I.LETRADA.CO | TRAS ESCENA | PEDRO LEMEBEL Y SU BANDOLA DE LOCAS
TRAS ESCENA
PEDRO LEMEBEL Y SU BANDOLA DE LOCAS
ESCRITO POR
Carlos Sosa
En permanente pregrado. Desterrado de la Historia y exiliado en los Estudios Literarios por un accidente feliz.
IMÁGENES POR
Iván Castillo
Artista plástico. Oidor con sordera

PEDRO LEMEBEL Y SU BANDOLA DE LOCAS

Catalogar a Pedro Lemebel como autor o como persona es una tarea imposible. Su obra y vida sentencian una indeterminación fructífera: la posibilidad de ser tantos, de ser otros. Desde su emergencia poética en épocas de la dictadura chilena hasta su combativo y vigente vigor político, ha prevalecido la Lemebel que no calla cuando se trata de visibilizar a aquel que el poder mezquino margina, segrega, discrimina.

 

Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.
Pedro Lemebel[1]

 

SOBREVUELO

Pedro Lemebel precisa decir que le aburre la gente que habla mucho de literatura, y sospecho que es por esa necesidad enfermiza que tienen los que “hablan mucho de literatura” de clasificarlo todo y juntarlo con lo primero que les hace eco. Este es apenas un esbozo de La Lemebel que pretende atravesar fugazmente la vinculación entre política y poética, reconociendo que el lenguaje bífido proviene de una lengua igualmente bífida, donde es imperceptible la escisión de los elementos ya que se encuentran diluidos en la raíz de ella.

“La rabia es la tinta de mi escritura”, dejó caer Lemebel como una de las tantas sentencias que despliega en igual cantidad de entrevistas, reducidas luego de que el cáncer le tomara el cuello y le dejara apenas un hilo para seguir manifestando su rabia. Precisamente son tantos los Pedros que se pueden leer en sus textos, que se ven en los registros de sus performances, que se escuchan en las grabaciones de su programa en Radio Tierra, que es difícil atinar a nombrar un Lemebel o una Lemebel. Sin embargo, a 40 años del inicio de la dictadura, su postura frente a las diversas formas de ejercer el poder sigue siendo la misma. Lemebel se metaforiza ‘en’ la Loca del Frente, ‘en’ comunión con todos los que estamos parados frente a la norma: locas, enfermos, maricones en una sola bandola surcando el cielo.

Toda vez que las relaciones que teje están anudadas con formas de complicidad combativa y resistente -frente a las maneras en que lo gay intenta auto-cazarse con el Estado neoliberal posando de buen ciudadano-, incita a formas colectivas de asociación entre los ciudad-anos que se encarnan en su prosa callejera, corpórea y afectuosa. La Lemebel compone así múltiples formas que permiten el desborde de los caprichosos fluidos amorosos: estos se reconocen en el remarcar de las diferencias, repudiando la estrechez de las categorías impuestas sobre los cuerpos y que suelen ser tan rígidas como las que nombran aquellos que mucho hablan de Literatura.   

CRISÁLIDA

Despuntando el septiembre de 1986, la aristocrática ciudad de Santiago se preparaba para celebrar un nuevo año desde la brutal toma de la Moneda. Los colores del pabellón nacional se reproducen por cientos en las principales calles, al tiempo que el lema patrio se expone como sentencia en cada una de las repeticiones del escudo nacional. Se predica “por la razón o por la fuerza”.

Lejos de los palacetes y las avenidas, engalanadas como torta nupcial, una Loca asoma su ojo ‘coliza’ desde la terraza del proletario prostibular.

Desde ahí se podía ver la ciudad penumbra coronada por el velo turbio de la pólvora. Era un palomar, apenas una barandilla para tender sábanas, manteles y calzoncillos que enarbolan las manos de la Loca del Frente. En sus mañanas de ventanas abiertas, cupleteaba el “Tengo miedo torero, tengo miedo que en la tarde tu risa flote”. («Tengo miedo torero»)

Subterráneamente, el Frente Manuel Rodríguez fragua la pirotecnia que busca explotar las gafas oscuras del dictador para el día siete. Entre tanto, la vieja estación de trenes de Mapocho es el escenario sobre el cual las voces de la izquierda se manifiestan, y en medio de esta concurrida audiencia, la voz de Pedro Lemebel deviene ave e irrumpe con el «Manifiesto, Hablo por mi diferencia» para reclamar la presencia de las avecitas locas en medio de un anhelado cielo rojo “porque ser pobre y maricón es peor”. Porque la izquierda oficial tranza una revolución a medias, excluyente y censuradora -como la derecha- a la hora de señalar los amasijos del mariposeo.

