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EPISTOLARIO
SIMETRÍAS
ESCRITO POR
Catalina Merchán
Formación filosófica e interesada en las religiones de Asia.
ESCRITO E IMÁGENES POR
Sandra Méndez
Busca sin cansancio sonrisas felices e incendiarias.

SIMETRÍAS

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

4 de Junio de 2014

1,500 metros sobre el nivel del mar.
Derretimiento a 28 °C
Medellín, República del Sabor, América del Sol

De Bogotá a Medellín son solo 20 minutos en avión.

Sí, Medellín. No sé exactamente qué hago acá pero parte de mi decisión de salir de Bogotá tiene que ver con sentirse estancado, fuera de lugar en el que es su lugar. Preguntarse cada día qué carajos se está haciendo, para dónde va esta corriente y ese incesante deseo de internarse en el monte y querer cruzar el río.

Se me iba a salir el pelaje de lobo por alguna parte. Se me salió la melena por el lomo y a manera de revelación llegó el camino. El hastío de lo mismo me abrumó y la posibilidad de algo diferente, sin promesas de ser mejor, me dio el último impulso.

Debo decir a mi favor que definitivamente todo me grita que es aquí y no en lo conocido donde tengo que estar hoy. Mañana ya veremos si todo cambia y este ya no sea el lugar. Por ahora espero no perder mi renovada habilidad de despegar. No recordaba lo “fácil” que es y lo bien que se siente irse. Moverse, usar las extremidades para ir de un lado a otro. Correr, tal vez.

Y ¿aquí qué? Pues aquí pasa de todo y no pasa nada. No pasa nada de los antiguos dramas amorosos, de las obligaciones, de las angustias existenciales, del ser o no ser. Aquí nada ni nadie me sostiene, así que no tengo más opción que dejarme de bobadas y ser la mejor versión de mí misma, o al menos intentarlo.

Básicamente mi círculo social se reduce a mi roomie, una linda persona que me copió en mi arranque de volar y me abrió las puertas de su hogar; sus amigos y un par de amigos y conocidos más. Comparando con mi vida en Bogotá, no tengo amigos ni cómplices.

Por otro lado, en Medellín pasa de todo. Esta ciudad tiene un nosequé, nosedónde que me embelesa. Me hace caminar sonriendo y ser consciente de ello. Un algo que me despierta las ganas. Un algo que me llena de hambre.

Tengo un par de sospechas... ¿Será el clima tan maravilloso, tan apto para mí, de andar en manga sisa, chancla, pantalón hippie, faldas, shorts y gafas? Un clima de vacaciones que hasta en las situaciones serias y estresantes de los quehaceres diarios, se siente bien. Un clima que se  s i e n t e con todas las células, que no hay que tapar con tres kilos de ropa.

¿Será su ubicación geográfica? Está en un hueco, no trasciende de sus límites aunque trepa por sus montañas. Está ensimismada, es de ella, por ella y para ella. ¿Acaso sea eso también la razón de mi fascinación? ¿Ver que la ciudad se ama a sí misma? Debo confesar que amo los mensajes que me da el metro todas las mañanas. Una señora muy querida me dice que soy bienvenida a nuestro metro, que es un placer llevarme a mi destino. Me pide que le ayude a cuidar de personas en situación de discapacidad porque “la movilidad es un compromiso de todos” y lo mejor: en las noches me desea que descanse y comparta con mi familia. Me enamora saber que un sistema de transporte masivo se puede humanizar, que puede ser consciente, y un recordatorio viviente de que la calidad de vida y no la cantidad de personas o cualquier interés ajeno debe ser la primerísima prioridad de quienes piensan, gobiernan y habitan las ciudades. Además creo que es una muestra de que las ciudades educando, y no imponiendo ni prohibiendo a sus ciudadanos, pueden garantizar que ellos mismos cuiden y construyan su ciudad, un lugar de y para todos. No es que crea que sea perfecta, es una ciudad, tiene problemas, muchos, pero lo intenta, lo intentan todos y eso tiene mucho valor.

