I.LETRADA.CO | EPISTOLARIO | CARTAS EN LA HORA AZUL
EPISTOLARIO
CARTAS EN LA HORA AZUL
ESCRITO E IMÁGENES POR
Magali Vidoz
Experimento con la escritura en caminomundos.com desde 2012, un blog en donde registro cada paso de mi viaje interior.
Marina Hernández
Tengo un cuaderno de pequeñas historias en heyheyworld.com y me gustan las tormentas torrenciales (cuando la ciudad se viene abajo).

CARTAS EN LA HORA AZUL

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

19 de septiembre de 2013,
Whangaparaoa, Nueva Zelanda.
Querida M:

Tú sabes que este libro es para ti, porque mi problema principal es haber hecho un revuelo con el español de la infancia. Tú lo sabes. O debería decir “vos lo sabés” porque conozco tu ansiedad por la gigante Buenos Aires y todas las cosas que te he dicho de ella. Yo viví en una ciudad parecida hace muchísimos años: con un hombre viajamos en colectivo a la madrugada sumergiéndonos los dedos en las partes profundas y borrachos. Con otro hombre conocimos el rosedal atardecido. Con otro hombre (¿o era el mismo?) fuimos a las murgas y bailamos y le dije enséñamelo todo. Pero cómo volver a escribir en argentino, si he aprendido que el español no es una lengua unificada. Ahora he inventado algo nuevo: escribo como tú, M, y miro al costado como si todo este viaje no hubiera sucedido. Llegará el momento en que me digan, eh, tú, hereje del argentino, date la vuelta, tenemos algo para decirte. Y yo responderé que sí, que me he vuelto una mixtura sin nombre, unas partes enloquecidas en la búsqueda de cierta coherencia.

Tengo taquicardia, M, pero ya no tengo miedo. Uno de los monstruos ha desaparecido. Ese monstruo que nació en una tarde de Córdoba magistral. Alguien clavaba pequeñas agujas en mí causando un movimiento grande. En algún momento me desmayé, grité por ayuda, tuve adrenalina habitándome por horas. Eso fue como una fiesta de los monstruos. No pasó mucho tiempo hasta que me echara a andar, vendiera cada una de las cosas que llevaba conmigo y le dijera “A, yo sé que moriré pronto, me lo has dicho tú tan claramente, pero yo no puedo permanecer aquí esperando: ¿qué?, en primer lugar”. A me ha dado un fuerte abrazo ese día y luego de haber dicho una y otra vez que mis riñones no funcionan, me besa y me suelta.

Y yo desaparezco de la ciudad para siempre, no porque todavía hubiera emprendido mi viaje (uno de tantos) sino más bien porque por algunos años viví como fantasma.

Vos sabés M, vos lo sabés casi todo de mí, supongo que la poesía tiene mucho que ver en todo esto. Y cuando tú comienzas hablando mi lengua y luego yo inicio una conversación en tu idioma y las reglas gramaticales se mezclan y desarman el orden natural, entonces se configura un libro de españoles inusuales, de un amor sin reconocimiento, de palabras abiertas, de escribirnos todos los días tú en mi mañana, yo en tu noche, para que por tu mañana y en mi noche ambas hayamos despertado con vida una vez más.

Te regalo un poema:

 

He recordado Buenos Aires

y su olor a libro viejo

he recordado Buenos Aires

mientras dormía

Y sus medialunas y su cafés con leche

 sus edificios europeos

Y sus árboles colorados y tan altos

 

Todos los bares de Buenos Aires

tienen mesas de madera oscura

Y ventanas grandes

y están llenos de historias, de hoyuelos, de escrituras

 

He buscado esos bares alrededor del mundo

no los he encontrado en Roma

ni Estambul

ni en Praga

ni en Barcelona.

 

Recuérdame

que te lleve de la mano

con los ojos cerrados

a todos los bares de

la ciudad

Y que comas medialunas calientes por la mañana

facturas con crema por la tarde

y pizza de La Americana por la noche

 

Y recuérdame

que salgamos por la madrugada

a vagar por San Telmo

a perdernos los domingos por las casas antiguas

a cambiar de barrio y colectivo

 

Recuérdame

que te enseñe

a pronunciar mi idioma de elles y eses y sonidos duros

que nos metamos a los teatritos

en donde los actores están desnudos

que escuches el sonido de las voces

y que vayamos al Ateneo a oler libros

y luego al Gato Negro a tomar té

y luego a perdernos por las placitas

y tomarnos el subte de madera de roble

y a bailar en ese lugar que era catedral

(Pero ahora se baila, ahora se hace el amor).