Con la dictadura que se instauró en Chile, ese infausto septiembre 11 de 1973, no solo cayó Allende y lo que este representaba, además de cientos de desaparecidos, torturados y asesinados; también se silenció la voz del cantautor Víctor Jara apenas unos días después del golpe. Algunos, incluso, suman a la lista de asesinados al poeta Pablo Neruda. La Isla Negra se quedó sin el ilustre autor del «Canto General» y los habitantes de Biobío sin el de «Somos cinco mil». Juntos acompañarán “en el espacio de las estrellas” a partir de ese momento a Violeta Parra y a Gabriela Mistral. Es en este contexto en que la refundación poética se hace emergencia y Lemebel, con un gesto neobarroco y neobarroso, emerge como una crisálida que busca un cielo, la futura mariposa con su sinuoso vuelo esquiva la suela marchante de la dictadura.

TRA(N)S LA HUELLA DEL MARIPOSEO ENTACONADO

Los taco-aguja de Pedro Lemebel hace ya varios lustros, han tenido eco más allá de las fronteras de Chile. El ‘taz taz’ que deja a su paso, es  una peregrinación que hace ver infantil al mismo Ulises; los límites de esta plumífera voz no están subordinados a los caprichos de ningún dios proveniente del Olimpo, aun cuando se encuentre parcialmente paralizado por la política de la distribución editorial. Su energético aletear recuerda al colibrí que aún suspendido no para su frenético revolotear.

Para el año 2007 su presencia se hizo sentir en el Carnaval de las Artes en Barranquilla junto al mexicano Carlos Monsiváis y un encopetado Fernando Vallejo. Con éste último, según la crónica «Luna de Barranquilla que me hiciste sangrar», se encontró disputando un efebo que prefirió ofrecer sus servicios a Lemebel antes que a Vallejo.  Así, a toda pluma, se llenó el escenario que alguna vez prestó cobijo, y quizás algo más, a los machos escritores de La Cueva de Barranquilla, con la presencia maricona de La Monsiváis, La Vallejo y La Lemebel.

Las huellas que marcan los tacos dorados y puntudos de Pedro Lemebel resemantizan el lugar que transita y los posibles afectos que allí florezcan, su devenir yegua combativa penetra las más altas murallas que la dictadura militar, política y de los cuerpos han edificado. Los tacones son las herraduras de sus patas, con las que convoca el despertar frente a la pesadilla que protagonizó Pinochet desde 1973, cuando bombardeó el sueño, y que se replica en otros países del continente bajo diferentes formas -incluso travestida de democracia edénica-.  

La mañana del doce de septiembre alumbraba degolladamente parda, en ese Santiago despertando de un mal sueño, una pesadilla sonámbula por el ladrido de la balacera de la noche anterior. Por la Panamericana los camiones blindados pasaban hacia el centro disparando, disolviendo los grupos de vecinos que comentaban en las esquinas la novedad del golpe […] Han pasado veinticinco años desde aquella mañana, y aún el mismo escalofrío estremece la evocación de esas bocas torcidas, llenas de moscas, de esos pies sin zapatos, con los calcetines zurcidos, rotos, por donde asomaban sus dedos fríos, hinchados, tumefactos. La imagen vuelve a repetirse a través del tiempo, me acompaña desde entonces como “perro que no me deja ni se calla”. («Los Cinco Minutos Te Hacen Florecer»)

Su obra, en sus distintos registros, es una pirotecnia directa y una urgencia de expresar un deseo político, como Lemebel mismo sentencia. Cronista, novelista, performer, son solo formas de disponer su voz y su cuerpo: poses que encarnan el deseo de formas de afecto que se atreven a decir su nombre. Su voz atraviesa los cuerpos que le escuchan, su lengua marucha es su más grande arma de combate y con ella maldice.

La letra viene después: primero es el cuerpo como artefacto parlante. En 1987 junto a Francisco Casas toma para sí la figura equina, que irrumpe en las múltiples Troyas del sentido y la norma, y conforman el dúo Las Yeguas del Apocalipsis que instalará su cuerpo al encuentro con la plaga apocalíptica del SIDA, que pretende apagar masivamente las vidas de yeguas chicas.

Ya para la última década del siglo pasado, el intemporal cuento se hizo urgencia de crónica -por ponerle algún nombre, como afirma Lemebel- y la publicación Página Abierta le permitía irrumpir con su escritura del y desde el margen. Como una Penélope de manos arácnidas, teje y desteje la memoria que la televisión neoliberal descarta en su acechante edición de La Historia al servicio de la sospechosa democracia.

