I.LETRADA.CO | FICCIONARIO | EN BUSCA DEL PARAÍSO
FICCIONARIO
EN BUSCA DEL PARAÍSO
ESCRITO POR
Pedro Adrián Zuluaga
“Sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco es más fuerte que todo odio”. Walter Benjamin
IMÁGENES POR
María Leguízamo
Esperando a Godot.

EN BUSCA DEL PARAÍSO

Todo en El Paraíso, la hacienda del trágico romance entre Efraín y María, es lustroso. Lugares y objetos, testigos silenciosos de ese amor, brillan como recién salidos de las manos de un creador minucioso e impaciente. ¡Vengativo! Los recorro y los rodeo bajo el acoso de docenas de estudiantes y turistas que, como yo, toman notas y fotos. “Oigo innumerablemente decir –escribió Borges–: ‘ya nadie puede tolerar la «María»  de Jorge Isaacs; ya nadie es tan romántico, tan ingenuo’. […] Ayer, el día veinticuatro de abril de 1937, de dos y cuarto de la tarde a nueve menos diez de la noche, la novela «María»  era muy legible”.

En los años cincuenta, la época del dictador, la recién inaugurada Televisora Nacional transmitió un juicio a «María», que buscaba poner a prueba si aún era posible amar, literariamente, a esa mujer casi niña, símbolo de la muerte romántica y del sacrificio amoroso. Hoy, domingo trece de octubre de 2013, ¿qué sobrevive de María entre tanto paso del tiempo, entre tanta señal de muerte dura y definitiva?

La casa de la sierra

Es fácil llegar a la blanca casa de la sierra, el lugar de los mayores de Efraín y donde María murió de amor apenas socorrida por una promesa. Ya no es necesario vadear el traicionero Dagua o someter a toda una recua de animales, ni dejarse asistir por los bogas negros o los montañeses de tristes canciones. Ahora se llega a El Cerrito, un municipio del norte de El Valle donde todo el mundo está presto para indicarle al turista como llegar a “El Paisaje del Romance”.

La ruta que nos lleva desde el centro de Cali tarda menos de una hora. A lado y lado de la vía abundan las plantaciones de caña; ocasionalmente me asalta el olor de algo que se pudre. La carretera está sembrada de moteles de nombres rimbombantes como “Éxtasis” o “El rey del Norte”, y a esta hora, diez de la mañana, es seguro que en ellos algunas parejas se desperezan en los retozos de un amor consumado. Pero no el amor de María y Efraín.

Antes del mediodía diviso El Paraíso con un ligero brote de ansiedad. En las afueras de la gran puerta blanca que da la bienvenida a la hacienda, todo es como un parque temático de la vallecaucanidad. Se ofrecen champús y luladas, frituras y envueltos, cholados o almuerzos completos con el típico sancocho de gallina para una vez terminada la excursión. Al olor de la cofia, un polvo que se saca del maíz y que comía de pequeño, tengo un vislumbre de mi propio paraíso perdido.  Niños semidesnudos revolotean en torno a sus madres y hay caballos listos para ser montados. Buses escolares y taxis esperan la salida de los visitantes para devolverlos a su “Paisaje Cotidiano”. Hay vida por doquier en las afueras del lúgubre Paraíso que asesinó a María.

La entrada cuesta $5 mil pesos y a mí me corresponde la boleta 387911. Antes de avanzar por el camino empedrado de unos 200 metros que separa la puerta blanca de la casa, me devuelvo a mirar el impresionante valle donde retoza el río encajonado. ¿Son las mismas vegas que miró Efraín y que le devolvían a veces sosiego, a veces angustia? Me prometo que esta tarde estaré allí, en el pueblo, en Santa Elena, visitando la tumba de María. Y me preparo para entrar en “El lenguaje de las aves, el de los árboles, el del fuego, el de la piedra”, que al decir de Alfonso López Michelsen en su “Ensayo sobre la influencia semítica en María”, puede ser descifrado por los maestros de la Cábala, según cuenta la tradición del pueblo elegido.

El padre del creador de Efraín y María, Jorge Isaacs, era un judío proveniente de Jamaica, pero renegó de la fe de sus mayores, y ni siquiera conservó de ellos el don de amasar fortuna. Después de poseer El Paraíso y dos enormes haciendas azucareras de 12.500 hectáreas, una de ellas la actual Manuelita, las fue perdiendo porque le gustaban más el vino y las tertulias. Eso dice la guía tolimense que en las afueras de la casa y con un acento musical les explica a los inquietos visitantes lo que verán en El Paraíso.

La espera

“Me ha dolido más la ausencia que la misma muerte”, dice la guía, citando –probablemente mal– frases sueltas de los últimos momentos y palabras de María. “María le pide a Emma, la hermana de Efraín, que si ella se muere, le corte las trenzas, las envuelva en un delantal y se las entregue a él con una carta diciendo ‘Vente, ven pronto. Me moriré sin decirte adiós […] Hace un año que me mata hora a hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos días. Si vienes yo me alentaré, si tus ojos me dicen un solo instante lo que ellos sabían decirme…’ ”. El médico de la familia, el doctor Mayn, pide que le avisen a Efraín, quien obligado por su padre, había ido a estudiar medicina a Londres. Pero el viaje del viejo mundo a Colombia, a mediados del siglo diecinueve, tardaba por lo menos tres meses: cuando Efraín regresa, ya María lleva varias semanas muerta.

