I.LETRADA.CO | SANTA NERDA | LOS HEREDEROS DEL AMOR
SANTA NERDA
LOS HEREDEROS DEL AMOR
ESCRITO POR
Natalia Aranguren
Socióloga, obsesionada con la muerte del amor. Amante de la danza y el son.
IMÁGENES POR
Cesar Páez
"Ama el arte. De todas las mentiras es la menos falaz". G. Flaubert

LOS HEREDEROS DEL AMOR

Las concepciones humanas cambian de manera veloz, particularmente en Occidente. El amor -tal como lo conocemos- ha sufrido constantes transformaciones históricas, las cuales han alterado las maneras de vivirlo y sentirlo a través de las épocas. En esa medida, es posible reconstruir una genealogía del amor.

El amor es lo que existe entre dos individuos

 capaces de vivir juntos sin matarse.

Alice Ferney.

“Te quiero mucho, mi pequeño Castor” le decía Sartre a Simone de Beauvoir, en 1980 estando en su lecho de muerte. Su amor superó los amores contingentes y ha representado,  para los enamorados, el entendimiento absoluto entre dos seres. Diez años antes, en 1970, Germaine Greer, una de las feministas más importantes del siglo XX, declaraba: "el amor es la reacción de una víctima a la violación". Para entender cómo conviven concepciones del amor tan distantes y cuáles han sido los hitos del mundo occidental que han permitido estas formas de concebirlo, es necesario un recorrido por los momentos históricos que han marcado la forma como pensamos y vivimos el amor; las revoluciones que ha suscitado y a las que ha sido sometido.

Y es precisamente un viaje por la historia del amor -las historias de amor que han marcado la sociedad occidental- lo que propongo en los siguientes párrafos. Empiezo por el mundo romano, en el que se sentaron las bases del matrimonio cristiano que en el siglo XII  -edad media- se va a institucionalizar como un sacramento. Y como además de continuidades también hay rupturas, al escenario del Antiguo Régimen llegan personajes como Rousseau o el Marqués de Sade, quien revolucionaría la historia del amor desculpabilizando la sexualidad femenina. En el siglo XIX el tema del amor romántico es omnipresente en las novelas, se desliza en los manuales de comportamiento social e inclusive en la literatura piadosa. Luego llega el siglo XX, que va a liberar el sexo, el placer y los cuerpos, dejando el amor fuera de escena una vez más, y bajo la dictadura del orgasmo. Cierro con el amor en nuestros días, heredero de ideas, prácticas, represiones y liberaciones que nos han  llevado a un amor ideal en el que se arenga “free together”.

Siendo consciente de las limitaciones para hablar del amor -como el hecho de que hay un gran paso de la literatura a la realidad, del discurso a la alcoba, de las representaciones artísticas a lo que se vive-, voy a empezar por ubicar el amor en el mundo romano. Si bien es cierto que el cristianismo ha configurado gran parte de la forma como nos conducimos en el campo de lo amoroso, no hay que desconocer que los romanos sentaron las bases del matrimonio “cristiano”. Bajo el principio de que el matrimonio es un deber ciudadano, los romanos instituyeron un mundo que a pesar de ser libertario -por hacer posible el divorcio- era bastante represivo en lo que respecta al amor, la desnudez, el placer y la sexualidad.

Amar o hacer gozar a las mujeres estaba mal visto en el mundo romano por dos razones. En primer lugar, porque cuando un hombre le brindaba placer a una mujer se ponía a su servicio; en segundo lugar, el amor era peligroso en una sociedad basada en el dominio militar del sí –calidad necesaria para mandar al otro-, pues  implicaba el abandono de sí para estar con el otro.

