I.LETRADA.CO | ARTíCULO INVITADO 1 | LA MONTAÑA O LA VIDA
ARTíCULO INVITADO 1
LA MONTAÑA O LA VIDA
ESCRITO E IMÁGENES POR
Erika Antequera
Quisiera tener el don de la ubicuidad.

LA MONTAÑA O LA VIDA

Cundo la montaña es camino, reto y cumbre, jugarse la vida por recorrerla es la única opción de vivirse la vida. Erika Antequera nos pone en diálogo con esta experiencia alucinante a través de la voz de dos personajes de esos tantos que no pueden esperar tener de nuevo el piolet en la mano.

No sé qué es para el prisionero el día del final de su condena, qué es para el enfermo la llegada del alba, qué es para un escritor la última palabra de su libro, pero debe parecerse a la cima, la promesa mantenida al niño que alborota en cada uno de nosotros. Erri de luca 

¿Están locos aquellos que escalan montañas? ¿Son suicidas los esquiadores que bajan por la ladera a toda velocidad? Se enfrentan al frío glaciar, a fuertes rachas de viento, a grandes avalanchas de piedra o nieve, a tormentas eléctricas y a pendientes que parecen no tener fin. Quienes practican deportes de alta montaña son objeto de todo tipo de reproches y alabanzas precisamente porque buscan altas cumbres, llegar a lugares inexplorados y vivir experiencias que muchos no podemos entender.

¿Por qué lo hacen? ¿Qué les motiva a hacer algo que muchos califican como irresponsable y egoísta? Txema Andrés tiene 43 años y escala desde los 14. Cuando le pregunto por los evidentes riesgos de esta práctica deportiva señala que

esto genera adicción, son sensaciones extraordinarias. Las paredes están ahí  y quieres subirlas. La más difícil, la más vertical, la más alejada, donde no hay cobertura telefónica, donde no hay posibilidad de rescate. Es un reto constante contigo mismo y te pasas el año entrenándote para eso. Es lo que me hace sentir vivo. ¿Qué ganas? Forjarte tu carácter, todo esto que experimentas te ayuda a relacionarte con la gente tanto allí arriba como aquí abajo.

José Antonio Losada vive en Los Alpes, tiene 48 años y desde hace 15 practica el esquí de travesía. En esta variante deportiva tienes que subir la montaña por tu cuenta para huir de la aglomeración de las estaciones, la fila del telesilla y la bajada fuera de pista se hace bajo tu propio riesgo. “De este tipo de esquí me gusta el espacio salvaje, sin rastro de gente y el placer de una actividad que me exige más resistencia física. Seguiré haciéndolo hasta que el cuerpo aguante".

Lejos de ser una actividad suicida, el deporte de alta montaña exige mucha preparación y dedicación para minimizar los riesgos. “Hay que entrenarse mucho porque tú no eres nada en la montaña, pero si te preparas físicamente con buenas técnicas puedes afrontarlo. Lo vas haciendo de manera gradual, los primeros años empiezas por paredes más pequeñas y luego te vas a expediciones más grandes”, dice Txema, que empezó trepando pequeñas montañas en los alrededores de Madrid y en julio de 2013 estuvo en Groenlandia con sus compañeros Vicente Castro y Kepa Escribano, donde abrieron seis nuevas vías y escalaron cuatro cimas vírgenes, lo que quiere decir que realizaron un total de 2.700 metros de nuevas aperturas en el lejanísimo país.

Allí no vas a lo loco. Cuando llegas, antes de escalar una pared, tienes que observarla con cuidado. Con un catalejo la miras a lo largo del día para ver por dónde caen las avalanchas, a ver qué peligros hay y saber las líneas por donde tienes que ir. Que luego ya estás en la línea que has elegido y tienes una avalancha, pues es inevitable, pero primero la estudias antes de lanzarte.

Su estilo de escalada es limpio, el objetivo es un ascenso sin anclajes fijos.

Ese tipo de escalda de aventura lo que busca es hacer más cosas con menos equipo. Se intenta dejar limpia la pared por la que tú has subido, que no se vea tu rastro. Por limpieza, por ética. Escalar una línea sin haber dejado huella tiene mucho más reconocimiento y más valor que si haces esas paredes dejando muchos seguros. Lo que buscamos es que la pared quede lo más deshumanizada posible, que quien viene detrás de ti experimente la misma sensación de aventura que has vivido tú. Eso lo consigues dejando poco rastro.

