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ARTíCULO INVITADO 2
ESOS DOS HERMANOS
ESCRITO POR
Juan Sebastián González
Periodista a veces avergonzado de la profesión. Obsesionado por la equidad, los DDHH y el fútbol. Convencido de que esta vaina eventualmente va a cambiar.

ESOS DOS HERMANOS

Basta con recorrer algunas ruinas de las majestuosas ciudades aztecas en tierras guatemaltecas y mexicanas para saber que desde siempre, como lo demuestra el temible Juego de pelota, el deporte y la política están profundamente relacionados. Ahora es el Mundial Brasil 2014 el que se aproxima y entre los gritos de celebración de las hinchadas se mezclan los de la protesta callejera. Es inevitable pensar la relación fútbol-política en tan propicio escenario.

El día de las elecciones de primera vuelta acompañé a mis papás a votar. Mientras esperaba a que trazaran una “X” en la cara sonriente de dos candidatos, que esa misma noche no estarían tan sonrientes al escuchar los resultados, noté una monita de Panini en la guantera. Fui uno de los miles de fanáticos del fútbol que decidió hace unos meses hacer pequeños sacrificios económicos para soportar el desfalco que representa llenar ese interminable álbum. “Igual es cada 4 años y Colombia no va al mundial hace 16”, me dije en ese entonces para auto-justificar la efímera inversión.

Por eso me entusiasmé pensando que tal vez esa fichita podría ser el esquivo escudo de Francia cuya búsqueda dejó varias montañas de sobres vacíos y un bloque de monitas repetidas del ancho de El Quijote.

Pero lejos de ser el escudo de Francia, o al menos otro jugador croata para unirse a sus 200 compatriotas que me salieron repetidos, en la monita de Panini estaba Oscar Iván Zuluaga vistiendo la tricolor y mirando al horizonte con un aire pseudo-religioso. Esa decepción, únicamente comparable con la sufrida por los brasileros en el Maracanazo,  alimentó fuertemente mi activismo político contra la campaña del candidato. Pero más allá de las ideologías diversas con las que convivimos, o las que soportamos, en una democracia, el hallazgo de la monita representó un episodio más de la novela de dos hermanos que son muy diferentes pero están destinados a convivir: el fútbol y la política.    

Mi mamá describe el fútbol de forma magistral para los no fanáticos como “22 pelotas corriendo detrás de otra”. Pero más allá de la admirable capacidad que ella siempre ha tenido por condensar los hechos,  el fútbol ha demostrado que puede tener más poder del que se podría pensar.

Algo que parece tan simple como patear un balón  ha creado héroes y símbolos nacionales, ha grabado historias épicas de gloria, de gestas que arrancan lágrimas y desgarran gargantas. Es quizás justamente la simpleza de este deporte la clave de su popularidad. El balón puede ser reemplazado por una botella de plástico vacía y el arco puede ser “del árbol al poste”, como frente al parque de mi casa. Lo juegan los niños más pobres y los hombres más poderosos; los cristianos, los musulmanes y los judíos. Lo juegan los hombres y las mujeres. Lo juegan en Irán, en Corea del Norte y en Estados Unidos. Lo juegan los presos en las cárceles y los obreros en las calles. Para los verdaderos fanáticos del fútbol no existe el color de la piel, solo el de la camiseta. La raza humana converge en el campo de juego.

La sociedad civil, y en contados casos los gobiernos, han visto en el fútbol una herramienta para inculcar valores de convivencia, compañerismo y esfuerzo. También en comunidades vulnerables donde el único capital de los jóvenes es el tiempo libre, el fútbol ha luchado una batalla contra las pandillas, la drogadicción y otros lobos que siempre están acechando a los jóvenes desparchados cuyo espíritu inquieto busca cualquier desfogue para expulsar la energía reprimida. Puede ser robando, puede ser corriendo tras una pelota.

En Colombia es difícil salirse del camino trazado por la clase social en la que nacimos. El éxito o el fracaso en nuestra vida parece estar ligado a la marca de nuestra cuna, que muchas veces será la misma marca que la de nuestros hijos. En este contexto, el fútbol se convierte en una “salida de emergencia”, en una oportunidad para burlar el statu quo y la monotonía clasista de una sociedad estática. Y eso son la mayoría de nuestros futbolistas: hombres humildes, muchas veces golpeados por la violencia, que dándole patadas a un balón lograron salir de pueblos olvidados por sus gobernantes y son ejemplos de vida para millones de compatriotas, millones de ciudadanos… millones de votos.   

Como en muchos cuentos clichesudos, de los dos hermanos – el fútbol y la política – hay uno bueno y uno malo.  La política, aprovechando el efecto masivo y pasional que produce el fútbol, trata de robarse un poco de su gloria y se pega a él  como una sanguijuela tratando de succionar un poco de prestigio muchas veces para ocultar la desfachatez de sus actos. Son varios los momentos en los que este par han salido juntos al escenario.

