia Erótica. Año 1, octubre 25 de 2013. http://militanciaeroti.ca/namio-harukawa/

Toshio Saeki: Sobrenatural y Onírico. Militancia Erótica. Año 1, octubre 22 de 2013. http://militanciaeroti.ca/toshio-saeki-sobrenatural-y-onirico/

Suehiro Maruo: El poder de Aterrorizar y Excitar a la vez. Militancia Erótica. Año 1, octubre 16 de 2013. http://militanciaeroti.ca/suehiro-maruo/

White, Edmund. Altars: Robert Mapplethorpe. New York: Random House, 1995.

Wolf, Silvia. Polaroids: Robert Mapplethorpe. New York: Prestel, 2008.

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