Recuerdos, anotaciones de sucesos, retazos de tránsitos y encuentros de esquina, folletines, canciones, películas, registro de chismes, testimonios sexuales, amores que duran lo que el sol en dar un rodeo, memorias de locas y desaparecidos que no son parte de La Historia, manifestaciones, trayectos de ciudad, son expuestos de manera franca por un tipo de  narrador directo, que vislumbra el relato del otro como propio, desde la altura del andén donde se funde cuerpo y ciudad. Esto, que la necesidad de clasificación antepone la categoría ‘crónica’, es para Carlos Monsiváis el corolario irreductible de esta ‘serenata cafiola’ que emerge desde el ‘zanjón de la Aguada’, orquestada por la mano quebrada de La Lemebel en bando encadenado con nos-otros: La María Silicona, La Primera de Mayo, La Lola, La Rose, La Sara Montiel, La Madonna, La Lulú, La Tacones Lejanos, La Moderna, La Patas Negras, La Siete Potos, La Sui-Sida, La Depre-Sida, La bien Pagá, La Cola del Rincón, La Cola del Barrio, La Loca del Moño, La Loca del Frente. 

UNA LOCA SE DEJA EL CORAZÓN EN LA ESQUINA

Amores de folletín, de panfleto arrugado, amores perdidos, rastrojeados en la guaracha plañidera del maricón solo, el maricón hambriento de <<besos brujos>>, el maricón drogado por el tacto imaginario de una mano volantín rozando el cielo turbio de su carne, el maricón infinitamente preso por la lepra coliflora de su jaula, el maricón trululú, atrapado en su telaraña melancólica de rizos y embelecos, el maricón rififí, entretejido, hilvanando en los pespuntes de su propia trama. («Tengo miedo torero»)

La consolidación del cuerpo de La Lemebel como una de las plumas más proliferas del continente dentro de un registro tipo crónica urbana, no excluye su vinculación con la oralidad y la corporalidad transitoria de la ciudad, Por el contrario, la afirma. A la fecha,  siete antologías del autor circulan y se traducen a otros idiomas –secundando el boom que la novela «Tengo Miedo Torero» ha generado-, sin abandonar los derroteros que se evidencian con antelación como parte de la construcción y recreación de la ciudad que se desea.

La ciudad, si no existe, la inventa el bambolear homosexuado que en el flirteo del amor erecto amapola su vicio. El plano de la city puede ser su página, su bitácora ardiente que en el callejear acezante se hace texto, testimonio documental, apunte iletrado que el tráfago consume. («Homoeróticas urbanas (O apuntes prófugos de un pétalo coliflor)» )

En «La esquina es mi corazón» (1995) la urbe se inventa, es ese espacio aún no cifrado por los cronistas reales: el escenario que queda al virar hacia la izquierda en la próxima esquina, en la recreación que las pasiones y necesidades hacen posible. La esquina ‘es’ en cuanto se requiere que exista y esa recreación solo es posible a través del cuerpo puesto y expuesto en ella, en tanto que el cuerpo constituye la ciudad como metáfora de un escenario que posibilita los afectos y habla de amores.

Mi escritura es una metáfora para entender el sudario del otro, para poner mi ovalado corazón en la impune atrocidad. Es una lirica pobre y tirillenta, que es un recurso afectivo, pero que también puede ser un salivazo. (Entrevista con Elizabeth Neira en Rocinante, 1999)

Las luces de las pasarelas de los grandes almacenes que conquistan el barrio alto de Santiago son desterritorializadas por la voz de Lemebel para iluminar el patinar de la calle prostibular, allí donde el tacto aún es una forma de acercarse, para juntarse en el abrazo de la noche sexual. Porque si hay algo que prevalece en la prolífera poética de Lemebel es la fascinación y la exposición al tacto, en una apuesta por resentir las realidades de los cuerpos -que se hacen visibles en la performatividad del texto- por medio de esa marginalidad en la que reina el ‘loco afán’ paciente del amor, como a una droga dura a la que nos fascina estar vinculados. Aunque sea dentro de una experiencia de felación onírica, como en el caso de la melodramática Loca del Frente: protagonista-cómplice de los deseos revolucionarios que la ensoñación de Lemebel trenza en su novela.

La Loca del Frente, en el devenir de la novela, se propone como el Alias/Nombre de calle, el seudónimo que desborda la significación individual. Ratificando desde su neobarrosidad la capacidad de ser encarnada por cualquier sujeto, por un nos-otros, lo que se puede intuir como una invitación por parte de Lemebel a entaconar toda marginalidad para que esta levante la voz a través de ‘sí. Todo el melodrama que habita el cuerpo de La Loca del Frente suspira al reconocerse cómplice de su caprichoso amor, siendo posible como dispositivo de agenciamiento -en un quehacer-, en un nos-otros que tanto le gusta a La Loca: "¿No estamos metidos los dos en lo mismo? Seguro, afirmó Carlos, y a ella le encantó ese ‘los dos’, ese ‘nosotros’ que él reafirmaba como peligrosa complicidad". («Tengo Miedo Torero»)

El ‘nosotros’ deviene revuelta que desencadena en acto político evidente para Lemebel y visible por su versatilidad de exposición, de exponerse performativamente y de hacer una memoria para los fletos, un diario para aquellos que ponen el culo.

Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza

«Manifiesto, hablo por mi diferencia»

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