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ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO
PARADOR HÚNGARO
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.

PARADOR HÚNGARO

Somos las historias que contamos. Y esta afirmación esencial se ha vuelto tendencia. ¿Todo en la vida es susceptible de volverse una película? Pues sí. La cuestión está no en el qué sino en el cómo. Conozca el caso de «Parador Húngaro».

Supongo que antes el proceso creativo de un artista era algo íntimo que a la mayoría del público le sería indiferente o le estaría vedado. Supongo también que son pocos quienes se preguntan por los desvíos, los obstáculos, las dudas o las iluminaciones que acompañan la formación de una obra. Quizás sea solo al intentarlo que nazca la curiosidad sobre el savoir faire de esos otros que lo han hecho y que admiramos. Lo cierto es que el ‘yo’ en el arte no es solo un punto de vista. Y actualmente, en el cine documental, donde en principio intentó apagarse esa individualidad con una pretensión de captura objetiva, es una figura que reclama cada vez más protagonismo.

Un documental que tenga una intención artística, esto es, que no se conforme con los formatos clásicos de presentar información, suele ser un trabajo de larga duración. Se trata, finalmente, de presentar el caos de lo ‘real’ -del día a día con sus tiempos muertos, sus azares y sus significaciones fragmentados en acciones mínimas- como un todo al que se le ha encontrado un sentido global. El documental es realizado por alguien que mira y trata de hilar lo que ve en una ‘verdad’ más profunda. Y si bien ya nadie discute que el documental es subjetivo, el género ha ido mucho más allá de esta premisa para incorporar a su relato ese proceso de construcción del sujeto que ve y articula lo visto.

Son documentales personales, íntimos o en primera persona, y más allá de referirse al entorno directo del documentalista, vuelven el proceso de hacer la película la médula de la película misma. Uno de sus recursos recurrentes es la voz en off que nos hace partícipes de las intenciones y el mapa de ruta a seguir. “Soy tal persona y quiero filmar esto”. Entonces la complicidad está signada desde el principio, y nos encontramos acompañando a la persona en un viaje que devela los momentos propios del proceso. Para mí, lo verdaderamente mágico de este proceso es que solo entonces vemos con contundencia que una película nunca es la misma desde que la imaginamos, la escribimos, la rodamos, la montamos, la terminamos y la proyectamos. Y nosotros, como realizadores o como espectadores, tampoco.

Filmar la vida filmada se hace tendencia

En los últimos años he ido encontrando varios exponentes de este género. Por las páginas de i.letrada circula el caso de Andrea Said, una realizadora colombiana, y su película «Looking For». En el Festival de Cine de Cali de 2013 «Mapa», de Elías Siminiani, fue la seleccionada para la noche de inauguración y una de las películas más comentadas. En la Muestra de cine Español me cautivó «La casa Emak Bakia» de Oskar Alegría. Todas estas películas comparten la intimidad de los temas, la sencillez de los recursos (en muchos casos, una cámara al hombro basta), el énfasis en el detour, el punto de giro, la película como viaje. Podríamos decir que son retratos en movimiento de una obsesión llevada con disciplina. El impacto que generan en el público se sustenta tanto en la familiaridad que suscitan como en ese logro común: demostrar que las películas están ocultas en todas partes. Sugerir, quizás, que lo que hace falta es dedicación y tiempo. Ganas. De manera un poco más esotérica o profunda, que todas las cosas que vivimos tienen un transfondo universal. Que aprender a contar, en todo caso, es un oficio y un arte, pero sobre todo una sensibilidad y una disposición.

 

En el pasado Festival Internacional de Cine de Cartagena me encontré un nuevo exponente del género. Se trata del documental «Parador Húngaro». En él, su director y protagonista nos presenta a un personaje bastante particular que conoció en Bogotá: Gyuri Villas, uno de los húngaros que llegaron a Colombia huyendo de la guerra. La historia de Gyuri ha cautivado a más de uno de los amigos de la familia o de los incontables clientes de su legendario puesto de fritangas en el centro. Pero solo Patrick pudo (¿quiso?) contar su historia. Probablemente, solo a él le resultó indispensable hacerlo.

Muchos temas sobrevuelan este parador húngaro: las raíces, los viajes voluntarios y los exilios, el hogar, la amistad. La película es, ante todo, testimonio de un encuentro que, aunque azaroso e improbable en la superficie, parece ahora una cita prevista. 