 

 

 

 

 

“En alta montaña el viento es el dueño del tiempo”

Una jornada de esquí de travesía comienza días antes con la previsión meteorológica y la preparación del equipo. “Te puedes informar del riesgo de avalancha y decidir el día que vas a subir a la montaña. Luego preparas tu equipaje y según la ruta que elijas llevas los crampones, el arnés y el piolet. Ese día la cita es temprano, porque cuanto más pronto llegues, más fría está la nieve y hay menos riesgo de avalancha. El material lo revisas antes de salir, no debes dejar nada al azar”, dice José Antonio quien también ha aprendido a dialogar con su terreno deportivo.

Él señala que la montaña le ha enseñado a ser humilde, porque por muy preparado que vayas es la naturaleza quien decide si subes o bajas. Para estudiarla y entender su impredecible lenguaje ha hecho cursos de seguridad en los que ha descubierto el verdadero placer del esquí de travesía.

En los cursos aprendes a preparar bien tu mochila, a manejar el ARVA (dispositivo de búsqueda de víctimas de avalanchas) a encontrar a un compañero en menos de 10 minutos porque pasado ese tiempo las probabilidades de sobrevivir son mínimas. Dónde te puedes parar y dónde no. A manejar un grupo. Nunca he vivido una experiencia dramática pero hay situaciones en las que sabes que un movimiento en falso puede ser fatal. Te puedes encontrar en una zona con 50% de pendiente, una curva y 40 metros de caída en vertical. Ahí es donde tienes que dar la vuelta y regresar por donde has venido. Tienes que ser responsable. 

Después de haber escalado montañas en Perú, la Patagonia y el Himalaya, Txema sabe que la retirada siempre es posible. 

Hay que tener sangre fría, no ponerte nervioso en medio de la tormenta porque la tormenta pasa, no es eterna y aunque tengas que abandonar material siempre te puedes bajar de la pared. Es frustrante pero lo primero es la vida. La montaña está siempre ahí y tú puedes volver. Hay que saber retirarse. Y siempre vale la pena volver y sobretodo vivir.

Vale la pena el esfuerzo, el frío y el miedo que puedas pasar cuando llegas a la cumbre. En eso coinciden los dos, asegurando que llegar a la cima es una victoria que difícilmente se puede describir con palabras.  Según Txema, “llegar allí representa una gran alegría, la suma de muchas metas. Te das cuenta de que vale la pena, es una alegría indescriptible, estás pleno. Y si tienes la posibilidad de ver el paisaje porque está despejado, dices: aquí estoy. Lo he conseguido”.

Para José Antonio, llegar hasta lo más alto y permanecer un rato allí donde no hay nada, más que la inmensidad de la vida y el horizonte infinito es algo que “te da fuerza mental y mucha energía. Hace años pasé por un momento personal difícil y un día estaba en la cima y no sabía cómo afrontar los problemas que tenía, solo tenía claro que quería estar cerca de la montaña y ofrecerle eso a mis hijos”.

Dice Erri de Luca en su libro «Tras la Huella de Nives» que "(… ) descender es deshacer la ascensión, descoser todos los puntos en los que has puesto tus pasos. El descenso es una cancelación. Vuelves a pasar por esas líneas apresuradas para quitarte de ahí". Contrario a lo que yo pensaba, llegar a la cima es cumplir la mitad del objetivo porque bajando también te puedes encontrar muchas dificultades. Txema lo tiene claro,

debes procurar bajar por la misma vertiente por la que has subido porque si intentas bajar por otra vas a llegar a otro lado y con el poco equipo que llevas puede ser peligroso estar dos días tratando de llegar de nuevo al campo base. El reto lo cumples cuando vuelves al valle. Ahí está la meta.  

La escalada todavía no está considerada como un deporte olímpico y hasta el pasado 10 de abril el Comité Olímpico Internacional se animó a incluir el esquí de travesía entre las posibles disciplinas para competir en los Juegos de Invierno de 2018. Quizá para muchos, un deporte que no está contemplado entre las competiciones internacionales carece de legitimidad, pero para quienes se preparan durante años y se enfrentan a las duras condiciones que les impone su propia disciplina, no importan las medallas. Su terreno de juego no tiene límites de tiempo ni espacio como un partido de fútbol o una cancha de tenis. Tal vez por eso tampoco les hace falta un premio aunque sí el reconocimiento a una actividad que es como la vida misma. Porque para llegar a la cima hay que prepararse, llevar sobre los hombros solo lo necesario para enfrentar una tormenta, disfrutar del paisaje, ese efímero momento que es la felicidad y volver al valle con orgullo pero sin confiar demasiado en el camino recorrido, porque la meta está abajo, en el descenso, cuando puedes contarlo y transmitirlo a quienes vienen detrás en el camino impredecible de la vida.  

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