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ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO
WELCOME TO BALTIMORE
ESCRITO POR
Andrés Serrano
Aficionado al cine, la literatura, los videojuegos, los calamares y las bicicletas.

WELCOME TO BALTIMORE

Apología a The Wire
El nuevo furor por las series que ha capturado a millones de espectadores tras el éxito arrasador de Breaking Bad, ha vuelto su atención hacia una producción transmitida entre 2002 y 2008 que ahora se impone como referente de culto. Descubra de qué va y por qué vale la pena ver The Wire.

Hace un tiempo, un amigo que asistió  al seminario de Robert McKee en Bogotá me dijo sonriendo que el futuro del cine estaba en la televisión. Y vaya qué es una afirmación arriesgada; más aún cuando se nos viene Godard con el motivador título de «Adiós al lenguaje», una película en 3D sobre un matrimonio en crisis y un perro que habla.

 Hasta hace un par de años, la hubiese creído una afirmación demasiado arriesgada. Entonces vi «Breaking Bad»; fácilmente una película de 50 horas, y sinceramente, una buena película.

Desde entonces he consumido vorazmente varias series. Cada vez creo más en el contenido que puede narrarse en un espacio televisivo de docenas de horas. Últimamente he ido convenciéndome de la siguiente analogía: una serie de televisión es a un largometraje lo que una novela literaria es a un cuento. Y es que asusta un poco saber que estás ante algo que puede llevarse varios días de tu vida mientras que en ese mismo tiempo podrías ver muchos filmes. Por lo menos, si la película no te gusta se acabará en cuestión de una hora y media. Con las series, los riesgos son otros.

Más allá de las cuestiones de duración, me causa impresión la reputación que se está ganando la televisión estadounidense frente al cine mundial. Si Estados Unidos goza de una industria televisiva que superó los presupuestos ajustados y los cronogramas de producción asfixiantes que uno infiere tan propios de la televisión, es algo que no podría afirmar por ignorancia. Si la televisión ha ganado en tamaño y resolución frente al cine en las últimas décadas gracias a la inclusión de tecnologías domésticas, y por tanto, ha ganado también en sofisticación y estética, es algo que me vengo suponiendo. Las series de televisión son actualmente uno de los espacios más idóneos para desarrollar y experimentar con  textos narrativos; y adicionalmente, gracias a la masificación de sistemas de cable y de satélite, así como la irrupción de las plataformas de multimedia vía streaming, se ha forjado una ventana de exhibición comercial que ha llevado a cambiar las percepciones de qué se ve en la televisón y cómo vemos la televisión.  Podríamos referirnos a una era dorada de la televisión estadounidense, que tal vez trepó a su punto más alto con el éxito que obtuvo «The Sopranos», dando vía libre a varias cadenas televisivas para producir series con estructuras narrativas de similar complejidad. «Breaking Bad» fue, merecidamente, la punta del iceberg y supone la popularización mundial del seriado norteamericano.    

De esa camada de series, made in HBO, «The Wire» me parece la mejor y ya me estoy cansando de recomendársela a mis amigos.

Explicaré por qué:    

Porque predicar a «The Wire» (2002-2008, HBO) es de esas cosas sobre las que da gusto predicar. A pesar de ser una serie protagonizada por policías y delincuentes, no es juiciosamente una serie policiaca o de tintes judiciales. Aunque indudablemente aprovecha ambos géneros, aquí no vienen a divertirnos con el carisma policiaco que se enfrenta a las fechorías de astutos criminales. En cambio, lo que se viene a discutir es una idea más bien simple: que en nuestra sociedad, nosotros, los individuos, no valemos mucho. Porque lo que vale en la sociedad de «The Wire» son las instituciones.