"UNA PELÍCULA ES UN REGALO"

Patrick Alexander se define a sí mismo como un viajero. Nació en Estados Unidos y creció en una base militar gringa en Alemania. Se sobreentiende que vivió siempre expuesto a un exacerbado occidente, pero su curiosidad lo llevó, tan pronto pudo, a cruzar la cortina de hierro. Cuando fue a estudiar a Hungría de intercambio, difícilmente sospechaba que ese país se le iba a quedar impreso en el corazón y en la memoria, que era una suerte de patria escogida.

Pero como él mismo lo confiesa en los primeros minutos del documental, nunca ha podido quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo. La literatura y los estudios culturales terminaron alimentando esas ganas de exploración y viaje. Patrick conoció a Aseneth Suárez, una productora colombiana, y Bogotá fue un nuevo escenario para explorar. Aseneth lo puso en contacto con el cine de manera más directa; la idea de hacer una película comenzaba a dibujarse. ¿Una película sobre qué?

Meses antes de llegar a Colombia Patrick leyó «Los hijos de la madrugada» de Andrés Berger-Kiss y se sorprendió por las coincidencias: un húngaro que había vivido en Colombia. Al llegar a Bogotá, andando sin rumbo, por conversaciones casuales, dio con el que sería su refugio y la fuente de su película: se llamaba Parador Húngaro, y era un local que no solo preparaba algunas de las delicias típicas de Hungría, sino que escondía una historia, una amistad y un proyecto. Detrás del mostrador estaba Gyuri Villas. La historia de su exilio y la vida de su familia en Colombia era esa película que él quería contar. La primera.

En «Parador Húngaro» no hay planos necesariamente estéticos ni travellings elaborados. La cámara se mueve frenéticamente, trastabilla, desenfoca. El interés no era tanto observar como estar presente. 

Me cuenta Patrick que, una vez resuelto a hacer la película y con la aprobación de la familia Villas, comenzó a llevar la cámara todos los días, pero le costaba trabajo sacarla y filmar. Para filmar hay que tomar distancia. Y, ¿cómo contar esta historia? Cuando llegaba en las noches a su casa le daba vueltas a estas preguntas. Aseneth, con más experiencia en el tema, escuchaba. 

(Aseneth) Yo sentía que había algo muy bonito entre ellos dos, pero no sabía explicarlo. Escribí el proyecto y la primera asesoría que tuvimos fue con Patricia Ayala, y ella dijo lo que ya estábamos sintiendo… ¿cómo integrar a otra persona ahí sin quitarle el protagonismo al interés, a la motivación que era contar la historia de Gyuri? Patricia nos dijo que lo que lo hacía interesante era que Patrick contara esa historia. Y eso fue lo que tuvimos que resolver todo el tiempo.  La respuesta está en el proceso orgánico de estar ahí y entender cómo se hace una película. Eso no lo entendíamos entonces, Patrick tenía la intención de estar ahí pero había muchas ideas de desarrollo: como Gyuri no viajaba entonces quizás debería viajar, podríamos hacer un árbol genealógico, de pronto iba a vender el Parador Húngaro… había diferentes historias que a Patrick le interesaba seguir y comenzamos a clasificarlas. Ya hacia la mitad de la historia supimos hacia dónde iba.

Patrick: algunas de esas ideas iniciales terminaron funcionando en el esquema final. Yo tenía algunas certezas: no quería, por ejemplo, usar material de archivo, no quería hacer una película histórica, sino más bien una suerte de ‘historia viva’: hay un hombre que ha vivido todas estas cosas y se las está contando a las personas a su alrededor. Ellos solo pueden imaginarlas, y yo quería que se mantuviera así. Un hombre le cuenta a otro hombre su historia, pero en el presente. Íbamos a pasar tiempo juntos, y mientras veía su vida cotidiana ahora, él me iría contando lo que le había pasado. 

Durante aproximadamente diez años, entre viajes, iluminaciones y desvíos, Patrick y Aseneth, con su cámara, fueron haciéndose parte de la familia Villas, mientras desentrañaban su historia. La relación entre los dos hombres, que en un principio se unieron a razón de un pasado y unos afectos comunes, se complejizó. ¿Cómo resumir diez años en unos minutos? ¿Qué elementos priorizar? ¿Acaso todo en la vida es susceptible de convertirse en una película? Yo creo que sí. La cuestión está en el cómo.

 

 












 ¿Por qué esta película y no otra? Seguro en su vida de viajero habría encontrado miles de personajes e historias memorables. 

Algo en la vida de Patrick lo estaba convocando: su pasado húngaro, el encuentro con este libro, el viaje a Colombia, el contexto de realizadores… Parador Húngaro es una película porque ellos dos se encontraron en un momento en el que nadie más podría haberla hecho. Una película es un regalo. Los temas se te presentan.

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