B., quien me acompaña en esta jornada, escucha con ojos fijos y sorprendidos la curiosa mezcla de leyendas y datos históricos que sale de boca de la guía tolimense. Es casi veinte años menor que yo. Nació pues en estos tiempos de amores líquidos e identidades difusas, pero aun así reacciona ante esta sólida historia de un romance que vence las distancias, los siglos y la muerte. En su libreta dibuja una trenza, evocación de esas que María legó a Efraín, y toma fotos de los rosales que adornan el acceso a El Paraíso. Hoy, como ayer, los príncipes se demoran y no atienden el llamado. Y B. como María, espera… dibujando trenzas.

El cabello trenzado me recuerda a las niñas y las campesinas, los tiempos de la infancia y la inocencia, los trabajos en el patio, las reuniones de familia. ¡Y el sacrificio! Cuando Efraín regresa de Londres todo lo que encuentra es, además de las trenzas perdurables que Emma le entrega, las azucenas que María le puso en el florero, marchitas y carcomidas por los insectos, una sortija y las cartas que su amada escribió y recibió, mojadas por sus abundantes lágrimas.  Y también el lecho sobre el que María murió, ya desmantelado, el crucifijo aún sobre la mesa y “teñidas todavía algunas copas con las últimas pociones que le habían dado”. Inútiles todos los esfuerzos de la religión y la medicina, cuando hubiese bastado la sola presencia de Efraín para revivirla.

…pero yo soy el tigre

Efraín es, entonces, el investigador-narrador de un crimen que él mismo cometió, como lo sugiere Rodrigo Parra Sandoval en “Paternidad y servidumbre en El Paraíso”. Somos el arco, la flecha y el blanco. “El tiempo –escribe Borges– es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre”.

Culpable, Efraín tiene su castigo en el mundo autosuficiente de la ficción romántica. Si María murió de amor, por su culpa, él ha perdido con esa muerte la patria, la casa, la infancia: “Rosas y azucenas de María ¿quién las amará si existen? Aromas del lozano huerto, no volveré a aspiraros; susurradores vientos, rumoroso río… ¡No volveré a oírlos!”.

Los trabajos y los días

Es casi la una de la tarde cuando por fin entramos a los espacios interiores de la hacienda empujados por el tropel de visitantes a este parque temático del amor. La casa, a varias aguas, se recorre a través de amplios corredores que comunican los aposentos privados y las áreas sociales dispuestos  por la familia Isaacs: alcobas, estudios, oratorio. Y en el centro un gran patio. Atrás, más cerca de los bosques y con menos vista al inmenso valle, las habitaciones de los esclavos, los lugares de labor, la cocina y la despensa.

Todo el sistema de canales y acequias, dice la guía, es tomado de la tradición judía. La casa es fresca como pudo ser la mansión de un rey David. Y sonora, gracias a “El río Zabaletas, con su voz de bajo”, como también dijo el citado ex presidente. Aunque la fe del pueblo escogido haya sido reprimida en «María», a Isaacs le interesaban, en cambio, el lenguaje popular y las costumbres de negros y campesinos. En su relato, lleno de digresiones, se demora en el paciente inventario del mundo circundante, como un científico naturalista. ¡Imbécil! ¡Pusilánime! Ocupado en matar el tigre y en describir su cacería, mató también a María.

Todo es lustroso en los aposentos del Paraíso; todo brilla para disimular el dolor de la muerte y el sacrificio: el mobiliario como recién salido de las manos de un carpintero virtuoso, las lujosas vajillas, el tejido de colchas y manteles. En el estudio de Efraín, el calendario aún señala el 30 de enero de 1856, día de su segunda partida. El padre de Efraín, preocupado porque María sufre de la misma enfermedad –la epilepsia– que se llevó a su madre y la dejo huérfana y con buena dote, quiso separar a los amantes. Y aunque a regañadientes consintió en que se comprometieran, secretamente sabía que la separación temporal de Efraín y María era la muerte de ese amor. Y con ese fin puso entre los dos un océano de distancia. O dos –el Atlántico y el Pacífico–, varios ríos y climas, el litoral, el valle y la sierra. El señor Isaacs padre es un asesino, y yo no solo confundo el arco, la flecha y el blanco sino que, como la guía tolimense, mezclo ficción y realidad con profana alegría de turista. De entre las más de diez versiones audiovisuales de María, una, la de Enrique Grau de 1966, permite a Efraín acometer venganza. Una vez encuentra a María muerta, con una escopeta mata al asesino de la pobre niña. Pero ¿y él mismo?