Con el terreno preparado por los romanos, la Iglesia instituyó el matrimonio como sacramento en el siglo XII. Con la influencia de la Iglesia sobre el matrimonio, se dieron varios cambios. El primero en cuanto a la indisolubilidad de los lazos, pues el nuevo mandato decía: “hasta que la muerte nos separe”, y así hubo que decir adiós al divorcio. Por otro lado, el matrimonio cristiano reclamó el consentimiento mutuo de los esposos, lo cual representó no solamente una ruptura con el pasado, en el que la violación era permitida y hasta promovida, sino que también incubó una idea que tiene eco hasta nuestros días y se postula como garante de las relaciones amorosas: la libre elección de la pareja. Y fue así, entonces, como el amor empezó a adquirir ciertas características que van a configurarlo tal y como lo conocemos, vivimos, lloramos y hasta criticamos hoy.

La pasión, por el contrario, siguió siendo blanco de represión, pues la virginidad entró a ser un factor decisivo al momento de escoger a la doncella, y la carne se volvió  pecado. Más aún: el pecado original fue un acto carnal. El ascetismo se convirtió en el valor supremo, mientras el placer sexual era severamente condenado. Idea que más adelante, en el Antiguo Régimen, se reafirma con un lente que proyecta a la sexualidad como abyecta y sucia, y en la práctica se va a ver en los matrimonios por conveniencia, que desprecian los sentimientos y se preocupan más por la reproducción que por el coito.

Sin embargo, la situación no es tan sencilla y monolítica cuando se habla de amor, sexualidad y matrimonio. La sexualidad abyecta del Antiguo Régimen tuvo que convivir con Don Juanes y Casanovas y tuvo que ver el nacimiento del matrimonio por amor en las clases populares, donde la afectividad jugaba un rol importante en la formación del lazo conyugal. Los pobres pensaban más en el amor y la atracción física al momento de casarse. Y aunque resulta difícil encontrar huellas de esto, pues como lo dice Solé “el problema del historiador es que se guardan los libros de cuentas y se queman las cartas de amor”, en todo caso Solé da luces sobre el nacimiento del matrimonio por amor en las clases populares.

Y en medio de esta historia en la que el divorcio va y viene, los desnudos no son permitidos y la sexualidad es rechazada, aparece una figura que marcó la historia del amor: Jean Jacques Rousseau. Este pensador en 1761 concibe un matrimonio que se separa del que se había consolidado en el Antiguo Régimen, en tanto hace algunos intentos por reivindicar el sentimiento, acoge de nuevo el divorcio como una opción para los que están casados, y proclama que la familia debe estar regida por las mismas leyes que la nación: libertad e igualdad.

Tal y como lo señala Ozouf, Rousseau desculpabiliza la sexualidad femenina: Julie se acuesta con Saint-Preux, pero sigue siendo virtuosa. Y es también en este momento en el que echa raíces la idea de la responsabilidad personal por el fracaso o éxito del matrimonio, anudada a la idea de que finalmente es la mujer quien escoge la unión con otra persona. El ejemplo más notable y gráfico para entender esto último es de nuevo Julie, quien a pesar de estar enamorada de Saint-Preux decide casarse con el hombre que su padre le ha escogido, pues no podría convivir con la pena que les infringiría a sus padres de no hacerlo. Con esto demostraba que era posible tener una buena vida aceptando las coerciones sociales y familiares.

Así la historia, las coerciones en el matrimonio ya no vienen desde afuera. Lo que se va a ir instituyendo es que las mujeres se auto-coaccionen respecto al matrimonio, que sean ellas mismas las que tomen la decisión y se hagan responsables de los éxitos o fracasos de sus matrimonios. Idea que hoy en las revistas que se autodenominan como autoridad en el tema del amor va a estar más vigente que nunca.[1]

En el siglo XIX el tema del amor romántico se respira por las calles y entre los enamorados, es omnipresente en las novelas y se desliza en los manuales de comportamiento social. Aunque se sigue teniendo sexo sin ningún tipo de  preocupación por el placer y la mujer sigue teniendo el antiguo sello de alianza con el demonio, nada de qué sorprenderse si se mira hacia los tiempos que lo precedieron. Por esta época aparece en la escena un nuevo actor, que hasta el momento no había tenido un papel importante: la ciencia. Así entonces, desde el siglo XIX hasta nuestros días, la intromisión de la ciencia para emitir peritos médicos sobre la sexualidad y el amor se ha ido expandiendo, hasta tal punto que la intromisión incluye la salud física de la mujer, los estados psicológicos, emocionales, y todos los campos en los que la ciencia o las experticias contemporáneas (los saberes psi) puedan prescribir qué hacer y cómo hacerlo en el campo del amor y la sexualidad.

