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SANTA NERDA
TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN AL MARACANÁ
ESCRITO POR
Carlos Sosa
En permanente pregrado. Desterrado de la Historia y exiliado en los Estudios Literarios por un accidente feliz.

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN AL MARACANÁ

A pesar de sus cinco títulos mundiales, los brasileros aún tragan con dificultad el Maracanazo propiciado en su propio patio por Uruguay hace 64 años. Ahora que el Mundial vuelve a Brasil vale la pena recordar esta historia entretejida por la política, el sentimiento y el protagonista de siempre: el balón.

Pocas cosas ocurren, en América Latina, que no tengan alguna relación,
directa o indirecta con el fútbol. Fiesta compartida o compartido naufragio,
el fútbol ocupa un lugar importante en la realidad latinoamericana,
a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos
que aman a la humanidad pero desprecian a la gente.
Eduardo galeano

El balón gira. ‘La caprichosa’, como la nombra Quique Woolf de modo afectuoso, rueda por las canchas brasileras bajo la excusa de un Mundial; y en ese gesto de eterno retorno, tan circular como el mito y como el movimiento nietzscheano, recordamos, volvemos a pasar por el corazón que el fútbol y Brasil nunca se distancian, aun en condiciones de ebullición social como las presentes. La final de 1950 está a punto de reditarse a la espera de sus protagonistas.

La tragedia brasilera de perder en el patio de su casa es un fantasma que les acompaña de modo tan cercano como la épica de las cinco copas alcanzadas. La reanudación de la fiesta del fútbol tuvo lugar durante la dictadura militar, luego del pare por la Segunda Guerra Mundial. Culminó el 16 de Julio de 1950 dentro del estadio Maracaná: los anfitriones, vestidos de blanco, recibían a sus vecinos uruguayos.

Brasil llegó a la final de su mundial con la comodidad de saber que incluso un empate ante Uruguay le daría su primera corona. Pero el fútbol tenía otros planes. En medio de un estadio colmado por más de 200 mil embriagados hinchas, quienes creyeron alcanzar el cielo tras el gol de Friaça al minuto 47, dos anotaciones uruguayas de Alcides Ghiggia y Alberto Schiaffino provocaron que todos descendieran abruptamente al infierno (Arango, 2006).      

Todo un país, el más grande en extensión de Suramérica, vertió su llanto en el río Amazonas para elevar su cauce. Juan Villoro, sociólogo de profesión y excelso cronista, manifiesta que “la mayoría de las veces, un estadio de fútbol consta de miles de personas sumamente decepcionadas de lo que vieron que se limitan a rumiar su desconsuelo”(2006). Seguramente la frase le fue inspirada por su pasión al Necaxa, que no siempre gana; o es fruto de su interacción constante con el melodrama mexicano, equiparable a los rostros de los brasileros desencajados por el maracanazo que acontecía frente a ellos: la conjunción entre el nombre del estadio y la conmovedora experiencia del fracaso no permiten otra metáfora más poderosa. El fútbol brasilero perdió la partida frente a la parafernalia de la dictadura que allí tenía lugar, y que instrumentalizaba a un puñado de jugadores para ocultar el crimen perpetuado desde el gobierno central[1].

Mientras tanto, uno de los países más pequeños de la región alcanzaba su segunda copa pasando la frontera norte. El fútbol como deporte manifiesta su grado de afectación fuera de los límites del estadio: esos grandes campos verdes, amurallados por tribunas cada vez más altas y ruidosas, son apenas los epicentros de un conjunto complejo, múltiple y extenso de interacciones sociales. En cualquier calle un cuero hace de pelota y detrás de ella un niño intenta hacer que atraviese una línea invisible que conecta dos piedras, del mismo modo que otros que calzan guayos de vistosos colores.

Cuando los once jugadores de cualquier selección disputan un balón a partir del pitido arbitral no son once los que están en la cancha, con ellos están múltiples oncenos anteriores con sus victorias y fracasos, y los futuros jugadores que esperan pacientes su turno desde las canchas no reglamentarias. El escritor portugués Afonso Cruz retoma esta idea, previamente enunciada por Muqatil al-Rashid, en su texto «Portugal: ningún jugador corre solo hacia la portería».   

El tiempo es como mi brazo izquierdo y mi brazo derecho. El pasado no está atrás ni el futuro adelante, sino que se encuentran uno al lado del otro, en el mismo instante, agarrando mi espada, pues yo la sujeto con las dos manos (Cruz, 2014).

Hoy a la selección brasilera se la mira con la responsabilidad de protagonizar el joga bonito y ganar. Por la —nada— insignificante razón de compartir la camiseta de Didí, Rivelino, Garrincha, Zico, Pelé, Ronaldinho, Ronaldo, Vavá, Sócrates, Roberto Carlos, Rivaldo, Romario, Bebeto y tantos otros como usted quiera agregar (de las listas se habla más por sus ausencias que por sus presencias). Por la pasión de un país que marca el paso del tiempo a partir de las copas alcanzadas y no supera la derrota de 1950 pese al exorcismo constante.

He aquí una paradoja genuinamente brasileña: medimos el tiempo por las copas, pero dedicamos más amor a los clubes que a la selección. Eso no impidió que el fracaso de 1978 machucase nuestra alma bipolar, reflejada en el fútbol. Resurgido el “complejo del vira-lata”, el perro callejero.  