Es muy conocido el caso del mundial de Argentina en 1978. En medio de la dictadura militar y mientras las madres de la Plaza de Mayo buscaban a sus hijos desaparecidos, el régimen se aprovechaba del fútbol para silenciar sus voces, manipulando la pasión legítima de una nación que lleva este deporte en su ADN, para matizar sus oscuras acciones.

Para los españoles en plena crisis económica ganar el Mundial de Sudáfrica en 2010 fue una gran bocanada de aire. Seguían desempleados, la economía seguía por el piso, nada había cambiado, pero estaban más felices, y la felicidad de la gente representa gobernabilidad, que en tiempos de crisis es como un oasis en el desierto.

La mayoría de los gobiernos, sin embargo, lejos de aprovechar esas coyunturas fortuitas de éxito para implementar políticas públicas de deporte y educación o promover cambios estructurales y culturales que beneficien directamente a la población, se limitan a auto proclamarse gestores de victorias ajenas y buscan perpetuar esa felicidad esporádica de los gobernados adjudicándose logros deportivos en los que poco o nada tuvieron nada que ver.

El Mundial de Brasil se ha convertido en un escenario complejo en el que la política y el fútbol interactúan en un juego de poderes que evidencia aún más esa estrecha relación que los une. A medida que los muros de las ciudades se llenan de grafitis  dándole color a la resistencia que genera el Mundial en algunos brasileros, varios sectores aprovechan la cita deportiva para reivindicar demandas sociales.

La huelga de los trabajadores del metro de Sao Pablo y la huelga de la policía federal evidencian que hay grupos que ven en la Copa del Mundo su mejor aliada para alcanzar objetivos políticos. Para la Presidenta Dilma Rousseff, quien se encuentra en plena cacería de votos buscando la reelección en octubre de este año, es clave que el Mundial sea un éxito tanto logística como deportivamente. Solo así se justificaría la millonaria inversión en estadios e infraestructura futbolística que sus opositores tanto critican, habiendo tantas otras necesidades sociales. Un fracaso en el Mundial seguramente sería capitalizado en las urnas unos meses después.

La historia reciente de Colombia está llena de ejemplos de la relación política-fútbol. Es recordada la imagen del ex presidente Andrés Pastrana junto al capitán de la selección Iván Ramiro Córdoba cuando Colombia ganó una empañada Copa América en 2001 con la ausencia de Argentina y de varios jugadores importantes de otros equipos, preocupados por su seguridad personal en un país en el que las masacres ocurrían a diario. Ese evento justamente quería cambiar la imagen de Colombia, pero con la ausencia de grandes figuras ahuyentadas por los sangrientos titulares que producía nuestro cruento conflicto armado, no lo logró.  

El ex presidente Álvaro Uribe también ganó popularidad con la bandera de organizar un Mundial. Puede que a Uribe no le guste el fútbol, pero organizar un evento de esta envergadura sería un salto enorme para cambiar la percepción sobre el país, con todos los beneficios políticos que eso implicaría. Al final el expresidente, o quizás la FIFA, se dieron cuenta de que la enorme visibilidad de un Mundial también podría ser aprovechada por las guerrillas para desestabilizar al gobierno con alguna acción armada (no digo que esa fue la razón por la cual no se realizó) y desistieron de llevar a cabo el proyecto.

Sin embargo, la idea de organizar un Mundial ya había llenado de orgullo patrio los oídos de muchos electores y como las desilusiones deportivas pueden tener efectos sobre el criterio volátil del electorado, se decidió bajar la meta para matizar la frustración por el precoz deseo de Colombia de ser la meca del fútbol por un mes. Entonces se realizó el experimento del Mundial sub 20 que resultó una experiencia positiva para un país acostumbrado a ser excluido de los itinerarios de turismo. Curiosamente lo que cosechó Uribe fue recogido por su actual némesis Juan Manuel Santos ya que el evento se realizó en 2011 cuando el actual mandatario ya se había trasteado al Palacio de Nariño.   

La pomposa entrega de la bandera nacional a Mario Alberto Yepes en la despedida del grupo para Brasil y la foto de Falcao García luciendo la partidista palomita de la paz que le regaló el delfín Martín Santos, representan otros episodios más de una relación eterna entre el fútbol y la política. En época electoral cualquier voto cuenta y los líderes con guayos sí que pueden darle una mano a cualquier campaña.  

Y quiso el destino con su negro sentido del humor que los colombianos, que esperamos desde 1998 para expulsar hasta el último milímetro de aire acumulado en nuestros pulmones gritando un gol de los nuestros en una Copa del Mundo, tengamos que presenciar ese momento con la expectativa de unas elecciones trascendentales para el destino del país.

Menos de 24 horas después de que sepamos si Colombia pudo con Grecia, se abrirán las urnas para que tracemos una “X” en la cara sonriente de alguno de los candidatos que nos “representará” por los próximos 4 años. Para quienes pensamos que el domingo saldremos a elegir al menor de dos males, tal vez el fútbol nuevamente salve la jornada y nos sirva de ungüento para mitigar esa sensación de impotencia de la política nacional.

 

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