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EPISTOLARIO
CARTAS EN CLAVE DE TANGO
ESCRITO POR
Lina Huang
Escribo para iluminar mi abismo.
IMÁGENES POR
María Norato
Soy una diseñadora colombiana con un objetivo muy claro: contribuir al mundo a través de mi profesión.
ESCRITO E IMÁGENES POR
Angélica González
Provinciana de corazón y viajera por destino, mas no por convicción.

CARTAS EN CLAVE DE TANGO

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

junio 8 de 2014

Bogotá

Para Angélica González:

Las semanas pasan veloces; bogotanas, como sabes, frías de palidez fantasmagórica, abrazadas a mi alma como cristales que reflejan lo que he sido. Extraño nuestros días sencillos de beber té, leer a Virginia Woolf y hablar del zen. La Candelaria, donde vivías, sigue siendo para mis ojos, ese universo pequeño y lleno de luz. Un refugio de calles dentro de un laberinto un poco monstruoso o al menos, a veces parece así, un  laberinto de muertes contadas en titulares que sintetizan muy bien la tragedia que todos ven, aunque nadie en el fondo, ve del todo.

Pero hoy quiero hablarte del tango; o del cuerpo para ir a la música, o de la música que se vuelve cuerpo. Alguien a quien respeto mucho me enseñó hace poco que en todo sonido había un compás. Desde el tango, encuentro preguntas y respuestas musicales en cada esquina de esta ciudad. La llovizna es una de ellas; esa delicadeza con la que, llevada por la brisa, se desliza por el pavimento y se va intercalando entre las llantas de los carros que pisan el agua con un estruendo. También, el silencio de una mañana de día festivo y la forma en que es interrumpido por el sonido de mis pasos o de un simple bostezo al despertar. El conversar incómodo de bogotanos en la fila de un banco, hasta que llega un costeño y hace un chiste en voz alta y las risas se vuelven cantarinas; las voces se endulzan y olvidamos, por un momento, la angustia de la espera. Nada se detiene; hay un río interminable que solo se despierta si sabemos oír. Ahí es cuando las palabras dejan de ser planas y mentales; adquieren densidad y forma. Entonces descubrimos que antes estábamos sordos, que es duro de verdad, escuchar lo que nos dice cada irrumpir de una melodía que aparece o se disuelve o se superpone a otra. Solo volviendo al cuerpo mis palabras adquieren raíces.

Pero te hablaba del tango, aunque en el fondo es lo mismo; la vida en forma de música que pasa a través de nosotros. El otro día, descubrí, mientras conversaba con alguien que, en efecto no hay tango para quien no ha amado y no ha perdido. Y no me refiero a la técnica; los ochos y los giros, el uno y el dos y cualquier paso es solo la forma; la conciencia del cuerpo es tango, pero también la conciencia del que ha sido; del que aun habiendo perdido muchas veces y ganado pocas, se arriesga a festejar con su ser la vida y lo que hay en ella, incluido el dolor mismo, al calor de una milonga,  en el salón lleno de espejos de ese tradicional Teatro Gaitán (subir con tacones hasta el séptimo piso es una tortura que se disfruta). ¿Por qué amaremos el tango los citadinos?

Este es mi festejo. El hilo entre quienes pasaron al otro lado del puente y que, por más que quiero volver a tocar,  no puedo. Me parece ver sonreír a mi abuela, que cantaba a Gardel conmigo y Gardel sonaba en aquel radio gris de una casa grande donde, por muchos años, viví junto a ella. Me parece que mi padre, desde su siempre silencio enigmático, brinda por mí aquella última vez que lo vi antes de su desaparición, precisamente cerca del Gaitán. Aquellos a quienes amé vuelven, pero no tristes sino con uno de esos saludos casuales, de pronto melancólicos, intercambiados por personas que siguen un camino.

Me  imagino  Viena, Angélica,  como una ciudad llena de música y de silencio; aunque quizá la buena música es otra cara del silencio interior.

 En honor a nuestro gusto común por el haiku, pensé unas líneas:  

Atravesada por mis ojos,

La gota de lluvia desaparece en el cristal

Una imagen de Viena golpea  mi mente; sonrío.


Con cariño,


Lina Huang


Junio 16 de 2014

Viena, Austria

Querida Lina:

Tu carta me llega con los primeros soles del verano vienés. Sin embargo, leerte es evocar la atmósfera misma de nuestra amada Bogotá; sus calles sensibles de lluvia y melancolía que están instauradas en mi memoria como dagas luminosas. Ni qué decirte lo mucho que me falta ese espacio de comunión contigo; donde confluían sin diferencias palabras como: confesión, poema, olas, amistad, té, amor, Ana Karenina.

He visto tus fotografías de los últimos tiempos y presentí esa oleada de tango y baile que ha invadido tus días. El viaje nos regala instantes, duelos, también vicios y aficiones que luego definirán un poco nuestra vida. Contarte lo que mi viaje a Buenos Aires me regaló merecería una carta aparte. Celebro tu baile,  tu tango y por qué no, tus tacones sensuales como si fueran míos. También yo amo el tango y entre las voces de Goyeneche, Rinaldi, Varela, he pasado muchas horas de buena música. En mis últimos tiempos en Bogotá, visité con frecuencia el viejo almacén,  se convirtió en una parada obligada antes de irme a casa luego de la salida de mi trabajo en la universidad. ¡Bogotá es una ciudad piantada! Estoy convencida de eso. Es un tango, un bolero, un son, un poema triste, un desengaño, una bohemia adictiva que nos persigue sin más. Por esto, no es fácil quererla, pero cuando la queremos ya no podemos vivir sin ese dolor dulce. Creo que si no fuera porque es martes y es Viena, brindaría con un ron y un tango por esa Bogotá de entrañas piantadas que no podemos bailar aunque sí celebrar.

Vuelvo a Viena porque me preguntas por ella entre las líneas de tu sonrisa y de tu haikú. En primavera y verano se asoma por las calles y los parques un olor intenso a flores y jazmines. Creo que cuando viva en otro lugar voy a recordar por siempre este olor como una evocación precisa de esta ciudad.

Hace pocas semanas descubrimos con V un lago enorme y diáfano casi dentro de la ciudad, este lago está dentro del parque nacional Lobau que atraviesa las riberas del río Danubio. Fue como hallar el tesoro de un barco hundido, y aun así, no terminas de creerlo. Encontrar un sitio así tan cerca de casa, tan cerca de todo, ha sido el regalo del verano. Es un lago en medio de un bosque de árboles y pájaros, las personas andan desnudas como si fuera el paraíso de Adán y Eva; y los niños corren igualmente desnudos como duendes entre los árboles. Hace poco nos contaron que fue un lugar que en los años setenta acogió una comunidad de locos venidos de la India, entre alemanes, austriacos, suizos, etc.

 

 

 

 

 

 

 

Es que es verano mi querida Lina y Viena es otra; como si se bajara de sus palacios e imperios dorados y, se volviera plebeya y mundana y natural. También nosotros con ella entramos en un mundo de lagos, ríos, caminos, bicicletas, soles de verano.


Con todo mi afecto,


Tu amiga de siempre, Angélica

 

 

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