El dramaturgo y cronista Nelson Rodrigues creó esta expresión para descifrar la incapacidad de Brasil de convertirse en campeón del mundo despreciando a sus superestrellas. Trasmitían un sentimiento de inferioridad. En 1950, nos bastaba con un empate en el Maracaña, en la final de la Copa, pero caímos ante la valentía de Uruguay, el mayor trauma de nuestra historia, y no sólo en el fútbol (Magalhães, 2013).

Si los italianos lloraron y lanzaron sus televisores a tierra, según Juan Villoro, luego de ver chutar a Roberto Baggio el penal en la final del 1994, los brasileros celebraron y seguramente también lloraron: eran por cuarta ocasión campeones y en su nómina no hacía falta Pelé. El hermano menor de Sócrates, Raí Souza, detrás de Romario y Bebeto, capitaneaba con la 10. Sin embargo solo hasta hoy, sesenta y cuatro años después, Brasil intenta sacarse el trauma al que le ha suministrado a la fecha cinco gotas de valium.    

Desde Suecia 1958, con el primer Mundial televisado, y la revelación de Edson Arantes do Nascimento, quien cumplía la promesa de ganar la copa para su padre, y lloraba como un niño, siéndolo para la fecha; pasando por el triunfo brasilero en el Estadio Nacional de Chile cuatro años después (en el mismo escenario que la dictadura chilena usaría en 1973 para detenciones, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales); el tercer campeonato le significó a Brasil convertirse en dueño último del trofeo Jules Rimet en México. La coronación en el Estadio Azteca, de la mano del recién nombrado técnico Mario Zagallo, fue en detrimento de João Saldanha, reconocido militante comunista.

Veinticuatro años después de múltiples intentos, y de ver a los argentinos coronarse en dos ocasiones de la mano de Kempes y Maradona respectivamente, la canarinha volvió a consagrarse campeón. En 1994, con Ronaldo mostrando sus singulares dientes desde el banquillo, los jugadores de la verde-amarela se impusieron ante la escuadra italiana comandada por Baggio, y así lograron saldar la deuda que el fútbol les tenía apuntada desde la explosión de Paolo Rossi en el 82. En el siguiente campeonato, la disputa por el título enfrentó a los brasileros contra los anfitriones, y fueron estos últimos quienes, con dos certeros cabezazos de Zidane, se impusieron; el gol de Petit fue una cereza en el pastel parisino, y el “Fenómeno” Ronaldo apenas pudo salir en pie del estadio, fruto de sus dolencias físicas y espirituales. 

La revancha para el entonces “Gordo” Ronaldo estaría esperándole en Asia, frente a la todopoderosa Alemania, capitaneada por el enorme Oliver Kant. Dos lesiones de rodilla después, Ronaldo le metía dos goles al mejor portero del momento y los redimía por una copa que elevaba al cielo Cafú. Después de una discreta clasificación al Mundial, Brasil reeditaba el joga bonito entre los viajes del cuero del botín de Rivaldo al de Ronaldinho, recordándonos que las sabias palabras de Luis Omar Tapia son ciertas: el fútbol es el deporte más hermoso del mundo; y lo es porque, pese a la militancia resultadista de muchos equipos, algunos jugadores rompen filas y hacen metafísica con el balón.

Los aficionados que rodearemos los estadios y los televisores —como pequeños estadios—, volvemos a la sobredosis mundialista. Con ilusión esperamos la sorpresa. Aunque escasa, es ella la que nos convoca porque queremos, siempre, que nos sorprenda el fútbol; que los pases con el cuero, inverosímiles, ociosos y vistosos de la calle, se tomen de nuevo el Maracaná: la Roma moderna traza sus caminos con generosidad para que todos la alcancemos. Que el fútbol recupere su valor de monstruosidad en su sentido latino, en su sentir religioso, como suceso sobrenatural en donde discurran los Frankensteins del balón: con la melena del Pibe, la cabeza de Zidane, la mano siniestra de Dios, la mano diestra de Suarez, la pierna derecha de Garrincha y la izquierda de Pelé. La presión está sobre los Neymar, Messi y Cristiano, que tienen la pesada lápida de la comparación con nombre propio para cada uno de ellos: Pelé, Maradona y Eusébio. El Marcaná y ‘la caprichosa’ les aguardan con la corona de laurel.

Bibliografía

Arango, Germán. (Junio de 2006), “La otra historia de los mundiales”, en Revista Javeriana, núm. 725, pp. 20 – 33.

Cruz, Afonso. (Mayo – Junio 2014), “Ningún jugador corre solo hacia la portería”, en Arcadia, núm. 104, pp. 18 – 19.  

Galeano, Eduardo. (2010). El fútbol a sol y sombra. Siglo veintiuno.

Magalhães, Mário: Juego de la memoria (2013). En Fonseca, Diego (2013): Crecer a golpes. Press. Páginas 55 – 72.

Villoro, Juan. (2006). Escribir el Fútbol. Etcétera, Disponible en: http://www.etcetera.com.mx/articulo.php?articulo=8352

NOTAS


[1] El fútbol no es quien motiva o perpetúa los grandes problemas sociales de los países. Pero quienes ostentan el poder desde las distintas casas de gobierno sí pervierten el uso del deporte para mover sus intereses tras los estadios, hasta niveles tan descomunales como los de Mussolini en el Mundial de 1934, el dictador Videla detrás del mundial de su país o la terrible guerra entre hermanos que protagonizaron el Salvador y Honduras luego de un partido entre sus selecciones. Y sin embargo, como en los Olímpicos de 1936, en el fútbol abundan los Jesse Owens que desde el campo de juego abofetean los regímenes.      

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