 

Y también vayamos a las afueras

Nos tomemos un tren a la provincia

Viajemos tanto en tren

Y no puedas creer

Que lo único que ves

Es el Horizonte.

maga

21 de septiembre,
Barcelona, España.
Querida M:

A mí también me gusta no conocerte e imaginarte a mi manera, o tal vez con las ráfagas que envías. He imaginado cómo sería que tú y yo nos encontrásemos.  Tú serías de hierba y de blancos, nada de humo, solo lo tangible del misterio. Así voy a recordarte, o irás cambiando en la imaginación, cada día serás alguien distinto, igual que lo soy yo para mí misma. Sin que exista la corporeidad, es lindo, porque volamos. Sin conocer el color de tus manos es suficiente, porque sé los otros colores que dibujan tu casa. Dije que me apetecían cosas dulcecitas, como de miel y caramelo, de las que te mojan el cerebro y lo reblandecen como si fuera leche caliente. Cosas muy secretas y que pertenecen a esta vida que es paralela y que apenas nadie sabe que existe porque está escrita con palabras en zumo de limón, que solo con fuego son visibles. Y es algo parecido. También dije que yo habría sido de las que los miércoles pasan las horas escribiendo cartas hasta que les duele la mano, hoja tras hoja, sin pensar ni tachar nada, expresándose y escribiéndose por completo, y nos las enviaríamos, aunque fuera todo mucho más lento, y tendría fajos de cartas y más cartas escondidas en un cajón, atadas con cordeles de colores.

Tienes que leer a Anaïs Nin. Dice: "Escribir es descender, excavar. Es ir bajo la tierra." De ella me he enamorado mil veces antes. Ayer tuve que esconderme en el cuarto de lavar la ropa, en el hostal, y gritar y contonearme, y hablar sola y con las lavadoras, y con las toallas recién plegadas, calientes, aún vaporosas. Leí durante horas a Huidobro, leí la primera parte y me encantó, y después el Canto I. Creo que si tuviéramos que hacer sacos, Vicente y tú, y yo, y Marguerite, y Anaïs, viviríamos en el mismo, nos alimentaríamos de palabras, nos acariciaríamos con palabras, nos besaríamos la piel con palabras. Está radiante el sol y yo siento esa otra tormenta en paralelo, la que va por dentro y suena a grises y a destellos. Siempre vuelve.

Yo tengo otro para ti:

Mercaditos de segunda mano

me encanta escarbar

entre las baratijas

que algún día fueron

importantes para alguien

 

entre los tesoros

unos ojos verdes al lado me miran y sonrío.

 

Volví a encontrarlo en la ciudad una vez más

en un café

sentado leyendo

sin levantar la vista

ni siquiera cuando intentaba comunicarme

con la telepatía

 

Me gusta escribirte

porque hago grande lo pequeño

lo mundano

se cuenta como un secreto

a media voz

 

Leía en un café

en la placita del MACBA

entre los skaters

que encontraron en la ciudad un sueño

de adoquines planos y aceras con rampas

 

Qué sencillo todo:

hacer a alguien feliz

 

El chico leía

yo dilapidaba minutos

sol de otoño, lindo, fuerte

pero abrigada

placer

resol.

 

Compré un jerseicito como los que lleva mi abuela

de ese color marrón ajado

de lana vieja

de botones centenarios

que huele a baúl y a siglos

 

Compré una camisa roja con flores

porque me gustan las camisas

anchas, grandes, de hombre

pero esta tiene flores

porque me gustan las mimosas pequeñas,

amarillas

 

Me habría gustado comprar

el libro del chico

entre sus manos

ponerle otro yo misma

quizá hoy le habría apetecido leer

cuentos de Poe

poemas de Keats o

 el Corán bordado de Errachidia.

 

O le habría regalado un cuaderno

él se probaba un reloj

un reloj lindo,

con las correas  de cuero oscuro

pero quise quitárselo y decirle:

ven, que conmigo no existe el tiempo

ven

tomemos café en la plaza y leamos.

 

Olvidemos que cae la noche y despunta el día de nuevo

rocemos las puntas de nuestros zapatos

por debajo de la mesa

déjame mirarte los ojos verdes

entre las pestañas.

 

mari

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