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EDITORIAL
EL HORROR DEL ESPECTÁCULO
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.

EL HORROR DEL ESPECTÁCULO

Ahora estoy maldito, tengo horror a la patria. Arthur rimbaud

En el pasado mes dos grandes sucesos deportivos llenaron bocas y pantallas. Por un lado, dos colombianos descrestaban el mundo del ciclismo en Italia, y los entusiastas compatriotas aprovechaban la oportunidad para alardear al respecto, impulsar campañas políticas y civiles o sentirse parte del triunfo. Por otro lado, el indiscutible rey de los deportes se preparaba para su millonaria y paralizante cruzada internacional, y entre el álbum Panini y el chismógrafo jetsetero sobre los futbolistas, un escabroso detrás de cámaras filtraba imágenes y denuncias de desalojos, brutalidad policial y toda suerte de violaciones a los derechos humanos en Brasil.

Dos deportes bien diferentes en su impacto, varias reacciones, multiplicidad de lecturas. Misma sociedad enferma de espectáculo.

A mí me encanta el fútbol. Suelo ir al estadio. No tengo camisetas ni lloro cuando “mi” equipo pierde. Repudio el fanatismo futbolero que mata como cualquier otro. Me parecería increíble ir a un Mundial porque conozco esa extraña sensación que hace vibrar un estadio (y porque insultar al unísono es una terapia maravillosa). Sin embargo, siendo las cosas como son, no creo que lo haga nunca. Ir a un Mundial, digo. Porque así como puedo admirar el fútbol y emocionarme viendo un partido, me resulta de lo más grotesco y ruin que un futbolista gane más que un antropólogo o un ingeniero (aunque esto no aplique necesariamente al caso colombiano, donde la precariedad es repartida) y que, en general, el fútbol sea ahora la industria del espectáculo tan millonaria que es. También veo con impotencia y preocupación lo que está sucediendo en Brasil y cómo a la gente puede no importarle nada. Cómo es de fácil pasar eso por alto. Porque tanto para el gobierno brasilero como para los millones de espectadores en el mundo, el espectáculo viene primero. Un espectáculo donde además de los supuestos valores deportivos para la vida (disciplina, trabajo en equipo, sacrificio, voluntad) se cuelan también sus vicios (injusticia, trampa, vanidad, desigualdad, fanatismo). Pero finalmente no hay argumento que disminuya el rating ni fanático pudiente que deje de ir ‘solo’ por eso. ¿Qué hacer? Por ese lado, no hay más remedio que seguir destapando esas ollas y no dejar de indignarse. Dejar de ver el Mundial no cambia nada… y bueno: el fútbol en sí no tiene la culpa.

Igual de cuestionable me resulta un país que solo sabe celebrar ganadores. Contrario al fútbol, el ciclismo me tiene sin cuidado. Digo, no me resulta tan atractivo ver 3 horas de pedaleo, ni siquiera por el sonado liderato de dos colombianos. Así como hace unos años veíamos cámaras intrusivas en los caseríos de los deportistas que subieron al país al podio de los Juegos Olímpicos de Londres, muchos de ellos provenientes de esas regiones que algunos senadores llaman ‘mierda’, lo de hoy es sentir orgullo por los dos pedalistas, reclamarse parte de su triunfo, o tomarlos como símbolos de las causas pro-bicicleta o paro agrario. No digo que no sea admirable ni emocionante ver ganar a estos deportistas que se van por disciplinas menos rentables y vistosas que el fútbol, que se hacen a pulso y entrega al margen de las cámaras, que solo merecen atención al hacer algo extraordinario. Pero el espectáculo del triunfo me resulta tan falso e hipócrita como el silenciamiento de los problemas brasileros. Lo relevante aquí sería que los gobernantes, en lugar de posar sonrientes con los campeones, destinaran más recursos para el deporte. Porque si en esta precariedad logran lo que logran, cuánto más lograrían en otras condiciones. Y el resto de humanos que por cualquier motivo compartimos el haber nacido en este país y no en otro, veamos el triunfo de un deportista por lo que es, ni más ni menos. No moda, no política. No siempre.

La patria y las refracciones de su ego son los elementos que se dan cita en este tipo de eventos, y por eso no me parece sagaz criticar a la gente que le gusta el fútbol porque sí, o achacarle parte de la responsabilidad de las ignominias de su industria. En un partido se juegan muchas cosas, muchos ángulos, muchos intereses. Pero extendiendo el espectro, el tema del deporte abarca millones de posibilidades de análisis y por supuesto, millones de prácticas otras que el fútbol. Unas se realizan en solitario y en esos casos la batalla es con la voluntad. Otras se vuelven huellas colectivas de un país, símbolos de alegría o vergüenza.

Estética, salud, estrategia, solidaridad, eficiencia, gloria, diversión, ambición, ocio, envidia, inteligencia; todo es apto de potenciarse. Creo que, por ejemplo, el discurso del entrevistado de Versiones Capitales es un poco ingenuo: el deporte no es automáticamente bienestar y camaradería, porque la sociedad y el ser humano no son intrínsecamente buenos o solidarios. Y si bien es cierto que gran parte de los atletas destacados de este país son de humildísima procedencia, y que la disciplina y la entrega a un deporte les presentó otra vía, esa vía podría haber sido también la educación, el arte o Angelina Jolie. El deporte tiene tanta necesidad como todo lo demás de ser una vía plausible y seria y se pierde entre políticas públicas, industrias millonarias y desigualdad de oportunidades.

Por eso este mes, entre partidos y cervezas, queremos seguir hablando no solo de fútbol, sino de todo lo que engloba la palabra 'deporte'. Para este número, tenemos un panorama de la historia y el periodismo deportivo en Versiones Capitales; uno de nuestros artículos invitados explora la relación fútbol-política que se hace más evidente en este momento coyuntural de Colombia; la Santa Nerda se pone las gafas y los guayos para recordar la agridulce historia de Brasil en los mundiales, ahora que vuelve a ser anfitrión; en Tras escena, los hinchas del América de Cali nos muestran parte de su trabajo creativo sobre fútbol, escritura y gráfica popular. Para los que definitivamente no quieren saber nada de fútbol, otro artículo invitado se los lleva a las gélidas alturas del alpinismo y la escalada; Archipiélagos de Nitrato les da varios motivos para ver The Wire, una de las series aclamadas de HBO; La red trae culttu.me, la plataforma independiente para artistas y públicos en una nueva economía cultural, El Ficcionario nos lleva de viaje a Palenque de San Basilio y Epistolario habla de una Bogotá resignificada y de una Medellín prometedora.

Ya sabe que si tiene algo que agregar, contestar o compartir, puede escribirnos a editorial@iletrada.co

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