Luego de muchos siglos de represión del placer, negación de la sexualidad, y cubrir los cuerpos, se manifiesta por fin una revolución amorosa. Llega el siglo XX, que va a liberar el sexo, el placer y los cuerpos. En palabras de Simonet, la revolución amorosa que se desarrolla de 1860 a 1960 es discreta pero ineludible. ¡Basta de ese recato hipócrita, de esa vergüenza de su propio cuerpo, de esa sexualidad culpable que consolida la infamia de los hombres y la desdicha de las mujeres! ¡Nada de matrimonio sin amor! ¡Nada de amor sin placer![2]

Por fin caen los antiguos tabúes y el amor ‘florece’ en un momento histórico en el que las relaciones de pareja son igualitarias y agradables. Se dice ‘sexo’, ‘vagina’, ‘coito’. El lenguaje se libera y también las conciencias. Todo eso desculpabiliza las prácticas sexuales. En esta época, como lo señala Sohn, lo que se expresa es una sed de amar, un deseo de amor reprimido durante mucho tiempo. ¡Hay que amar! Es la regla. Amar para vivir bien. Porque se cree que si no se conoce el amor la vida está arruinada. Llegan los besos a las bocas y las manos corren por los cuerpos, las caricias se extienden. En definitiva, el amor se libera. El sentimiento, el placer y el matrimonio van de la mano, con lo que la idea de un matrimonio por amor, en el que también se pueda encontrar el placer, empieza a taladrar la mentalidad y las prácticas de los individuos.

Y aunque el amor romántico entra en escena y se reencuentra con los cuerpos, almas, espíritus que lo añoraban, también se encuentra con Mayo del 68, momento en el que la represión de la que había sido objeto la sexualidad se rompe totalmente. Prohibido prohibir, goce sin trabas, son las arengas que suenan al unísono por las calles. El amor de nuevo pasa a un segundo plano; el amor es negado y el matrimonio ridiculizado. La prohibición recae sobre el amor romántico, ya no sobre el sexo. Se pasó del amor idílico a la sexualidad obligatoria.

Y es que cómo no pensar en un amor libre cuando está la píldora y todavía no ha llegado el sida. Se trató de una época en la que estaba permitido gozar sin trabas, en medio de un florecimiento económico, luego de una guerra mundial: la libertad parecía ilimitada. Incluso el orgasmo tenía cualidades no solamente hedonistas, sino también políticas. La creencia era: cuanto más hago el amor, más hago la revolución. Tal y como lo plantea Bruckner: el amor-libre se constituyó como verdadera ideología. El grial del sexo iba a traer la felicidad y la paz en la tierra. Se intentaba empalmar el amor-libre con todas las ideologías vigentes. ¿En qué medida el materialismo histórico podía corroborar la revolución sexual? ¿Podía armonizarse a Lenin con Reich?

En medio de la demencia que experimentó el mundo de una sexualidad sin límites, “algunos, como Roland Barthes (Fragmentos de un discurso amoroso), Michel Foucault (Historia de la sexualidad), Alain Finkielkraut y Pascal Bruckner (El nuevo orden amoroso), iniciaron la crítica y denunciaron esa gran ilusión sexual. (…) Repentinamente reivindicaron el sentimiento como más revolucionario que el deseo sexual. Lo que no impedía un consumo sexual frenético, pero no obligatorio. El sentimiento volvió por la puerta chica. Era como si tuviera lugar una segunda liberación.”  (Bruckner 2004:145)

Dicho esto se puede entender por qué Sartre amaba a su Castor, por encima del placer que otras mujeres le pudieran ofrecer. Y por qué Simone decía que la existencia de su amado justificaba su mundo, puesto que vivían en una época en la que se reivindicaba ese sentimiento llamado amor.  Y también podemos entender a Germain Greer, pues como lo ha mostrado la historia, las mujeres han sido violadas,  el sexo no siempre fue de frente, sino que a las mujeres en muchas épocas se las cogía como lo hacen los animales, de espaldas.