Mi otra sospecha es que estoy viviendo y descubriendo bellas, casi poéticas contradicciones todo el tiempo. Hacen parte de ellas, vivir en un pueblo y al mismo tiempo vivir a dos cuadras del metro en el que el recorrido al trabajo me toma 12 minutos cronometrados (en bus me toma 1 hora). Mi casa es un apartamento nuevo en un piso 32 donde las edificaciones contiguas son casas de 2 o 3 pisos, con ropa secándose al sol y perros en la azotea. Hacia el sur, para desgracia mía y de la humanidad entera, el circo de los hermanos Gasca, asqueroso set de entretenimiento y maltrato animal, se ve desde mi balcón. Finalmente completan el panorama dos fondas de incalculable valor cultural. Los conciertos de música carrilera y reguetón intenso no me faltan jamás de jueves a domingo. Y me deleito (no estoy siendo sarcástica) viendo a sus responsables clientes llegar en caballos que amarran a la entrada y luego escuchando entre sueños en las madrugadas cómo las bestias llevan a sus bestias embriagadas a cuestas. Escuchar los pasos de los caballos luego de largas noches de parranda me da paz. Eso no lo puedo explicar, solo pasa.

A todo esto se le suma, que en esta ciudad ando re parchada conmigo misma. Llevaba mucho tiempo ignorando a Méndez. Estaba ignorando mis entrañas, la intuición la mandé a callar y estaba como asfixiada. Aquí soy Nadie y tampoco conozco a Nadie. Nadie llama a Nadie y Nadie me busca, y lo disfruto de una forma que no puedo describir bien. Siendo Nadie, no teniendo a Nadie ni Nada. La Nada, la Nadie, la Ninguna.

El eterno descubrir, ese que Borges sugiere nunca olvidar, el escuchar lo que tengo dentro, eso ha sido una linda melodía para acompañar los días. Como en un mecanismo estropeado donde las piezas están completas pero mal puestas; todos los días al menos una vez al día tengo que reconocer con una sonrisa tonta en las mejillas, que el universo tiene formas muy curiosas de actuar. Simplemente algo hace click en la cabeza o en el esqueleto, y todo empieza a tener sentido, a fluir mejor. Todo se conecta, todo lo que existió, lo que existe y también lo que no, está íntimamente conectado, ahora empiezo a ver los cables.

Un par de cosas me han quedado claras. Te comparto siete cosas que he meditado mientras soy Nadie y miro a la gente pasar.

Prefiero lo irreal porque de todo lo racional se sabe demasiado y nada cambia.

Prefiero la palabra utopía porque la palabra realidad tiene una habilidad fatal de entristecer todo lo que toca.

La infancia también la prefiero porque la edad parece volvernos más idiotas y menos felices.

Prefiero pensar con los pies porque conocen el camino mejor que la mente obstinada, especulativa y temerosa.

 

 

 

 

 

 

 

La amistad porque el amor tiene una voluble personalidad arrasadora y fácilmente se convierte en un encantador carcelero, impositivo y castrante.

Sonreír, simplemente porque hay muchas caras largas en los buses que hacen del paisaje un cuadro más gris. Suficiente con la contaminación y la gente mal follada. Sonreír es la única opción que nos queda.

Prefiero las orquídeas a las rosas porque las orquídeas son naturaleza sencilla y salvaje, siempre luchando por sobrevivir al borde del abismo, elegantes, bellas, guerreras. Las rosas por su parte están amansadas, puestas en un pedestal y se prestan para representar unos ideales de belleza ciertamente cuestionables, sobre una feminidad sosa, pasiva y condescendiente.

La verdad la prefiero porque en este mundo de mentiras no tenemos otra opción.

Al mejor estilo de Siddhartha, hemos vivido, hemos reído, nos hemos engañado, hemos ido y venido. Pero desde las primeras líneas ha estado claro que hemos venido simplemente a cruzar el  río.