Entre el West Side y el East Side de Baltimore (Maryland) hay seis instituciones: la ley, la calle, el puerto, la escuela, los medios de comunicación y el ayuntamiento. Las labores de espionaje de la policía contra los grupos expendedores de drogas que usan las esquinas y las fortificaciones residenciales marginadas, constituyen la primera temporada. ¿Por dónde llegan las drogas que abastecen el mercado ilegal? ¡Por el puerto! La lucha por intentar ocultar el contrabando a punta de un cerrado sindicalismo es materializada por la unión de trabajadores en la segunda temporada. La tercera se nos va en mostrarnos la prometedora carrera política de un joven blanco y bien educado que, con las mejores intenciones, viene a resolver optimistamente la problemática social de Baltimore. Para la cuarta temporada vemos el papel que tiene el sistema educativo en todo este entuerto. Y la quinta temporada es cubierta por la prensa local que intenta pronunciarse ante la fauna humana que sobrevive la ciudad -o viceversa-.

Una serie de 60 episodios sobre la disfuncionalidad burocrática, repartidos en 5 temporadas, con una duración de 60 minutos por episodio, donde se deja ver esa gran preocupación por las instituciones.

Pero en lugar de los dioses antiguos, «The Wire» presenta una tragedia griega en la cual las instituciones posmodernas son las fuerzas Olímpicas. Son el departamento de policía, o la economía de las drogas, o las estructuras políticas, o la administración de la escuela, o las fuerzas macroeconómicas las que están tirando rayos y dándole en el culo a la gente sin motivo. En la televisión, en gran parte de nuestros dramas teatrales, los individuos son retratados elevándose por encima de las instituciones para alcanzar la catarsis. En este drama, las instituciones se demuestran mucho más grandes, y todos los personajes lo suficientemente arrogantes para retar el constructo posmoderno del imperio Americano son invariablemente burlados, marginalizados o aplastados. Tragedia griega para el nuevo milenio, por así decirlo. Porque mucho en la televisión se trata de proveer catarsis y redención y triunfo del carácter, acá un drama en el cual las instituciones posmodernas triunfan sobre la individualidad. (David Simon, escritor y productor de «The Wire»)

«The Wire» se centra en las instituciones y en cómo afectan las libertades individuales. Los objetivos de custodiar las calles, proteger a los trabajadores, educar a los jóvenes, administrar la ciudad o reportar las noticias, son esencialmente ajenos a la policía, los sindicatos, los políticos, las escuelas o la prensa. El objetivo de la institución es, ante todo, perpetuarse y protegerse a sí misma. El individuo dentro de la institución se ve subordinado a preservar o expandir su poder. Las decisiones morales del individuo están condicionadas, o incluso dictadas, por la lógica del sistema. En consecuencia, las muestras de heroísmo de un individuo dentro de la institución son capaces de causar graves daños. Hablamos de personajes que en la sensata voluntad de cumplir y mantener su trabajo colaboran para que en la oscuridad se muevan intrincados cableados institucionales: manipulación de información y estadísticas, tráfico de influencias,  sucesos criminales omitidos, rastros de dineros sucios no investigados, insensibilidad de los docentes por el futuro de sus estudiantes, afán de vender noticias a toda costa… El imperativo institucional es animar a sus integrantes con módicas cuotas mensuales de poder y disciplina para evitar cualquier cuestionamiento del status quo. A la final, por más desafiante que seas, el sistema te muestra que detrás de ti hay una fila de personas, todas listas para vigilar y castigar con todo tipo de  tecnologías y técnicas disciplinarias. No hay héroes, no hay catarsis rápidas, no hay lemas de “proteger y servir”; el asunto promete ser muy realista.

Aunque seas un jíbaro de esquina en West Baltimore, o un policía que sabe lo que hace, o una europea del este traída por sexo, tu vida vale menos. Es el triunfo del capitalismo sobre el valor humano. Este país ha adoptado la idea de que esta es una política interna viable. Lo es. Es viable para la minoría. Pero yo no vivo en Westwood, L.A., o en el Upper West Side de Nueva York. Yo vivo en Baltimore. (David Simon)

Veamos una escena de la primera temporada:

Lo dicho en esta escena aplica para prácticamente cualquier institución. The King stays the King. Y los peones, los soldados, son piezas efímeras, eventualmente descartables, a no ser que la habilidad y el ingenio los lleven al otro lado y allí se conviertan en reinas vengativas que joden a todo el mundo.