La muerte

Es media tarde de este trece de octubre de 2013 cuando, con B., bajamos al pueblo en busca de la tumba de María. En la plaza central hay un monumento donde toscamente se ha esculpido a María, Efraín y Mayo, el anciano y fiel perro. María, vestida de rosa, sostiene un ramo de flores, y Efraín le pasa con timidez una mano por su espalda. La escena toda, a pesar de su técnica elemental, describe bien el pudor de dos amantes que nunca se dieron ni siquiera un tierno beso en los labios. ¡Infame pudor que mató a María!

En las afueras del pueblo, que en realidad es todavía un corregimiento de El Cerrito, está el cementerio, y dentro de él, sin grandes aspavientos, la tumba que los campesinos aseguran que es la de María. Es una tumba cercada, coronada por un crucifijo donde se lee, simplemente, “María”. Sobre una base de piedra, frente a un montículo de ladrillos que debe albergar los restos de la muerta, otro tosco artesano transcribió a su modo, de las páginas finales de la novela, el encuentro de Efraín con la tumba: “Atravesé por en medio de las malezas y de las cruces de leño y guadua que las poblaban. Al dar la vuelta a un grupo de corpulentos tamarindos, salí frente a un pedestal blanco y manchado por las lluvias sobre el que se alzaba una cruz de hierro. En ella empecé a leer: María”.

Ni el pedestal es blanco ni sobreviven árboles corpulentos. Se trata de un humilde cementerio de aldea, donde el nombre de mujer más frecuente es María. ¿Es señal de que las Marías siguen muriendo de amor, en espera de príncipes que no atienden el llamado? A la salida del cementerio, detrás de un alto muro de ladrillo, B. y yo escuchamos la voz de Javier Solís, que ciento cincuenta años después interpreta la impotencia de Efraín…

Quiero gritar, quiero implorar y ya no puedo

tanto sufrir, tanto llorar por ti

siento latir tu corazón cerca del mío

oigo tu voz y tú no estás, dime por qué […].

Pero al mirar la realidad mi alma llora

tú ya no estás y nunca más yo te veré

vuelvo a sentir soledad dentro de mi alma

tú ya no estás cerca de mí

Por qué.

Oigo tu voz que me dice “te espero te espero”

quiero morir para unirme a ti

No puedo más soportar esta pena tan honda

al escuchar en mi soledad tu voz, tu voz.

La memoria

Un paisano nos indica que busquemos la choza de Chuchú, a unos 500 metros del cementerio. Allí se acumulan carros y vestidos viejos y toda una melancólica memorabilia que, aunque no pertenece con exclusividad al mundo de María, sí sirve para certificar que no hay recuerdo sin un objeto que lo despierte. Chuchú es Walter Belalcázar y es un coleccionista de antiguallas quien también espera a una hija que, separada de él por su esposa, no ve hace varias décadas. Con un océano de distancia.

Tras sufrir un accidente de moto, Chuchú vive en un encierro acompañado de innumerables trastos y apurados turistas que usan su colección para tomarse una foto “a la antigua”. Como en El Paraíso, aquí muchos cumplen el sueño de ser de otra época: hábiles cazadores de tigres o doncellas que aguardan a sus hombres recogiendo azucenas del huerto. Tal vez, en el presente, estas románticas mujeres también vivan de la ilusión de alguna promesa… quizá hayan sembrado un rosal que, al permanecer florecido, da una señal de que el amor es posible. O probablemente sean más sabias que todo esto y sepan que el amor es un parque temático con una entrada que cuesta, ay, más de cinco mil pesos.

La soledad del perro

“Todas las maravillas de la naturaleza están enlazadas misteriosamente con el destino de los hombres y detrás de los símbolos se esconden los signos de ventura o desdicha”, escribió López Michelsen a propósito del panteísmo oriental –o judío– de «María».

En la plaza de Santa Elena, B. y yo almorzamos sancocho de gallina. Nos rodean dos perros viejos que nos piden restos de comida con una mirada suplicante. Pienso en Mayo, aullando “tan lastimosamente como si sus alaridos tuviesen algo de humano, como si con ellos quisiera recordarme cuánto me había amado, y reconvenirme porque lo abandonaba en su vejez”. Entonces veo que B. llora y yo me siento intimidado y culpable.  ¿Soy el arco, la flecha y el blanco? B. me dice que es por los perros y yo menciono a Leonardo Favio y a su presentación en el United Palace de Nueva York donde habla, al comienzo, de ese dolor común a todas las cosas vivas. El dolor romántico de sentirse uno con el paisaje y partícipe de su inmensidad indiferente.

En un altoparlante se escucha la voz de Darío Gómez, que una semana después dará un concierto en El Cerrito:

Yo quiero ser tu amor hasta la muerte

que si tu corazón no lo derriba

ahí me tienes

entregado de por vida.

Pero las aves graznan en la plaza de Santa Elena. Son tres y son negras. Como «María», nuestro viaje termina “cuando el revuelo de un ave […]  al pasar sobre nuestras cabezas dio un graznido siniestro”. 

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