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VERSIONES CAPITALES
ARAR EL VACÍO
ESCRITO E IMÁGENES POR
María Leguízamo
Esperando a Godot.

ARAR EL VACÍO

Nos hemos apoyado tanto en la palabra que muchas veces la vaciamos de su contenido. La vida como experiencia sensible se escapa por los subterfugios de las clasificaciones y las respuestas inmediatas. ¿Qué separa realmente lo que llamamos arte de lo que llamamos vida? Una reflexión que propone un ejercicio de cuestionarios y cuestionamientos.

El máximo sueño del poeta es la acción. Todo escritor en el fondo es un político frustrado
que prefirió el poder de la belleza. El político, a su turno, es un artista fracasado que eligió el 
poder a la belleza. El uno vive de la derrota del otro (...) El poeta anhela el poder para realizar sus
sueños en la acción, sin la cual duda de su propia realidad. Sospecha que ara en el vacío.
Sin embargo, el político siente que el poder pesa demasiado con su carga de realidades y aniquila sus sueños (...) gonzalo arango - El topo con gafas

¿Cuál es la diferencia entre un mueble viejo y uno nuevo? Sin referirnos a objetos de diferentes épocas, una respuesta inmediata sería que el viejo tiene más tiempo de uso. Pero esa es una respuesta aprendida. ¿Qué es lo que está contenido en el adjetivo viejo cuando lo usamos? Cuando yo me hice esta pregunta,  inmediatamente empezaron a brotar imágenes de antigüedades en mi cabeza;  me di cuenta de que la razón por la que llamé viejos a esos muebles imaginados, fue el conjunto de huellas presentes en sus maderas.  

Las cosas parecen viejas cuando han sido tocadas durante mucho tiempo. No solo por humanos, sino por otros animales. También por aire, agua, polvo, y por otras cosas que nos rodean. Así que podríamos pensar que estamos inmersos en un proceso de transformación permanente, donde todos participamos activamente en dicho ejercicio de mutación. Cuando respiramos modificamos la temperatura y volumen del aire que nos envuelve, cosa que resulta de nuevo en una huella y, más precisamente, en una escultura. Si respiramos vigorosamente sobre un mueble, vamos a producir una crisis en el estado habitual de la madera y esta se modificará desde el primer contacto. ¿Cuál sería entonces la diferencia entre respirar casualmente sobre un fragmento de madera e insistir en dirigir el aliento hacia ella para verla cambiar?

Para Félix de Azúa, el artista es un oteador elegido por una comunidad de condenados encerrados en un vagón sin ventanas al exterior; un sujeto que, cargado por los demás, logra acceder a la rendija de ventilación para comunicarles lo que ocurre por fuera del furgón. “En las muchas memorias y abundantes libros de recuerdos que han ido editando los judíos que sobrevivieron al Holocausto hay una figura que aparece con frecuencia y cuya actividad posee un interés muy especial. Cuentan los supervivientes que, tras ser detenidos y agrupados por la policía política alemana y francesa, eran almacenados en trenes especiales cuyos vagones habían servido para el transporte de ganado”[1].

Podría decirse entonces que el oteador es un puente que conecta el mundo interior con el exterior, iluminando la oscuridad subjetiva con luz de intemperie y manifestando una gota de oscuridad en la claridad del otro lado del encierro. Todos hundimos nuestra existencia en el mueble, pero el artista debe insistir en el contacto, proponiéndose aminorar el límite de madera y quebrar la separación entre los dos mundos.  

Azúa nos dice que hay muchos tipos de oteador, pero el favorito es aquel capaz de difuminar dicha frontera. El artista sería más que un genio increado, un puente elegido sobre otros por ser reflejo del anhelo colectivo: 

"...Debe prestarse atención al hecho de que ningún vigía consideró nunca su tarea como una opción personal y libre, movida por su genialidad. Sabían que su tarea no les pertenecía, sino que era el fruto de un pacto colectivo. El conjunto entero de presos en el vagón, era la fuerza que alzaba o rechazaba sus observaciones"[2]

No puedo evitar pensar que cuando decidimos agrupar las huellas de la humanidad en un conjunto llamado arte, las separamos de todo lo demás y se convirtieron en eso, solamente arte: una cosa impermeable al hambre y a la sed. El arte, como la política, es un asunto atento al bien común, razón que no excluye de ninguna manera la potencia individual. Pero para mí como habitante de esta época, es inevitable percibir un abismo de sentido entre el arte y la vida.