Más allá de la disfuncionalidad institucional, «The Wire» destaca también como un soberbio ejemplo de reportaje documental. El retrato de Baltimore como una tragedia postindustrial nos muestra cómo las construcciones sociales, políticas y económicas infundidas en el corazón del sueño americano son inseparables de su propio estado de decadencia.

Para entender el realismo con que se tratan situaciones, como la violencia de las esquinas, las tensiones raciales o la ineptitud burocrática, es necesario hablar de los dos creadores principales de la serie: David Simon y su colaborador Ed Burns. Simon trabajó como reportero del Baltimore Sun, mientras que Burns es un ex policía que pasó más de veinte años en la unidad de homicidios de la Policía de Baltimore, y posteriormente fue profesor de una escuela intermedia. Ambos tuvieron que caminar las calles del este y del oeste, aprender a lidiar con los habitantes de las esquinas y con las instituciones que allí conviven, ejerciendo periodismo investigativo a profundidad. 

En este sentido, la serie no solo tiene personajes inspirados verídicamente en las historias de las calles y los despachos, sino que de hecho varios de los actores secundarios son residentes de Baltimore, testigos de primera mano de lo que allí se está narrando, son las voces y rostros reales de la ciudad.

The Wire tiene la densidad, la diversidad, la ambición totalizadora y las sorpresas e imponderables que en las buenas novelas parecen reproducir la vida misma, algo que no he visto nunca en una serie televisiva, a las que suele caracterizar la superficialidad y el esquematismo. (Mario Vargas Llosa)

Entre 1950 y 1990 la población de Baltimore se redujo en 200.000 habitantes, casi un tercio del total. Actualmente uno de cada cuatro habitantes está bajo la línea de pobreza. Se estima que hay cerca de 16.000 edificaciones abandonadas. El número de trabajos en industrias con salarios mínimos ha crecido un 60% entre 1980 y 2007. Los barrios marginales negros contrastan con un par de barrios de estrato alto (que son usados como suburbios por minorías blancas que proceden de Washington D.C.) y están muy alejados del interés electoral de Annapolis (capital de Maryland, que no supera los 40.000 habitantes, 60% blancos). El otrora comercialmente activo puerto de Baltimore es ahora la marina de un puñado de lujosos yates. La ciudad se preocupa por arrasar con las urbanizaciones sociales y remplazarlas por lugares turísticos de alta tecnología. Se trata escuetamente de la concentración del capital y todo lo que ello conlleva es lo que vemos con rigor documental en «The Wire».

Al respecto, el estilo visual y narrativo es bastante plano. La serie avanza linealmente narrando en orden cronológico los eventos. No hay flashbacks, no hay flashforwads, no hay narrador; no es condescendiente ni reiterativo con la información; la música es puramente incidental; en una era de 16:9 la relación de aspecto es de 4:3; la edición es básica y directa, sin disolvencias y a punta de cortes directos; hay pocos planos cerrados y en cambio abundan los planos abiertos.
Es un estilo que, sin aspavientos, logra ser disciplinadamente fiel a sus propósitos documentales.

A nivel narrativo tiene un desarrollo que francamente es sorprendente, destacando la forma en cómo las instituciones imponen la línea evolutiva de sus integrantes. De sus más de 30 personajes principales, hay un par que son sencillamente memorables, íconos de la televisión moderna. Y si a esto le añadimos unos diálogos inspirados y un muy divertido toque mordaz, tenemos una serie que -no exenta de altibajos, cabe mencionar- pone muy buena cara al panorama televisivo que se ha venido formando desde hace más de una década en los Estados Unidos.

  

El periodismo del cine es el documental.
(David Simon)

Es por estas razones que considero a «The Wire» como la mejor serie de televisión que he visto y por ello insisto en recomendarla. Si hablamos de hacer un retrato de la sociedad capitalista que nos devoró, «The Wire» está a la altura para discutir, de tú a tú, con la novela o largometraje que me quiera citar.  

Así que si está interesado en la televisión, en el cine, en las ciencias humanas o en las ciencias sociales, hágase un favor a usted mismo y váyase a ver «The Wire»

No está en Netflix pero sí en Amazon Instant Video, y se consigue en internet subtitulada.   

Bibliografía sobre sobre «The Wire».

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