Saludos desde la montaña.

Sandra Méndez

 

Junio 07 de 2014

Bogotá

Leo tu carta y pienso en lo interesante que es reflejarse en las palabras de alguien más. Aun así, hay algo ominoso en el reflejarse y es lo que implica la inversión. Aunque la imagen sea igual en apariencia, hay pequeños detalles que cambian, hay elementos que se invierten. Cuando nos reflejamos en otros, vemos las similitudes pero también advertimos las diferencias que se crean a partir de la inversión de la imagen reflejada. Una vez un amigo me preguntó por qué siendo diestra sostengo el cuchillo con la mano izquierda. Nunca me había puesto a pensar que, en efecto, la mano dominante es necesaria para cortar. Después recordé que cuando tenía cinco años copié lo que veía de la persona sentada al otro lado de la mesa. En una mano el cuchillo y en la otra el tenedor...

-¿Tu izquierda o mi izquierda?
-No, tu derecha...

Efectivamente, un espacio nuevo puede ayudarnos a descubrir elementos de nosotros mismos, renovarnos al punto de  resignificar nuestra existencia. Acá viene una primera inversión: yo he cambiado de ciudad pero este cambio es el resultado de haber vuelto. Es por eso que me reflejo en tu carta a la vez que percibo también la inversión que se genera en la simetría. Verás, tanto yo como tú, hemos llegado recientemente a una ciudad. Debo aclarar que no es un lugar nuevo para mí, pues he vuelto a Bogotá, la ciudad en la que nací y crecí pero de la cual me asunté por no más de un año. A la larga, un año no es un tiempo largo. Mi viaje no fue el resultado de un arranque sino el producto de un plan que duró tres años en ejecutarse.

Los viajes son solo de ida, pues nunca somos los mismos, aunque volvamos al mismo lugar. Es por esto que el haber vivido en otro lugar, así sea por un tiempo corto, puede resignificar la ciudad a la que volvemos. No me siento la misma persona que salió del “El Dorado” un día de septiembre temprano, bien temprano en la mañana. ¿Nos construimos y entendemos de una forma particular en un lugar determinado o, este lugar es el que nos construye?

Una carta a un desconocido exige honestidad: cuando me fui de Bogotá pensé que no volvería. Lejos, muchas noches soñé que estaba otra vez sentada en un GERMANIA en un trancón en la carrera séptima, en la mitad de uno de esos aguaceros bogotanos. En medio de mi incredulidad, desempañaba la ventana y trataba de ver hacia afuera. Estaba en Bogotá otra vez y no podía irme nunca más. Me despertaba de la pesadilla; seguía lejos y todo estaba bien.

No vienen al caso las razones de mi regreso y no entraré en detalles de por qué volví; no quiero aburrirte con historias sobre visas, búsqueda de trabajo en otros países y relaciones fallidas porque para eso existen las onces con las tías. Solo diré que en otra mañana de septiembre, pasado un año exacto, abordé un avión de vuelta en un aeropuerto diferente. Eso sí, también temprano, bien temprano en la mañana.

Volver no fue fácil. Es más, podría hablar del problema de tener que “adaptarse” a la propia cultura y a la ciudad de origen, por más contradictorio que esto suene. Siguiendo con la sinceridad, aunque llevo en Bogotá alrededor de nueve meses, solo hasta hace pocas semanas sentí que había vuelto, que tenía por fin los pies en esta ciudad. Como te contaba, al haber cambiado, la ciudad también cambió para mí. El haber vuelto, el estar presente física y mentalmente habitando esta ciudad tan grande, caótica, gris y lluviosa; el soltar la idea constante de partir (idea que alimenté durante tres años) y acoger la idea de estar, hace que mi mirada sea otra. Esta ciudad no es ya para mí un espacio que padezco, es el lugar en el que estoy, es mi presente. Me siento tranquila por fin en Bogotá... quién se lo hubiera imaginado.   

C.M                                                                                                                                                          

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