Una vez un taxista al que le contaba sobre el oficio que elegí, me dijo: ¿Y usted para qué hace eso? “Lo que uno tiene que hacer en la vida es trabajar para comprarse una casa y alimentar a los hijos. Después de eso, uno ya se puede dedicar a hacer preguntas que solo le interesan a uno”.

¿Cuál es la diferencia entre un mueble viejo y uno nuevo?

Tenemos la opción de contestar desde el arte o desde la vida misma. Empujados por nuestra tradición moral, nos afanamos por establecer una respuesta más parecida a una definición que a una experiencia significativa. Para entender una imagen, nos proyectamos en ella; identificamos sus salientes características para incluirla dentro de nuestra enciclopedia de objetos conocidos; podríamos simplemente nombrarla y clasificarla antes que percibirla en su particularidad. El significante termina superponiéndose y condicionando nuestra experiencia.

El arte es una palabra que enuncia la actividad creadora del ser humano, pero si profundizáramos en la enunciación notaríamos que casi lo único que excluye a dicha clasificación es la naturaleza que se autorregula para sobrevivir mas allá de nosotros. Podríamos pararnos frente a una imagen y llamarla arte o clasificarla escuetamente dentro de un estilo, pero estaríamos perdiéndonos de una conversación.

En pro de tal conversación, queremos proponerles un juego. Un ejercicio de significado a múltiples voces, donde exista la posibilidad de una definición plural, opuesta al axioma universal de una sola voz. Un tiempo de duda en las enunciaciones del mundo que hemos aprendido, para construir nuevas definiciones a partir de un puente que vincule a los disímiles y distancie a los similares.

CARTA DE NAVEGACIÓN PARA UN JUEGO VENIDERO

En una conversación con Iván, Ana, Edward, Andrés y Diana, empezamos este juego haciendo nosotros mismos el ejercicio de imaginar peguntas parecidas a las contenidas en un formulario burocrático. Preguntas que tienen respuestas prefabricadas, pero si nos detuviéramos en ellas, enfrentaríamos un proceso de excavación honda sobre nosotros mismos. Para establecer un rumbo temporal, adoptamos la brújula Hundertwasser y su teoría de las cinco pieles, que nos sirvió para hallar un ancla de sentido y no perdernos en la rosa de los vientos.

Para Hundertwasser la existencia humana es un espiral compuesto por cinco pieles, en nuestras palabras: la epidermis, la ropa, la casa, el entorno social y el planeta. Capas que apelan finalmente al centro del sujeto, a su esencia innombrable. Sin entrar a analizar juiciosamente  los significados y definiciones de la teoría, nos inspiramos en el nombre de cada piel para determinar una serie de preguntas relacionadas con cada una de ellas. Pensamos en interrogantes que provocan roces sensibles con el mundo: lo que nos duele o incomoda inevitablemente o aquello que nos genera placer y catapulta nuestras acciones más memorables.  Por ejemplo, ¿qué le gustaría ver desde su ventana? ¿Cómo quiere que lo recuerden? ¿Qué siente con las demoliciones? ¿De qué se siente parte?

Seguiremos haciendo nuestros ejercicios de excavación, pero a partir de hoy, proponemos un experimento que consiste en lo siguiente:  

La construcción de un grupo de preguntas, que contenidas en un sobre de manila, se enviarán periódicamente a diferentes personas.  Los destinatarios podrán contestarlas usando los medios que elijan pertinentes: palabras, fotos, sonidos, objetos, enlaces de internet, dibujos, gestos, etc. Posteriormente, sus contestaciones serán publicadas en uno de los blogs de i.letrada, con el propósito de materializar un compendio de respuestas distintas para una misma pregunta: una suerte de diccionario con definiciones cimentadas en la particularidad y multiplicidad.

Mas allá de que hayan sido las incomodidades generadas por la definición del arte y sus vicisitudes, lo que me llevó a proponerles este juego -el propósito primario- es consentir la duda en las afirmaciones sobre nosotros mismos, la vida y el mundo. Así como un oteador responsable en su posición de viaducto no puede simplemente nombrar una tras otra cada cosa que ve del otro lado del vagón al ritmo de un exhaustivo ejercicio de representación, pues su trabajo es precisamente hacer dudar a cada uno de los mundos, de su certeza.  


[1] Definición de Artista. Diccionario de las Artes. Félix de Azúa, 1996

[2] Definición de Artista. Diccionario de las Artes. Félix de Azúa, 1996

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