Aunque hoy no estamos en ninguna de estas dos épocas, somos herederos de lo que en ellas se vivió. Llegamos a la libertad de amar, que hoy es nuestra cárcel, pues la libertad no es nada menos que la angustia de vivir, la dificultad de ser y la imposibilidad de encontrar fuera de uno mismo la razón de un fracaso amoroso. Debemos atender requerimientos contradictorios: amar apasionadamente, y si es posible ser amado, mientras se mantiene a si mismo autónomo. En definitiva, el amor en nuestra época es difícil de vivir, porque supone la elección, el compromiso, la responsabilidad. Y nuestra exigencia del pasado nos ubica frente a la dificultad de hoy: la de hacer durar el amor nosotros mismos.

Bibliografía:

Aranguren, Natalia. (2013) Re-haciendo mujeres. Una lectura desde Cosmopolitan. Tesis (Pregrado en Sociología) -- Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas. Departamento de Sociología.

Argov, Sherry. ([2000] 2005) Por qué los hombres aman a las Cabronas. Mexico, D.F.: Editorial Diana.

Bruckner, Pascal. (2009) The Paradox of Love. Princeton: Princeton University Press.

Bruckner, Pascal. (2004). Acto III. Escena II. La revolución sexual. ¡Gocemos sin trabas! En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Courtin, Jean (2004). Acto II. Escena III. El siglo XIX. El tiempo de las pavotadas y burdeles.  En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Diego de San Pedro (1991). "Cárcel de amor". En Cárcel de Amor y otros escritos. México: Porrua.

Ferney, Alice. (2004). Acto III. Escena III. Y ahora… ¿Libres para amar? En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Foucault, Michel. (1986) Historia de la sexualidad. 2-El uso de los placeres. México: Siglo XXI Editores. 

Illouz, Eva (2009) El consumo de utopía romántica. Madrid: Katz Editores.

Le Goff, Jacques (2004). Acto I. Escena III. La edad media. Y la carne se volvió pecado. En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Lipovetsky, Gilles. (1999) La tercera mujer. Barcelona: Editorial Anagrama.

Martin, Aimé. (1890) Educación de las Madres de Familia. París: Garnier Hermanos, Libreros-Editores.

Ozouf, Mona (2004). Acto II. Escena II. La revolución. El terror de la virtud. En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Sohn, Anne Marie (2004). Acto III. Escena I. Los años locos. En adelante ¡hay que agradar!. En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Solé, Jacques (2004). Acto II. Escena I. El Antiguo Régimen. Reina el orden sexual. En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Simonnet, Dominique (2004). Prólogo. En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Pedraza Gómez, Zandra, (2007) Políticas y estéticas del cuerpo en América Latina. Bogotá: Universidad de los Andes.

Veyne, Paul (2004). Acto I. Escena II. El mundo romano. La invención de la pareja puritana. En Dominique Simonnet, (ed) La más bella historia del amor. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Francis, Claude y Gontier, Fernande. (1987) Simone de Beauvoir. España: Plaza & Janes Editores. S.A.

 

[1] Para ver más sobre los discursos que revistas como Cosmopolitan emiten sobre el amor consultar: Re-haciendo mujeres. Una lectura desde Cosmopolitan. Natalia Aranguren.

[2] Para ampliar la idea sobre revolución cultural consultar ‘Historia del siglo XX’ de Eric  Hobsbawm.

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