I.LETRADA.CO | EDITORIAL | LET'S TALK ABOUT SEX
EDITORIAL
LET'S TALK ABOUT SEX
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.

LET'S TALK ABOUT SEX

Sexo en la música, sexo en el cine, sexo en todas las formas de publicidad. En el taller del mecánico, en el computador del funcionario, en saunas de Chapinero y en “prestigiosas” casas de citas en Rosales. El sexo, o más bien su propagada representación cultural, parece omnipresente. Y si bien la experiencia sexual no se reduce a esto, la polaridad que encuentro recurrente al pensar el tema y sus múltiples aristas la conforman el pudor y la lujuria; negar y reprimir el deseo o hundirse en él de cabeza. Estas dos pulsiones se han enfrentado históricamente en todo tipo de sociedades y la sexualidad, esa cuestión que parece tan privada, ha sido siempre un importante elemento de control a nivel social.

No es mi lugar aquí hacer un análisis exhaustivo ni una crítica aguda sobre el tema, especialmente porque podría leerse desde tantos ámbitos. Cuando hablamos de sexo hablamos de cuerpos, de intercambios, de pulsiones, pero también de política, de ética, incluso de economía. Y hay, sobre todo, millares de lugares comunes y clichés, comúnmente atados a cuestiones de género, como el que todos los hombres son unos pervertidos y las mujeres unas frustradas e insatisfechas.

La perversión y la insatisfacción pueden encontrarse en cualquier mente, en cualquier cuerpo.Y bueno, pensándolo bien, son los dos motores que realmente ponen en marcha la experiencia sexual en el mundo. Insatisfacción, porque el deseo se mata al consumirse y se alimenta más de su promesa que de su realización; porque nunca habrá un “estado sexual ideal”, un orgasmo definitivo, un amante eterno, y habría que adoptar como máxima que ningún encuentro sexual debe ser igual a otro. Perversión, porque además de su connotación fuertemente moral (“viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto”, según la primera definición de la RAE), implica el “perturbar el orden o estado de las cosas”. Trasgredir.

Pocos, ya lo había escrito en otra editorial, se atreven a vérselas con sus propios deseos. Y en ese mismo orden de ideas, muchos viven anclados en la insatisfacción, no como incentivo de exploración, cuestionamiento y búsqueda, sino más bien como estado de resignación. Cada vez me convenzo más de que la sexualidad es una posibilidad de exploración, y que su insistente presencia en esta sociedad de espectáculos y dispositivos está plagada de falsas promesas y de mercantilizaciones tan vacías como equivocadas.

Quizás cuando por fin aceptemos que el sexo no está atado a fines reproductivos, ni de pertenencia o posesión, ni de superioridad o dominio, que no tiene que ser un distintivo identitario inamovible, podamos expiar tanta culpa falsa y dejar esa relación tan contradictoria que tenemos con él, de lascivia y repudio, de exacerbación y condena. El sexo no es el infierno ni el paraíso: es una de tantas posibilidades de intercambio, de interacción, pero sobre todas las cosas, de conocimiento. El placer es un arte más. Procurárselo a uno mismo, con un mismo cómplice de vida o con una serie de amantes diversos son todas opciones y por tanto válidas. Creo, en todo caso, que la gran batalla simbólica de este tiempo se libra en las sábanas... o bueno, en la lucha por el derecho a hacerlo como lo dicte el propio deseo.

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